La cima representa conquistar una meta. Subirla significa coronar ese reto propuesto, liberar las ataduras del mundo para elevarse hasta mirar desde la altura la llanura o trifulca del día a día en la existencia. Esa cima simboliza también un campo de batalla, para vencer la montaña que nos doblega y se vuelve muralla infranqueable.
Marco Aurelio Aguilar Mata (Cartago 2013-2000) heredó los talentos artísticos de su padre, el músico violinista Benito Aguilar Luna. Y esto marcó su vida al persiguir la empinada cuesta: ser artista pintor, docente en el Colegio de San Luis Gonzaga, Liceo Vicente Lachner y Colegio Universitario de Cartago.
Se estima que este maestro cartaginés pintó al óleo u otras técnicas más de dos mil cuadros; así lo testimonia un artículo del periódico La Nación el 13 de octubre de 2000, a días de su fallecimiento.
Abundan en su temática -tan propia del tiempo y época en que él pintó-, los abordajes religiosos, plantas ornamentales, fruteros, árboles, retratos de personalidades de la sociedad cartaginesa, y, en particular, los Paperos de Cot, pintado en 1959, o localidades como Tierra Blanca, Pacayas, Rancho Redondo, además de personajes populares como el vendedor de flores del mercado o quienes las cultivan en aquellas zonas altas de la provincia; bajan con sus cestos repletos de color y perfumes. Hizo suyos los paisajes de la campiña cartaginesa, pero también edificaciones emblemáticas de la provincia, como son las ruinas de la Parroquia Santiago Apóstol, la Basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles, entre otras.
Redención (1968)
Esta pintura en gama de azules titulada Redención, pintada en 1968, exacerba nuestra memoria por su profundidad existencial y beligerante crítica social, don Marco la donó al IAFA para motivar a los pacientes a superar sus afecciones de salud que requieren de gran fuerza de voluntad y cada uno subir a su cima. Esta obra fue seleccionada para un homenaje que el Tecnológico de Costa Rica hiciera al maestro en los años ochenta, con una muestra en Casa de la Ciudad, titulada “Por una vida dedicada al arte”.
Se trata de un individuo caído —por el alcoholismo o la drogadicción—, que intenta levantarse pero vuelve a caer una y otra vez, como en un movimiento cinematográfico, se propone superar la empinada roca (cima). El cuadro alude a la eterna lucha por la vida al estar cuesta arriba, cuando todo pesa y se debe empeñar a fondo para vencer la imposición de la reyerta intrapersonal.
Algo en suma importante: la pieza desafía a reflexionar en el momento histórico y social cuando don Marco la pintó, impactado quizás por la reverberación en la sociedad que removía la faz de la tierra en los sesenta y setenta. A la hora de pintar y definir un tema, el artista consciente y sensible advierte presiones de la sociedad y aunque no concuerde con el estilo de vida imperante ,origen del estado social, debe romper dichas ataduras.
En mi propio reto de escribir esta semblanza trato de comprender las motivaciones que el maestro tuvo para idearla; dónde está el origen de la empinada subida que representa para cualquier creador conceptualizar una obra. Pintada en 1968, año singular para la humanidad, conocido como “el París 68”, también tuvo repercusiones de este lado del océano, en México. Se recuerda la matanza de estudiantes en Tlatelolco, y las repercusiones que revolucionaron las prácticas sociales y culturales en el mundo. No quiero decir con esto que el maestro tuviera que tolerar esos estilos de vida juveniles que revolucionaron la década de los setenta, pero sí estaba informado, pues él no está sumido en la “torre de marfil” que lo aísla de la realidad.
Además, en Cartago se gestó un importante movimiento que nació en las aulas de la Escuela de Arte Juan Ramón Bonilla, liderado por algunos discípulos y allegados suyos: El Grupo de Trabajadores de la Cultura La Puebla de los Pardos, que transformó el diálogo transversal entre el arte y la cultura del pasado con el presente y por ende el futuro.
