Empezaré con lo básico: mi nombre es María Clara, tengo 28 años y nací en Lima una madrugada. Me desempeño como correctora de estilo desde hace más de tres años. (Si me preguntan por qué, diré que me atrae el sector editorial; la verdad es que estudié una carrera de Humanidades con un horizonte laboral muy limitado: era eso o enseñar. Y no soy particularmente buena transmitiendo conocimientos de forma oral). Estudié en una de las universidades más prestigiosas de Latinoamérica: la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Ahora bien, ¿quién soy realmente? La identidad es un enigma que nos acecha con frecuencia. Nos han enseñado a reducirnos a una etiqueta: la profesión, el título, el oficio. Pero yo me resisto a esa simplificación, sencillamente, me niego. Si me preguntan quién soy, responderé que soy una amalgama de muchas cosas.
De niña quise ser actriz; en los últimos años del colegio, soñé con ser directora de cine; después, escritora. Estudié Literatura como un modo de mezclar todos esos deseos: en los libros encontré la fuga de una sociedad demasiado rígida, la posibilidad de reflejarme en personajes, de inventar escenarios, de moldear identidades que nunca son una sola, de aprender y acoger historias, de soñar con otros mundos. Al mismo tiempo, siempre he amado el cine, esas películas que dejan una huella, que inspiran y encienden algo dentro. Paso gran parte de mi tiempo libre viéndolas.
También soy aficionada a la música, en especial al rock; me gusta caminar largamente por las tardes, dejándome llevar por pensamientos que rozan la memoria y el deseo; me contenta contemplar el mar, disfruto los conciertos de mis bandas favoritas y me dejo acompañar por una copa de vino mientras bailo ciertas canciones. Llevé un taller para aprender a escribir guiones de teatro, y también otro sobre poesía.
Mis aspiraciones prevalecen incluso de manera más profunda que mis acciones. Pienso que la rutina nos ha conducido a un estado de incertidumbre en el que rebelarnos contra lo impuesto —y lo predispuesto— nos arrebata un tiempo valioso, ese tiempo esencial para crecer en aquello que nos mueve y nos sostiene. Escribir ya es un acto de rebeldía en un sistema que no está hecho para el arte ni mucho menos para el ocio —tan bien merecido.
Actualmente, estoy trabajando mi tesis, que aborda el lenguaje y la poesía: el lenguaje como teoría y la poesía como arte, una amalgama de posibilidades infinitas que, paradójicamente, también encuentran sus propios límites. En el año 2021 terminé la universidad y decidí alejarme, aunque sea un poco, de lo estrictamente académico, pues encontré vacíos y contradicciones con la línea política que defiendo.
Ese alejamiento me cerró ciertas puertas, sí, pero a cambio me abrió otras: me permitió descubrir espacios nuevos y repensar mis intereses hacia el futuro. Sobre ellos, es casi un hecho que quiero formar una banda experimental, organizar un taller de fotografía callejera y, si el tiempo y el azar me lo conceden, abrir una especie de tienda de libros y vinilos. Durante los últimos tres años, he observado de cerca los movimientos culturales de esta ciudad, he tomado notas, y he tejido amistades con personas que transitan en esos círculos; por lo cual mi experiencia y entusiasmo por la música, el cine, el teatro y la escritura han ido aumentando.
Sobre mí: tomo una libreta, unos audífonos, unas botas y estoy lista para todo, es decir, explorar nuevos rumbos y esperar lo mejor. Porque soy, al fin, un proyecto en constante transformación; prefiero lo indefinido a lo fijo, lo cambiante a lo estable. Mis caminos son múltiples, y en esa multiplicidad reside mi goce.
