…busca el otro, tu ámbito interior, el ideal, el de tu alma. Forcejea por meter en ella al universo entero, que es la mejor manera de derramarte en él. …tienes que hacerte universo, buscándolo dentro de ti. ¡Adentro!

(Miguel de Unamuno)

Un mar de sentimientos se desbordó en mi pecho. Y mi corazón tembloroso invitó a mis brazos a abrazar mi propio cuerpo, para tratar de abrazar mi alma, que se asomaba tímida, en soledad de siglos, escondida en un ropaje de personalidad. Y una hermosa fragilidad rodeó mi espíritu con encajes de recuerdo y música sutil. Los amores tiernos todos, los momentos compartidos, la serenidad del sereno me envolvieron. Y una tristeza, larga en alegría, floreció como sonrisa allá adentro, donde nacen las cosas, todas. Y me senté a la orilla de mí mismo, asombrado, enternecido, por aquel amor de siempre. ¡Oh, alma mía, qué suerte tener la muerte y la vida para que se forjen las crisálidas del amor!

Viviendo tiempos distintos, de experiencias que abarcan dos siglos, una increíble voluminosidad de imágenes y palabras nos llueven como proyectiles sobre un campo de batalla. Se proyectan en la pantalla gigantesca de nuestras mentes como corrientes de opiniones, miedos, prejuicios, bendiciones, maldiciones y locuras. Todas resonando a la vez en una algarabía ensordecedora que quizá presagie un silencio de adentro y un nuevo florecimiento de este empeño humano de descubrir nuestro verdadero ser.

La conectividad masiva hasta ahora ha sido para anunciar y hacer propaganda de productos y políticos, y manipular nuestras opiniones. Hemos creado espejos y reflectores que reflejan esta lluvia de palabras en una cúspide de nuestra arrogancia mental, reflejo quizás de las turbulencias cósmicas, geológicas, planetarias y subatómicas de los procesos que forjan la evolución del universo. A esta nueva herramienta de construcción o destrucción le llamamos Inteligencia Artificial, porque denominamos nuestra capacidad de producir palabras y pensar como Inteligencia Natural. Aunque todos sabemos, sin querer, que hay algo más allá del pensamiento en esto de ser. Hay compasión, hay empatía, revelación, maravilla, sentimientos, amor... cosas que no se piensan.

De esto se trata la vida: de darnos cuenta de que la consciencia de ser se extiende más allá del pensamiento racional. Aunque con este hemos constatado racionalmente la unicidad del universo, que todo está interconectado, que somos la expresión momentánea de un continuo de energía. Pero es en el nivel de empatía, de reconocer conscientemente esta unicidad, donde yace el próximo paso de nuestra civilización humana.

La algarabía y confusión informativa que se proyecta hoy a nivel global instantáneamente, la conectividad de todas las tribus y razas, la constatación científica de la interdependencia entre nosotros y con la naturaleza, apuntan hacia un cambio de consciencia extraordinario de la humanidad, donde resurgirán de una forma colectiva la empatía, la compasión, los sentimientos y el amor.

Pero yo no quiero teorizar, ni ordenar letras en secuencia para probar un punto, o convencer a los otros de mis opiniones, o ganar un argumento. Solo quiero compartir mi asombro.

De momento, se han derramado sobre mí todas las canciones. En recuerdos, sueños y fantasías. Ahora vivo sentado en un barandal que yace antes de los párpados, asomado por ventanas de ojos que miran hacia afuera y hacia adentro. Hacia afuera, un vasto mundo de formas que danzan alrededor de mí con músicas e interacciones infinitas; hacia adentro, un inmenso espacio que almacena impulsos, deseos, recuerdos, opiniones, emociones, contextos, incógnitas y sensaciones.

