El orden liberal internacional, conformado por un conjunto de instituciones multilaterales, normas sobre derechos humanos, apertura económica y democracia liberal, ha sido un eje explicativo central en la teoría de las relaciones internacionales desde la posguerra (Ikenberry, 2001; Ruggie, 1994).
Sin embargo, en la última década ha cobrado fuerza la hipótesis de su crisis: autores y escuelas sostienen que ese modelo está en proceso de transformación profunda, o incluso de obsolescencia, frente a dinámicas de poder, economía y cultura que desafían sus cimientos. A su vez, existe también una corriente conservadora o defensora del orden liberal que argumenta que, aunque hay tensiones y grietas, el orden liberal continúa operando, adaptándose y siendo relevante.
Este artículo explora críticamente ambos lados del debate, identificando los principales puntos de quiebre del liberalismo internacional, evaluando las críticas realistas y postliberales, y examinando las defensas conservadoras que sostienen la continuidad del orden.
El punto de partida debe situarse en lo que G. John Ikenberry denomina “orden liberal internacional”: un sistema en el cual un liderazgo hegemónico (especialmente el de los Estados Unidos después de 1945) construye instituciones, pactos, normas y expectativas que favorecen la cooperación, la apertura comercial, el respeto a los derechos humanos y la democracia liberal (Ikenberry, 2001; Ikenberry, 2020). Según esta visión, ese orden no se perpetúa únicamente por coerción, sino también por una lógica de “compra”, de construcción de consenso y de legitimidad normativa; no todos los estados siguen los mismos niveles de cumplimiento, pero comparten un interés en mantener un sistema basado en reglas.
No obstante, autores realistas como John J. Mearsheimer (2018, 2019) y Stephen M. Walt critican precisamente esa convicción liberal de que las instituciones y la promoción de valores puedan contener las dinámicas estructurales del poder. Para Mearsheimer, el expansionismo liberal, la promoción de la democracia en contextos incompatibles, la apertura económica sin suficiente gestión y el intervencionismo son síntomas de sobreextensión hegemónica que produce presión de contrafuerzas autoritarias, erosionan el poder del Estado líder y generan inseguridad internacional. En The Great Delusion, Mearsheimer argumenta que los idealismos liberales de EE.UU. no han tomado en cuenta suficientemente las realidades del poder, la geografía estratégica ni los costes internos de mantener un liderazgo global (Mearsheimer, 2018).
Un artículo reciente de Aaron McKeil titulado “The Limits of Realism after Liberal Hegemony” examina las críticas realistas al liberalismo hegemónico, reconociendo sus aciertos en señalar los costos del intervencionismo liberal, la fragilidad de ciertas instituciones multilaterales frente al poder bruto, y las crecientes tensiones entre democracias y autocracias. Sin embargo, McKeil advierte que las propuestas realistas (como “offshore balancing” o una estrategia de contención más pasiva) tienen también serias limitaciones: podrían generar guerras por proxies, carecer de instituciones suficientes para gestionar grandes conflictos y desafíos globales (como cambio climático, pandemias, etc.), y dejar vacíos normativos que el orden liberal tradicional al menos pretende llenar.
Entre los puntos clave de quiebre del orden liberal internacional pueden identificarse varios:
La expansión del orden liberal más allá de su zona de confort original: después de la Guerra Fría, el liberalismo se expandió territorialmente y normativamente. Países con instituciones democráticas débiles, con economías emergentes o sistemas híbridos se incorporaron al sistema liberal mediante acuerdos comerciales (como la Organización Mundial del Comercio), tratados de inversión, programas de asistencia democrática, etc. Este proceso generó fricciones: la lógica del liberalismo exige ciertas condiciones (Estado de derecho, transparencia, derechos humanos) que muchos estados no estaban preparados para cumplir plenamente, lo que generó resentimientos, percepciones de doble estándar y vulnerabilidades internas en las democracias establecidas. Ikenberry (2020) señala que “las semillas de la crisis fueron plantadas en el momento del triunfo” tras la Guerra Fría, cuando el orden liberal dejó de ser solo un club de países occidentales para convertirse en algo globalizado, con miembros que no necesariamente comparten todos los valores liberales ni los compromisos institucionales.
