La pandemia del Covid-19 impidió por segundo año consecutivo el Festival Guadalupe del Carmen, un tradicional encuentro de música mexicana que desde el año 1988 se celebra en Chanco, cuna de la más célebre intérprete chilena de rancheras y corridos que constituyen desde mediados del siglo XX el repertorio favorito de las zonas rurales.

Guadalupe del Carmen, nombre artístico de Esmeralda González Letelier, es la hija predilecta de Chanco, ciudad de unos diez mil habitantes situada en la costa de la provincia de Cauquenes, 350 kilómetros al sur de Santiago. Nacida en un sector rural de la zona en 1931, falleció en junio de 1987 en Peñablanca, una localidad cercana a Valparaíso cuando cantaba en el Circo Timoteo. Un año después, el municipio Chanquino creó el Festival de la Canción Mexicana que lleva su nombre y que cada febrero congregaba a unos 200 artistas de todo Chile en una competencia de tres días.

A su manera, el Mariachi Trovador, es uno de los émulos de esta artista. Se dejó fotografiar el 13 de marzo en la feria libre que cada domingo se instala en la ciudad. Como él, abundan los intérpretes aficionados que se ganan la vida en las calles, mercados abiertos y restaurantes de todo Chile, recogiendo las monedas y billetes con que el público les retribuye sus interpretaciones de rancheras y corridos.

Y es que la música mexicana es la favorita en las zonas rurales de este país. Un fenómeno que se inició en las décadas de los años 40 y 50 del siglo pasado, de la mano del auge de la cinematografía azteca. Películas que llenaban los cines barriales, con títulos inspirados en canciones que marcaron época, como Allá en el Rancho Grande, con Jorge Negrete, el más célebre de los charros-actores. La visita de Negrete a Santiago en junio de 1946 se recuerda como un hito cultural y fenómeno masivo de devoción, con una multitud que desbordó la estación Mapocho a la llegada del astro mexicano y lo aplaudió por las calles céntricas en su trayecto en un auto descapotable hasta el hotel Carrera.

Guadalupe, que a la sazón tenía 15 años, no pudo ver a su ídolo. Tal vez ya en aquellos días cantaba en los trenes que unían a todo el país. Más tarde contraería matrimonio con Marcial Campos, del dúo folclórico de los Hermanos Campos, al que se sumó como voz femenina. Pero al poco andar abandonó las cuecas y tonadas chilenas para emprender su propia carrera con la música mexicana.

Sus biógrafos apuntan que tuvo un éxito fulgurante. En 1954 fue reconocida como la cantante más popular del país, por la cantidad de discos vendidos. Sus temas más famosos se corean aún en fiestas y reuniones de amigos: Blanca Flor, El hijo desobediente y sobre todo Juan Charrasqueado, un corrido que retrata al macho seductor del mundo rural: «Juan se llamaba y lo apodaban Charrasqueado/ era valiente y arriesgado en el amor/ a las mujeres más bonitas se llevaba/ de aquellos campos no quedaba ni una flor».

Su nombre artístico fue un homenaje a la virgen de Guadalupe, patrona de México, y a la virgen del Carmen, considerada la patrona de Chile desde la guerra por la independencia de España. Sin embargo, nunca actuó en los escenarios mexicanos. En cambio, sí lo hizo una de sus herederas, María José Quintanilla, cantante precoz surgida de concursos de talentos de la televisión chilena, que, en 2003, a los 13 años, lanzó su primer álbum México lindo y querido, que vendió 150.000 copias. El año 2015 fue invitada a México por Juan Gabriel, a quien acompañó en dos conciertos.

Bastante se ha escrito, incluso a nivel de tesis universitarias y ensayos de historiadores, musicólogos y expertos de cine y televisión, sobre las múltiples razones del arraigo que la música mexicana tiene en Chile.