Quiero recordar estos procesos en el contexto de este homenaje, en tanto los artistas somos como seres sin piel, hipersensibles, evocando al poeta estadounidense Ezra Paound, advierten hasta el mínimo sismo que remueve la faz del planeta. Marco Aurelio fue una persona de elevada cultura, lo afirmo porque tuvimos amplias conversaciones acerca de las motivaciones para crear una obra; él era lector de las transformaciones que redimensionaban el mundo en ese entonces. De manera que Redención 1968 mueve a cuestionarme la naturaleza misma de la obra de arte y sus detonantes.

Marco Aurelio Aguilar Mata, Amanecer Norteño (1992).
Paradigma de validación
El Museo Municipal de Cartago estableció en 2011 la Bienal de Arte Bidimensional, distinguiendo la memoria de este maestro. Los años setenta en Cartago, como se dijo, década de fundación de aquella Escuela de Arte formadora de los artistas emergentes de la convulsa época en el panorama centroamericano, fue un lapso de diálogo intergeneracional que desprendió un núcleo de gente creativa y crítica que removió muchas actitudes en la cultura del país.
Otra institución educativa, Colegio Universitario de Cartago CUC, creó la Sala de exposiciones que lleva el nombre de este maestro y un evento expositivo anual convocando para valorar el trabajo artístico de su comunidad. Como curador para este homenaje en el Museo Municipal, deduzco que su férrea identidad se vuelve paradigma al reflejar el sentido de convocatoria: valorizar y legitimar el trabajo creativo a nivel nacional, premiando un número importante de creadores nacionales cuyas obras conforman hoy la colección de este museo.
Abismos y despeñaderos
Para la coyuntura de cambio de siglo y milenio, el 2000, Cartago vio fenecer la luz que irradió en vida don Marco Aurelio, al traspasar las sendas de su existencia para subir a la cima del Irazú, aquel volcán que él llevó siempre en su entraña y pensamiento a donde quiera que fuera, tal y como expresa el poeta martinico Eduard Glissant en Poética de la relación 2018.
Pinceles, paletas, técnicas y contenidos son armas en la escaramuza del significado para un artista, y en su caso probó abundancia, elaborada con esmero en retratos de personalidades insignes, como el Benemérito Florencio del Castillo Villagra (óleo expuesto en el Salón de Sesiones de la Municipalidad de Paraíso, Cantón que fue cuna del prelado, allá en el Valle de Ujarrás durante la colonia, pero, además, esta pieza patrimonial celebró la repatriación de sus exequias desde Oaxaca, México a Paraíso en 1971, otro año que enmarca transformaciones sociales y culturales en el país: abrió la Primera Bienal de Pintura Centroamericana, organizada por el CSUCA, que trajo notables artistas del istmo y un jurado como la crítico colombiana-argentina Marta Traba, el mexicano José Luis Cuevas y al peruano Fernando Di Szizlo. Aunque don Marco ni ninguno de los artistas de La Puebla expusiéramos en ese evento, éste fue en suma crítico con actitudes complacientes en la cultura costarricense.
Aparecen en sus cuadros personajes populares y labriegos sencillos, como los niños pregoneros anunciando las noticias de los periódicos a viva voz, como solía ocurrir en tiempos pasados antes de que las redes sociales acallaran sus voces, y esa pintura se vuelve crítica social, denunciando la violencia y el trabajo infantil.
Por la imposibilidad de exponer físicamente una gran cantidad de sus creaciones, dificultad de moverlos de donde están fijados al muro, como la colección de 14 pinturas de gran formato que él pintó en 1955 para la Parroquia de Paraíso, expresando el tema del hallazgo de la imagen de Nuestra Señora de Ujarrás, y el traslado, precisamente de Ujarrás a Paraíso en 1832, ésta es la razón para proyectarlos de manera digital dentro de la muestra, para que el público cartaginés los aprecie y en tanto que para muchas personas la colección es totalmente desconocida.