Desigualdad económica, polarización interna y crisis de legitimidad: muchas democracias occidentales enfrentan crecientes desigualdades, pérdida de clases medias, polarización política, retroceso en la confianza en instituciones públicas. Estas tensiones internas erosionan la base del consenso ciudadano que sostiene la apertura liberal, las libertades civiles y el multilateralismo. Las críticas no liberales señalan que el liberalismo ha privilegiado la integración de mercados globales sin compensaciones sociales adecuadas, lo que convierte la apertura en fuente de dislocaciones laborales y migraciones salvajes.
La rivalidad autoritaria/revisionista: China y Rusia, entre otros actores, ofrecen modelos alternativos de desarrollo que combinan autoritarismo y capitalismo de Estado, que no se ajustan al modelo liberal tradicional de democracia multipartidista, libertad de prensa, etc. Estos países operan dentro del sistema internacional liberal, pero al mismo tiempo desafían sus normas: por ejemplo, mediante inversiones masivas (Belt and Road Initiative en el caso chino), diplomacia digital, ciberestrategias, influencia normativa, etc. El modelo autoritario-capitalista se presenta como una alternativa viable para aquellos Estados que tantean las ventajas del crecimiento económico sin asumir plenamente las obligaciones liberal-democráticas.
Crisis institucional y falta de liderazgo hegemónico: el orden liberal ha dependido históricamente del liderazgo militar, económico y diplomático de Estados Unidos para sostener instituciones internacionales, disuadir agresiones, promover normas. A medida que EE.UU. experimenta declive relativo frente a China, con desafíos internos como polarización, deuda, disminución de gasto internacional, se plantea si puede o quiere seguir asumiendo ese rol. De igual modo, los organismos multilaterales enfrentan problemas de financiamiento, cuestionamientos de legitimidad, incumplimientos y competencia de bloques regionales o alternativos.
Cultura política, ideología y valores en disputa: el liberalismo no sólo se sostiene con poder material, sino con ciertas órdenes normativas: derechos humanos, libertad de prensa, libertad religiosa, gobierno representativo, tolerancia política. Pero en muchas sociedades el consenso sobre esos valores no es firme; hay retrocesos democráticos, populismos que cuestionan a la prensa, revisionismos históricos y nacionalistas que niegan ciertos derechos. También hay debates sobre la universalidad de los valores liberales frente a culturas diferentes: algunos críticos poscoloniales arguyen que el liberalismo porta vestigios de colonialismo, eurocentrismo o imposiciones normativas externas.
Frente a estos quiebres, los defensores del orden liberal ofrecen varias líneas argumentativas para sostener que sigue vivo, aunque necesita reformas.
Primero, sostienen que muchos de los signos de crisis son síntomas de adaptación o sobrecarga, no de colapso irreparable. Ikenberry (2020) sostiene que un orden liberal no es un sistema rígido: ha sido históricamente “imperfecto”, sujeto a defectos, críticas internas, cooptaciones de intereses estatales, etc. Pero eso no lo hace inválido; su fortaleza está justamente en su capacidad de adaptarse, corregir fallas institucionales y absorber críticas. Por ejemplo, reformas internas de democracias occidentales para mejorar transparencia, regulación financiera, participación política, etc., o coaliciones democráticas internacionales que buscan renovar compromisos normativos (como las alianzas democráticas recientes).
Segundo, los defensores conservadores apuntan que la liberalización económica, a pesar de sus efectos desiguales, ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza, ha expandido estándares de salud, educación, esperanza de vida, derechos civiles en muchas partes del mundo. Argumentan que ningún otro sistema ha ofrecido, hasta ahora, una combinación comparable de prosperidad y bienestar. Desde esta perspectiva, los retrocesos democráticos, populismos o autoritarismos son episodios parciales, localizados, no necesariamente síntomas del fin del liberalismo global.
Tercero, sostienen que la institucionalidad internacional —ONU, OMC, acuerdos climáticos, tratados de derechos humanos—, aunque con problemas, sigue siendo relevante, y su resiliencia demuestra que el orden liberal tiene una base normativa y práctica que no se desvanece fácilmente. Incluso cuando Estados no cumplen o buscan salirse de ciertos acuerdos, no abandonan completamente esa arquitectura normativa, lo cual sugiere que está incorporada en las expectativas internacionales, en las relaciones diplomáticas, en el derecho internacional.
