Dentro de la saga que voy armando sobre mis historietas preferidas argentinas, esta vez elegí comentar –la que para mí es la mejor historieta nacional–, una de las que representan la vieja escuela: Gilgamesh, el Inmortal.
Si vamos por los vericuetos de este nombre tan particular de la historia antigua, de la lejana Mesopotamia, observaremos que nuestro héroe forma parte de un poema épico, escrito en lengua acadia siendo su origen en la ciudad del sur mesopotámico: Uruk.
Con la libertad de hacer de un poema épico a una historia de ciencia ficción hay pura osadía e irreverencia del autor. Esta historieta fue creada por el autor y dibujante Lucho Olivera en 1969, en la aclamada revista D’artagnan. En blanco negro, usando mucho las sombras para la sensación de un clima raro pesado. Esta obra tiene varias ramas, es decir, que la empezaron dos veces y la continuar después de una largo tiempo: una que va desde su creación por Lucho Olivera hasta 1972, que continúa con Sergio Mulko y, luego, retomada por un grande como es Robin Wood, en los finales de 70 a los 80.
En otro artículo conté cómo es que llegan a mí estas obras, de una entrevista a Robin Wood, donde una oyente le cuenta que sus historias le habían salvado de ser secuestrada por un comando durante la última dictadura. A partir de allí, me dije, que no podía perderme de estas historias, qué es lo que tienen que llevó a que una persona se salve, que guste tanto a cualquier persona. Fue así como, por insistencia, conseguí la obra, primero por fascículos reeditados en los 2000, que se hallaban en una revistería. Da la casualidad que era la primera parte; la de Olivera.
Esta primera parte es la que tiene mayor carga de ciencia ficción, dibujada y trazada de muchos oscuros que la dotan a la obra de una atmósfera oscura, densa, cerrada, dónde es difícil moverse. También nuestro personaje lleva una personalidad introspectiva y taciturna, con algún matiz de romanticismo, un hombre querido por sus semejantes y por sus súbditos. Guerrero y filósofo. En similitud con la obra de Wood, nuestro Gilgamesh, rey de la ciudad de Uruk se encuentra con el marciano Utnapishtim, que le otorga la inmortalidad, don y maldición. Es así como el rey sumerio va a pasar los días venideros.
Todavía en la obra de Olivera y Mulko juntos, vemos una obra innovadora en todos los sentidos, desde lo literario a lo gráfico; aventura, ciencia ficción, psicodelia, filosofía y psicología se conjugan en cada capítulo para sorprender: nada es previsible en este Gilgamesh; vamos de un encuentro con un ser de otro planeta, o al interior de la afiebrada mente del inmortal: que dedica sus inagotables días a sorprenderse ante los numerosos avances de la humanidad y a lamentarse el doble ante su natural y autodestructiva barbarie.
Esta parte retoma a nuestro héroe como un Odiseo interestelar, que luego de presenciar la destrucción total del planeta, él es quien se encarga de salvar y continuar con la humanidad en algún lugar recóndito del universo. Que luego de hallar un lugar propicio se inicia nuevamente la humanidad como una sociedad primitiva en la que el solo acompaña, ya que no puede, morir, ve como esas personas nacen, crecen y fallecen; y es desde allí, que decide realizar su propio viaje, marcado por la aventura, la filosofía, la solicitud, desde la humildad de entregarse a lo que vendrá. ¿Cómo continuar una obra que no se sabe si terminará?
Quien retoma la obra, o mejor dicho, la reescribe fue el guionista paraguayo Robin Wood. El también narra el encuentro entre Utnapishtim, el viajante estelar, y Gilgamesh -quien venía construyéndose como un rey justo y sabio, que se cuestionaba el hecho de morir–, nuevamente dotándolo de la inmortalidad. Esta nueva parte, el autor, se toma la libertad de hacer pasar a Gilgamesh por todas las etapas de la humanidad: desde el año cero, las aventuras del rey Arturo, como la caída del Imperio Romano de Occidente a manos de los bárbaros, la Caída de Constantinopla, de vagar por una edad media en una Europa sumida en el dogma cristiano, de presenciar la toma de la Bastilla en la Revolución Francesa, de ser un pirata y corsario hundiendo barcos españoles en las Antillas, vemos un personaje siempre observador, intentando pasar desapercibido y teniendo que huir después de un tiempo para no levantar sospechas.
Vemos una persona taciturna, siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, como intentar hacer justicia por quienes no son observados y si necesitaban. Un personaje que a su sabiduría le da un dote práctico, de brindar una mano y un empujón a quien lo necesitara, es como la frase de la madre Teresa: “¡Bienaventurados los que dan sin recordar, y los que reciben sin olvidar!”, este Gilgamesh está cargado de una generosidad única e inagotable.
Hay un episodio que me marcó, que me sumergió en ese mundo ficción. Pleno viaje en solitario por el espacio sideral, sin rumbo. Nuestra nave detecta una interferencia que a Gilgamesh lo lleva fuera de la nave. Allí tiene un encuentro inesperado con su otro yo, otro Gilgamesh: “Yo soy el Gilgamesh del Antiuniverso, de la antimateria”. ¿Cómo puede uno encontrarse con su otro yo? ¿No era que eso produce una paradoja singular y se nos va al tacho toda la existencia? Todas esas preguntas surgieron con esa aparición, dando lugar a una conversación epifánica, dura, dónde los engranajes del destino merecen ser ajustados. Nuestro Gilgamesh es prevenido de un futuro lleno de tormentas y alegrías, de satisfacciones inconclusas, pero ese es su camino y el nuestro, como lectores.
En fin, pienso que una obra que invita a ser leída y disfrutada, y aseguro que va dejar huella imborrable en su lector/a.















