En el ámbito científico, el término «bifurcación» fue utilizado por primera vez por Henri Poincaré, pero en la segunda mitad del siglo XX el concepto y la teoría de la bifurcación pasaron a asociarse con el químico y premio Nobel Ilya Prigogine.

El momento de la bifurcación

La teoría de la bifurcación de Prigogine se basa en las siguientes ideas: la indeterminación fundamental de la realidad y la consiguiente insistencia en no considerar el azar, el caos y el desorden como pura negatividad, fuera del ámbito científico; los sistemas complejos crean formas de autoorganización que producen cambios y transiciones imprevisibles (estructuras disipativas); en situaciones fuera del equilibrio (entropía, segunda ley de la termodinámica) el desorden prevalece sobre el orden y los sistemas pueden entrar en momentos de bifurcación en los que pequeños cambios pueden producir consecuencias enormes e imprevisibles.

Formulada inicialmente en química, la teoría de la bifurcación ha suscitado interés en la filosofía, el arte, la sociología, etc. El sociólogo Immanuel Wallerstein fue uno de los que más se sintió atraído por la teoría de Prigogine y la profundizó en el campo de la sociología. Según él, el sistema mundial moderno ha ido acumulando contradicciones; su desarrollo desde el siglo XVI se basa en ciertas premisas y tendencias a largo plazo que, una a una, han desaparecido o han sido cuestionadas. El sistema mundial se enfrenta en este momento a una crisis estructural que configura una situación de bifurcación, un período de transición caótica de gran volatilidad política y económica.

Según Wallerstein, esa transición podría durar hasta 2050 y lo que le seguiría podría ser algo más autoritario y jerárquico o más democrático e igualitario. Estoy convencido de que la historia se ha acelerado en los últimos tiempos y de que han surgido nuevos factores de imprevisibilidad, sobre todo tres: el inminente colapso ecológico, el desarrollo de la inteligencia artificial y el surgimiento de un sionismo extremista judeocristiano. La imprevisibilidad es mayor que nunca. Cualquier decisión de riesgo calculado puede resultar en un riesgo incalculable. ¿Se encuentra el mundo, concebido como el sistema mundial moderno, entrando en un momento de bifurcación? ¿Será la guerra de Irán la manifestación de ese momento? Si es así, cualquier acción por parte de cualquiera de los principales actores (Israel, EE.UU. e Irán) o de sus aliados, por muy calculada que sea, puede tener consecuencias incalculables:

  • ¿Una nueva guerra mundial (que para algunos ya ha comenzado)?

  • ¿Una guerra más militar que económica o más económica que militar?

  • ¿El fin del sistema mundial moderno basado en la vitalidad del capitalismo moderno y en la hegemonía de Occidente (sucesivamente: ciudades-Estado de Italia, Portugal, España, Holanda, Francia, Reino Unido, EE.UU.)?

  • ¿Un nuevo período de hipernacionalismos rivales o de guerras religiosas entre extremismos (fundamentalismo sionista judeocristiano frente al fundamentalismo islámico)?

  • ¿La aceleración del colapso ecológico y el consiguiente desplazamiento masivo de poblaciones (los refugiados ambientales)?

  • ¿Una nueva conflictividad política entre política de vida y política de muerte en sustitución de la conflictividad moderna entre izquierda y derecha?

  • ¿La revolución de los subhumanos y los subproletarios del mundo ciberautomatizado, guiada por insiders arrepentidos que conocen como nadie las vulnerabilidades del poder que se presenta como invulnerable?

Sí, por un momento, logramos desviar la atención de la fachada mediática compuesta provisionalmente por Benjamin Netanyahu y Donald Trump; será posible centrar los esfuerzos en la búsqueda de un posible nuevo equilibrio entre el miedo y la esperanza, quizá solo viable tras la bifurcación. Y para ello, un poco de historia puede ayudar.

Una historia de dos estrechos

Durante la Edad Media (siglos XIII, XIV y XV), el Mediterráneo era el centro comercial entre Oriente y Occidente, el comercio del Levante. El océano Índico estaba entonces dominado por los pueblos de la región y, desde el siglo VIII, por los árabes musulmanes. El comercio mediterráneo tenía lugar entre mercaderes cristianos (sobre todo de las ciudades-estado italianas de Venecia y Génova) y mercaderes musulmanes (del Mediterráneo oriental y del norte de África) y se extendía hasta el océano Atlántico para llegar al noroeste de Europa (el noroeste de lo que hoy es España, el suroeste de Inglaterra y Flandes, con Bruges como destino final). En el siglo XIII, las casas bancarias de Florencia contaban con 80 sucursales en Europa que funcionaban simultáneamente como instituciones financieras y aseguradoras de transporte marítimo. Se comerciaba de todo y algunos productos eran especialmente importantes.