Cuarto, los defensores liberales conservadores insisten en la idea de que el liderazgo moral y normativo aún importa: el “poder blando” sigue funcionando. La reputación, la cultura, los valores siguen movilizando alianzas, legitimidad pública internacional y auxiliando en las negociaciones globales. Ningún Estado autoritario puede ignorar completamente el escrutinio internacional si quiere mantener relaciones económicas integradas, inversión extranjera, acceso a mercados globales, etc.
En la evaluación crítica de estas defensas, varias preguntas permanecen abiertas. ¿Son suficientes las reformas internas de las democracias occidentales para restaurar legitimidad y confianza entre sus ciudadanos y con los países del Sur? ¿Puede el orden liberal adaptarse a la multiplicidad de actores emergentes con modelos distintos sin sacrificar sus principios fundamentales, o esos principios serán reconfigurados, suavizados o abandonados? ¿Hasta qué punto los desafíos globales, como el cambio climático, pandemias, crisis migratorias, desigualdad global, demandan formas institucionales e ideológicas nuevas que el liberalismo actual no está preparado para incorporar?
Desde el punto de vista realista clásico, autores como Hans Morgenthau, Reinhold Niebuhr o E. H. Carr habían anticipado parte de estas tensiones bajo la idea de la “modernidad liberal”: promesas de razón, progreso y universalismo que no atendían la naturaleza conflictiva de la política internacional ni la dimensión irracional, emocional, identitaria del actor colectivo. Haro L. Karkour (2022) argumenta que el liberalismo moderno, particularmente después del modelo neoliberal pos-Bretton Woods, intensificó la inseguridad y la sensación de desarraigo individual precisamente porque las instituciones liberales no resolvieron la “inseguridad socioeconómica” ni el vacío de significado que los individuos sienten. En ese sentido, el liberalismo institucionalizado nunca disolvió algunas de sus contradicciones internas, y esas contradicciones están emergiendo nuevamente como crisis internacional.
Por último, cabe destacar que algunos críticos poscoloniales señalan que el orden liberal también ha sido sostenido en gran medida por desigualdades globales heredadas: relaciones de dependencia, flujos de capital e inversión que reparten beneficios desiguales, estructuras de deuda, control tecnológico, propiedad intelectual, etc. Estas críticas advierten que, si el liberalismo simplemente se reformara sin enfrentar esas desigualdades profundas, los problemas persistirán, se manifestarán como resistencia normativa, resistencia de soberanías nacionales o de movimientos sociales del Sur Global, y como crisis de legitimidad ante la población global.
En conclusión, el debate sobre si el orden internacional liberal está en declive o en transformación es complejo y no admite respuestas binarias fáciles. Las evidencias empíricas indican que ciertos elementos del orden liberal sufren desgaste: la legitimidad de las democracias, la eficacia institucional, la distribución de los beneficios de la apertura internacional, la asimetría entre promesas normativas y resultados reales. Pero también hay razones para creer que este orden sigue teniendo vigor: la persistencia normativa, la capacidad de adaptación, la relevancia residual del liderazgo occidental y las apuestas por alianzas democráticas y reformas. Desde una perspectiva analítica, parece más plausible hablar de transformación —reordenamiento— que de colapso: la pregunta clave es qué tipo de transformación será, qué valores serán centrales, qué actores moldearán esa transformación, y si la lógica liberal puede seguir conviviendo con lógicas autoritarias, nacionales o posliberales sin perder su especificidad normativa. Octubre 2025.
Referencias
Acharya, A. (2018). The end of the American world order. Polity Press.
Ikenberry, G. J. (2001). After victory: Institutions, strategic restraint, and the rebuilding of order after major wars. Princeton University Press.
Ikenberry, G. J. (2020). Liberal internationalism 3.0 (?) – respuestas y adaptaciones contemporáneas. En McKeil, A. (Ed.), The Limits of Realism after Liberal Hegemony. Journal of Global Security Studies, 7(1), 1-11.
Karkour, H. L. (2022). “Liberal modernity and the classical realist critique of the (present) international order”. International Affairs, 98(2).
McKeil, A. (2021). “The limits of realism after liberal hegemony”. Journal of Global Security Studies, 7(1), 1–11.
Mearsheimer, J. J. (2018). The Great Delusion: Liberal Dreams and International Realities. Yale University Press.
Walt, S. M. (2020). “Realist critiques of liberal hegemony”. En The limits of realism after liberal hegemony (A. McKeil, ed.). Journal of Global Security Studies, 7(1).