Importa aclarar que los murales fueron pintados por don Marco para ser colocados en unos arcos del triunfo, con que los paraiseños erigieron al recibir la imagen de Nuestra Señora de Ujarrás, su patrona, al retorno de ser coronada por el cardenal ecuatoriano Carlos María de la Torre con la corona pontificia otorgada por el Papa de Pío XII en 1955. El mismo Arzobispo, en ese entonces, Monseñor Rubén Odio, recomendó que fueran eternizados en las paredes del templo católico, donde hasta el día de hoy son exhibidos.
Tanto el paisaje de la campiña, la ciudad y el entorno provincial, fueron motivo para que este maestro creara una pintura de importante carga de interioridad, con anclajes activadores de sus inflexiones estéticas, pero también espirituales, sociales y hasta políticas. Son estados de ánimo, con las contingencias que todos sin excepción manifestamos y asumimos, sobremanera aquellos abismos que bordeamos en la vida para no sucumbir. Si la pintura no los aborda, vano sería enfrentar la reyerta en el campo de batalla: el lienzo que implica el contenido, la paleta de color y la técnica.
La pintura de un individuo que se pasea por la costa de la mano de su niño (Tarde de Domingo, 1996), como buscando un sol que caliente mejor, es otro motivo autorreferencial que infunde valor y posee simbolismos del significado de la paternidad. O el niño (Marco, su hijo), quien, extasiado, escucha la sonoridad del mar en un caracol. Pintó la joven dama que acaricia una calavera negra (la cual se instala con esta pintura) y una serpiente de madera que coleccionó el maestro enunciando el enigma de la creación en tensión con la muerte y su borde final.

Marco Aurelio Aguilar Mata, Paperos de Cot (1959).
“Niños Pregoneros”, aunque no fue posible exponerla, posee trascendencia dentro de la obra del pintor, potencia su arte dándole estatura por su dimensión crítica, al ventilar las problemáticas sociales por el trabajo infantil. Esta pieza estuvo expuesta en 2019 en el Museo de Arte Costarricense en: “Extraña Infancia. Figuraciones y fabulaciones de los niños en el arte en Costa Rica”, curada por Sofía Soto Maffioli, directora, en ese entonces del MAC. Ser parte en aquella propuesta cara de valor agregado a la obra, alcanza “la cima” de la validación en espacios de importante visitación y nivel para la cultura nacional.
Técnica y abordaje
Los aportes temáticos concentran esta focalización a una depurada pincelada de veladuras o transparencias con el pigmento frotado sobre el lienzo (con la cual don Marco difumina los bordes de la pincelada), como iluminando los parajes montañosos, árboles, edificaciones, intentando remover las gélidas ventiscas que a veces azotan y distinguen a Cartago: son las vicisitudes de la vida tan significativas en el contexto del trabajo artístico.
Aportan una “ecografía” para estudiar su pensamiento pertinaz e indumentaria creativa, estética que nos dona sus pensamientos y reflexiones, sus modos de ser tan humanos y altivos, catapultando su capacidad pedagógica. Artistas nacidos en esta ciudad como el maestro Fernando Carballo Jiménez (Premio Magón de Cultura 2024) y Zulay Soto Méndez (Premio Nacional de Pintura Aquileo Echeverría 2000) recibieron sus consejos en las aulas del San Luis Gonzaga. En mi caso personal, el estímulo más significativo que recibí cuando era artista emergente en los años setenta fueron unas palmaditas en mi espalda, para no mirar atrás y continuar la trepada hacia mi propia cima.
Acudimos al Museo Municipal de Cartago para validar los legados de Marco Aurelio Aguilar en tiempos muy diferentes a los actuales, evocaciones al “doble filo” de la pintura, en el momento de gestar aquel diálogo intergeneracional para trascender las vicisitudes de nuestra propia cima.