Desde la Antigüedad, el estaño del noroeste de España y del suroeste de Inglaterra era fundamental para producir el bronce, el metal resistente por excelencia de la época. En la Edad Media, la pimienta, procedente de Oriente, tenía una importancia difícil de imaginar hoy en día. Era una especia tan importante que a menudo se utilizaba como moneda para pagar derechos de aduana, impuestos y deudas entre Estados. En el triángulo entre los ríos Sena y Rin y el mar del Norte, la mercancía más preciada eran los tejidos. Las galeas de Flandes unían el Mediterráneo con el mar del Norte1.

Resulta que, al igual que hoy, el comercio y la guerra iban de la mano y el estrecho de Ceuta (hoy Gibraltar) era un punto neurálgico de enfrentamiento. Los comerciantes musulmanes (y no solo ellos) practicaban la corsaria y la piratería y bloqueaban con frecuencia el estrecho, impidiendo el paso de los barcos cristianos o exigiendo pesadas tasas para permitir el paso, lo que contribuía a aumentar el precio de los productos. Algunos productos se encarecieron tanto que desaparecieron del mercado. Fue para poner fin a estos bloqueos y a la inseguridad que los portugueses conquistaron Ceuta en 1415. Según los cronistas de la época, en el momento de la conquista de Ceuta, 12 libras de pimienta, un producto típico del comercio del Levante, llegaron a costar 32 chelines. Mientras que en las tres décadas posteriores a la conquista, el precio bajó sucesivamente a 16, 13 y 9 chelines2.

1415 marca el inicio de la expansión colonial de Europa (descubrimientos, reconocimientos y hallazgos) y del surgimiento de la economía mundial dominada por Occidente. Con la toma de Ceuta se abre el comercio del Mediterráneo y del Atlántico Norte, así como la expansión hacia Occidente, comenzando por los archipiélagos de las Azores, Madeira y Canarias.

No hay que pensar que el objetivo era la libertad de comercio sin límites. Se pretendía crear nuevos monopolios y zonas exclusivas de navegación, el mare clausum [mar cerrado] que el Tratado de Tordesillas (1494) consagraría. Solo en el siglo XVII el mare clausum sería sustituido por el mare liberum [mar abierto]. Y esto ocurrió cuando las burguesías del norte de Europa se consolidaban en el dominio del comercio mundial y convertían el colonialismo en uno de los pilares de la acumulación primitiva necesaria para el desarrollo del capitalismo industrial, un proceso histórico que alcanzaría su clímax en la Conferencia de Berlín (1884-95).

Menos de un siglo después de la conquista de Ceuta, en 1507, los portugueses conquistaron el estrecho de Ormuz y construyeron una fortaleza en la isla de Ormuz, junto a la costa de lo que hoy es Irán. El objetivo era controlar el comercio entre la India y Europa que transitaba por el Golfo Pérsico (o Golfo Arábigo). El 4 de diciembre de 1513, Afonso de Albuquerque, virrey de la India desde 1509, escribe desde Cananor al rey de Portugal, D. Manuel I, una carta reveladora del control portugués del estrecho:

En toda esta costa me han pedido seguros para los barcos de Malaca, y a todos se los he concedido, así como otros para los barcos y puertos de Ormuz, con la condición de que los caballos sean llevados a Goa, porque así queda establecido en toda esta costa que no entren caballos de Arabia y de Persia en ningún otro puerto que no sea Goa. Y creo que lo harán, por el buen despacho que llevaron los navíos del año pasado3.