La música mexicana posee una temática que habla sobre anhelos y experiencias vividas por los sectores populares, sus canciones versan tanto de amor como de desamor, mientras que hay otras que cuentan historias de la tierra en que vive el pueblo mexicano o de los problemas cotidianos por los que atraviesan. La ranchera que surgió en los ranchos mexicanos y que fue difundida masivamente por el cine, fue capaz de provocar en nuestro mundo campesino un sentimiento de identificación entre lo vivido en el rancho y el fundo.

(Laura Silva, 2006. Introducción de su tesis como periodista, titulada: Charros, rancheras y corridos)

Es precisamente esa identificación con lo popular lo que resalta en la «mexicanización» de los gustos musicales en el campo chileno, que comenzó con el cine y la radio y que luego se amplió con las telenovelas, cuando los culebrones aztecas disputaban las pantallas de la televisión con los venezolanos, antes de la irrupción de las series turcas.

La proximidad del huaso chileno al charro mexicano puede explicarse también desde el cine, como un desplazamiento desde las películas de cow-boys estadounidenses, habladas en inglés, a vaqueros que hablan castellano y que además de cabalgar, cortejar mujeres bellas y virtuosas y batirse a duelo, cantan.

Chile, se sabe, tiene una rica historia musical folclórica con cantautoras de excepción, como Violeta Parra y Margot Loyola, para citar solamente a dos de ellas. Pero en la cotidianeidad campesina no se escuchan ni se corean sus canciones, aunque su tradición persiste en cantoras rurales que en las festividades patrias de septiembre cantan sus propias recopilaciones tañendo la guitarra.

Como sea, en círculos intelectuales chilenos suele observarse la música mexicana de los campos como un género menor, referido a las temáticas y a la estética de los charros, con sus rancheras y corridos. No se escuchan en los medios rurales a artistas apreciadas en los medios más «cultos», como Chavela Vargas, Amparo Ochoa y más recientemente Lila Downs.

Desde Guadalupe del Carmen, la asimilación chilena de la música mexicana es un fenómeno masivo que transcurre y se multiplica al margen de los circuitos legitimados por los medios tradicionales. Los innumerables grupos de charros y mariachis, no solo integrados por hombres sino también por mujeres, han dado nacimiento a un mercado paralelo discográfico con volúmenes de ventas que envidiarían artistas consagrados por la televisión.

Un fenómeno popular que genera también sincretismos musicales, en que lo mexicano se puede fundir con ritmos tropicales o aires populares difundidos en Chile como la polca y la guaracha. Así, el grupo Los Indomables ha popularizado la cumbia ranchera, y el trio femenino Reina Isabel interpreta temas en clave de pop ranchero. Esta última agrupación nació inspirada en La reina Isabel cantaba rancheras, la novela ambientada en un prostíbulo que en 1994 lanzó a la fama al escritor Hernán Rivera Letelier.

Los Charros de Lumaco es otro conjunto de gran popularidad. En la última campaña presidencial, el derrotado candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, que tuvo sus mejores votaciones en las regiones rurales más conservadoras, quiso usufructuar de la fama de este grupo e incorporó una de sus canciones a su propaganda televisiva. El grupo protestó, puntualizando su prescindencia en asuntos políticos y su neutralidad como artistas ante la elección.

No obstante, en el acto de cierre de su campaña, Kast volvió a presentar las canciones de Los Charros de Lumaco, interpretadas por dos ex integrantes del grupo, lo cual profundizó el conflicto. El candidato fue acusado de usar «impostores» y amenazado con acciones legales.

En tanto, Chanco alberga la esperanza de que en febrero de 2023 regrese el Festival de la Canción Mexicana Guadalupe del Carmen. Será tal vez el momento de restaurar el mural que en homenaje a la cantante realizó el pintor autodidacta Jorge Salazar Salgado. La obra, pintada en el muro del Estadio Municipal, se desgasta al ritmo de la pandemia, mientras la devoción por Guadalupe se fortalece en su Chanco natal.