Atrincherado en esta forma singular que enmascara mi yo, y así asomado, sospecho que no soy quien le digo a los demás que soy, y que ellos también se equivocan con su identificación. Sin embargo, seguimos apareciendo en escena, en esta gloriosa inercia de la vida con sus ritmos imparables. Cada día. Hubo un tiempo en que pensaba que tenía el control y seguía instintos empotrados, orientaciones de otros, la síntesis de tantas opiniones consensuadas, ajustadas a mi particular naturaleza, forma, personalidad y mente. Pero después de tantas vueltas alrededor del sol y tanto giro sobre esta enorme bola giratoria, empezó a insinuarse en mi interior una perspectiva desconocida, percibida a ojos cerrados desde el barandal.

Una sensación más allá de palabras y pensamientos, una luz que se enciende poco a poco a través de una larga jornada de estar asomado. Silenciosamente, en explosiones de rocas y montañas antiguas. De múltiples movimientos estoicos, nacidos y vividos en diversas formas con múltiples destinos, evolucionando instintos e imaginación mientras caminamos entumecidos y sin conocimiento.

¡Qué teatro tan majestuoso, qué espectáculo! Imposible de medir, de aplaudir la obra o de quedarse en ella. Pero nunca hay pérdida o ganancia, incluso cuando todo está en juego. Nos posesionamos de cosas imaginarias, las deseamos, nos matamos por ellas, pero también aprendemos a dar, olvidar y perdonar mientras desempeñamos los papeles que tenemos asignados. Para complacer, sin saberlo y sin querer, al productor de esta maravillosa obra de la Existencia.

Parece que, al final, nos salvaremos de las ideologías, las palabras, los nacionalismos, la avaricia, las creencias, las opiniones, la confusión y el miedo que nos genera esta soledad de ser sin saber. Nos liberaremos del ego natural que las genera; de estar aferrados, cada uno a lo suyo, menospreciando a los demás.

Qué alegría era sentirse lleno de energías para jugar cuando uno era niño. Abría uno los ojos y veía otros ojos abriéndose también para verlo a uno. Cuando yo era niño no había televisión, ni celular, ni TikTok, ni Facebook, ni computadoras o tabletas. Usaba tapas de cajas de zapatos como parques de béisbol imaginados, palillos de dientes como bates y granitos de arroz como pelotas; hacía juegos entre equipos imaginarios, llevaba apuntes y hacía campeonatos. En los días de aguaceros nos poníamos trajes de baño y nos íbamos a la calle; y en el desagüe por donde corría en vertiente el agua de lluvia, con pedacitos de madera o fósforos marcados, hacíamos carreras olímpicas acuáticas.

Otras veces íbamos a caballo en ramas de árboles cortadas, con cordones atados en su “cabeza”, y recorríamos las praderas de los lotes baldíos descubriendo horizontes y verjas. En diciembre venían las navidades y llegaba Santa Claus y después los Reyes Magos, y traían juguetes de plástico y magia. Descubriendo la vida poco a poco, entre risas, sustos y alegría cada día; escuchando a los adultos, aprendiendo a escribir, a entender y a darle nombres a las cosas; escuchando los cuentos del pasado, de la historia, y aprendiendo de qué estaba hecho todo (hasta donde se sabía) y quién lo hizo todo (a partir de lo que cada uno creía).

Y me fui enterando de que hace 4.600 millones de años se formó esta Tierra, que baila en pirueta para alumbrarse toda mientras revolotea alrededor de un fuego llamado Sol, que está a 150 millones de kilómetros, siempre explotando en bombas atómicas, y que se derrama en luz, la cual nos llega en ocho minutos y nos alumbra y nos calienta. Y esta luz se filtra por unas cositas chiquitas, juntadas en grupitos, llamadas células, que a su vez están hechas de otras cositas aún más chiquitas llamadas moléculas, que un día decidieron juntarse, quizás para estar más contentas, y que se alimentan de luz de sol y generan oxígeno en el aire que se acumula como un velo alrededor de la Tierra y gira con ella. Y que con este oxígeno se hicieron comunidades más complejas de células, juntándose más entre ellas. Pasando por una infinidad de formas durante 400 millones de años, hasta que hace dos millones de años aparecieron los primeros homínidos, y solo 300 mil años atrás, nosotros los humanos.