El dominio portugués duró hasta 1622 y fue sustituido durante mucho tiempo por el dominio directo o indirecto del Reino Unido (a través de alianzas con los sultanatos). Durante el siglo XIX y hasta 1921 (y posteriormente durante la Segunda Guerra Mundial), el Reino Unido y Rusia rivalizaron por la supremacía sobre Irán. Sin olvidar al káiser Guillermo II de Alemania, con su proyecto de la línea ferroviaria entre Berlín y Bagdad, cuya construcción se inició en 1888. Esta línea ferroviaria formaría parte del Eje Transversal de Eurasia, que uniría Hamburgo con Basora, en el Golfo Pérsico, pasando por Praga, Budapest, Constantinopla (hoy Estambul) y Alejandreta (hoy İskenderun). Era la primera versión del «Drang nach Osten», la expansión hacia el este del imperialismo alemán. Uno de los consejeros del káiser, Paul Rohrbach, defendía que el Imperio Británico podía recibir un golpe mortal en Oriente Medio. La segunda versión del «Drang nach Osten» estaría protagonizada por Hitler, teniendo, en este caso, como objetivo a los pueblos eslavos y, sobre todo, a Rusia. Tras la Segunda Guerra Mundial, la lucha por la supremacía sobre Irán pasó a estar dominada por EE.UU. Como sabemos, el estrecho de Ormuz forma parte hoy de Irán y sufre actualmente el bloqueo de EE.UU.

¿El principio y el fin?

El estrecho de Gibraltar (llamado en aquella época estrecho de Ceuta) a principios del siglo XV y el estrecho de Ormuz en nuestros días presentan una gran semejanza aparente. El dominio del estrecho de Ceuta por parte de los árabes musulmanes no tenía como objetivo impedir el comercio, sino únicamente modificar a su favor las condiciones de los intercambios comerciales. Podemos decir que ocurre lo mismo con los persas musulmanes al reclamar el control del estrecho de Ormuz. El bloqueo de represalia por parte de EE.UU. habrá tenido como único objetivo eliminar las ventajas comerciales que Irán pretendía obtener con el control del estrecho.

La aparente similitud entre ambas situaciones esconde una profunda diferencia. Irán, al igual que los países del Golfo Pérsico, tiene todo el interés en la libertad de comercio a través del estrecho. El control que Irán pretende ahora no es más que una respuesta a los bombardeos y a la amenaza de invasión por parte de EE. UU. e Israel. Como diría el escritor francés Jean Rolin, se trata de una «táctica asimétrica» para sortear la enorme superioridad militar de los agresores. Jean Rolin publicó en 2013 una novela titulada Ormuz4. En esa novela hay mucha información sobre la naturaleza y el significado del estrecho. Dos mundos diferentes, el árabe y el persa, la misma religión: dos formas diferentes de ser musulmán. Basándose en esta rica información, el escritor sostiene que Irán puede recurrir a lo que denomina «tácticas asimétricas», tácticas capaces de sortear la superioridad militar y tecnológica del adversario. Esto es lo que está sucediendo. Ante esto, es necesario mostrar las diferencias entre el Gibraltar del siglo XV y el Ormuz del siglo XXI.

El significado de Gibraltar

El dominio del estrecho de Ceuta por parte de los portugueses y de Occidente en general no fue solo un acontecimiento coyuntural al servicio de los mercaderes cristianos. Fue el inicio del declive del dominio árabe/musulmán en el Mediterráneo y en el comercio del Levante, un declive que se consumaría con la caída de Al-Ándalus en 1492. Fue, por otra parte, el momento inaugural de un nuevo período histórico dominado por Occidente, el sistema mundial moderno. Fue una de las primeras manifestaciones de un nuevo centro de poder mundial que contaba con dos factores a su favor: la burguesía europea emergente y la ciencia moderna.

A largo plazo, la apertura del estrecho benefició menos a los Estados mediterráneos o de la Península Ibérica que a los países del norte de Europa. El capitalismo emergía entonces como un sistema global, como economía mundial, muy dinámico, pero también muy contradictorio, sujeto a crisis recurrentes. A su vez, la derrota del Islam en Ceuta supuso la confianza en un nuevo sistema de conocimiento experimental y de observación empírica que se valía de los mejores cartógrafos, astrónomos, astrólogos, médicos y científicos en general, casi todos judíos, para profundizar en los conocimientos que garantizaran el dominio de los mares. No es casualidad que el infante Don Enrique fuera nombrado gobernador de Ceuta en 1416, poco después de la conquista.

El infante Don Enrique fue el fundador de la Escuela Náutica de Sagres y el gran artífice de la expansión marítima portuguesa. Gomes Eanes de Azurara, quien, al igual que Luis (Alvise) Cadamosto, estuvo muy cerca del infante y escribió las crónicas de la primera fase de la expansión colonial portuguesa, afirma que el infante pasaba noches enteras sin dormir estudiando astronomía y geografía.