Hace 10 mil años dejamos de ser nómadas, cazadores y recolectores errantes (no todos, pero una gran mayoría) y vinieron la agricultura, las ciudades, las civilizaciones. Y en los últimos 300 años entramos en la actual era tecnológica, que culmina en estos últimos años en la conexión instantánea y global de palabras e imágenes. Que son reflejos de los reflejos que somos nosotros del universo.

Las sopas de letras e imágenes que hacen las computadoras con nuestros pensamientos son como alimentos procesados para alimentar nuestras mentes con más palabras. Pero, en realidad, cuando la gente se comunica en persona, se transmite algo más que palabras y pensamientos: hay sonrisas, rostros iluminados o intensos, vibraciones, sentimientos.

Los algoritmos para la inteligencia artificial (son nuestros pensamientos y la racionalidad) describen lo lineal, las superficies, pero no sienten la belleza, el amor, la compasión, la amargura, lo inefable... en fin, la profundidad de la vida. Las sopas de letras no sirven para eso.

El músculo y la agilidad física nos servían para cazar y correr en la época preagrícola, antes de la civilización, pero no para desarrollar el lenguaje escrito, la historia o las matemáticas. Eso vino con los asentamientos humanos y el tiempo de ocio asociado para desarrollar la mente, el pensamiento y la lógica. Lo cual trajo consigo cosas muy positivas para nuestra humanidad y también cosas muy negativas: la expansión de nuestro conocimiento del mundo material para entender la estrecha unicidad entre todo y aprender a modular procesos energéticos para construir, por una parte, pero también para destruir.

En la actualidad enfrentamos un nuevo cambio civilizacional con la tecnología digital. Esta puede aliviar nuestra consciencia de las tareas lineales de la mente, ayudando a procesar energías de pensamiento para resolver problemas de diseño, organización e investigación, liberando nuestra mente para enfocarnos en otros aspectos cognoscitivos como la intuición y la inspiración, que nos ayudarían a sentir, a tener compasión, a darnos cuenta de nuestra interdependencia con los demás y con la naturaleza, y posibilitarían el florecimiento de una nueva humanidad.

Pero, al igual que los adelantos en herramientas y en uso de energía, esta nueva tecnología puede usarse para construir o destruir. La nueva tecnología digital, como ya está empezando a pasar, se está usando para la manipulación de la gente, para la propaganda, para la comercialización, para el control. Hay líderes de informática que ya están diciendo: “Estamos perdiendo la capacidad de pensar profundamente”.

Hay investigaciones que señalan que nuestra capacidad de atención es aproximadamente un tercio de la que teníamos en 2004, y que el porcentaje de jóvenes de 18 años (en los Estados Unidos) que dicen tener dificultades para pensar y concentrarse se ha elevado en este mismo lapso. Apunta un reciente titular: “¿Será que los humanos han alcanzado el pico de su potencia cerebral?”. Otros expresan su preocupación diciendo que esto llevará a una crisis porque pensar es un motor para dar sentido a nuestras vidas y cultivar nuestra imaginación moral.

Asomado, yo siento que sí, que la tecnología digital es como el descubrimiento de la combustión interna: puede servir para ayudar a transportarnos o para bombardearnos. Pero siento, desde el asomo, que el pensamiento es solo uno de los instrumentos cognitivos de los humanos, y que se ha desarrollado en gran escala para darnos mayor capacidad de entender y manejar el medio de una manera productiva e inteligente, pero que tenemos otros instrumentos en el jardín de nuestra consciencia que están apenas empezando a florecer en gran escala: la empatía, la compasión, el amor y el darnos cuenta y sentir nuestra unicidad.

Parafraseando a Vimala Thakar: la compasión es un movimiento espontáneo de plenitud. No es una decisión del pensamiento el ser amable con los desafortunados. La compasión no puede pensarse ni cultivarse; no se deriva ni de la convicción intelectual ni de la reacción emocional. Simplemente está ahí cuando la unicidad de la vida se convierte en un hecho que vivimos.

Tenemos que asomarnos al universo desde adentro para que brote nuestra verdadera humanidad, más allá de los instintos y de la racionalidad. Ahí está el amor, asomémonos. Adentro.