Hoy en día resulta difícil imaginar que, aún a principios del siglo XVIII, uno de los premios más codiciados en la Europa de entonces se concediera a quien descubriera el método más exacto para determinar la longitud, un dato fundamental para orientar la navegación en alta mar. Una ley de 1714 de la Cámara de los Comunes del Reino Unido concedía un premio a quien descubriera la forma de determinar la longitud con la mayor precisión: 10 000 libras esterlinas a quien garantizara observaciones de longitud con una aproximación de 1 grado; 20 000 a quien la determinara con una aproximación de medio grado; y 15 000, con una aproximación intermedia. De la comisión de evaluación formaban parte Isaac Newton y varios miembros de la Royal Society. Francia ofrecía premios similares. Solo a partir de 1765 fue posible determinar la longitud con errores ínfimos.

Si se quiere, hubo aún un tercer factor en la construcción de la nueva era: la religión, en un primer momento el catolicismo y después el catolicismo y el protestantismo. A lo largo de la Edad Media, desde las Cruzadas, la Iglesia católica había sido un importante factor de articulación entre los diferentes Estados cristianos europeos y entre sus élites. Este impulso, combinado con las ventajas económicas, permitía mantener las rivalidades funcionales para el desarrollo del capitalismo.

El significado de Ormuz

El estrecho de Ormuz tiene hoy quizá la importancia que tenía a finales de la Edad Media el estrecho de Gibraltar. Todo el petróleo producido en Oriente Medio (con excepción de Egipto y Turquía) se extrae en el Golfo Pérsico y constituye entre el 20 % y el 30 % de la producción mundial. Todo él pasa por el estrecho, por no hablar de los derivados del petróleo, los fertilizantes, el aluminio, etc. Pero el contexto en el que se produce hoy el conflicto en el estrecho de Ormuz es radicalmente diferente al que se dio en Ceuta (Gibraltar) a principios del siglo XV. A diferencia de lo que ocurría entonces, el dinamismo del capitalismo global se ha desplazado hacia Oriente. Irán no está solo. Cuenta con el apoyo de Rusia y de la gran fábrica del mundo, China.

A su vez, también es diferente la lucha por el conocimiento que pueda traducirse en ventaja geoestratégica. La rivalidad por determinar la longitud se daba entre países europeos, mientras que la rivalidad por el avance tecnológico en nuestros días, sobre todo en el ámbito de la Inteligencia Artificial, se da entre Estados Unidos y China.

Además, la propia superioridad militar de EE.UU. es cuestionable. EE.UU. tiene una fuerte presencia militar en Oriente Medio y las bases militares más importantes se encuentran en el Golfo Pérsico: Baréin, Kuwait, Catar, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. Informes fiables muestran que toda esta exhibición de poderío militar era, al fin y al cabo, un objetivo fácil y frágil. Los drones y misiles lanzados por Irán redujeron esas bases a ruinas o las dejaron inoperativas, lo que llevó de inmediato a algunos de los países que acogen las bases a replantearse su estrategia de nuevas alianzas, ya no centradas exclusivamente en EE.UU.

Si se confirma la hipótesis del momento de bifurcación, tras el estrecho de Ormuz, el mundo será diferente. Irán no es Venezuela y, por eso, las «victorias fáciles» de las que habla Donald Trump pueden acabar en amargas derrotas. Si Irán aún no ha vencido a Occidente, al menos ha demostrado que se le puede ganar. Y eso es irreversible.

Notas

1 En un texto de este tipo no cabe hacer largas citas bibliográficas, ya que la bibliografía sobre este tema es inmensa. Recomiendo, en especial, a Jaime Cortesão (además de su obra monumental sobre los descubrimientos portugueses): La expansión de los portugueses en el periodo de Enrique. Lisboa: Livros Horizonte, 1975; Joseph F. O’Callaghan, The Gibraltar Crusade: Castile and the Battle for the Strait. Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 2011; L.A. Fonseca, «Portuguese Maritime Expansion from the African Coast to India», en Michel Balard, Christian Buchet (eds.), The Sea in History - The Medieval World. Rochester: Boydell & Brewer, Boydell Press, 2017: 642-653 (y bibliografía allí citada); Claire M. Gilbert, In Good Faith: Arabic Translation and Translators in Early Modern Spain. Filadelfia: University of Pennsylvania Press, 2020.
2 Jaime Cortesão, op. cit., 156.
3 T.F. Earle, John Villiers (eds) Albuquerque: Caesar of the East. Selected Texts by Afonso de Albuquerque and His Son (edición bilingüe). Liverpool: Liverpool University Press, 1990, 264.
4 Ormuz. París: P.O.L. 2013.