Llegar a Berlín es como abrir un libro que nunca termina. Cada vez que vuelvo, descubro una página nueva: una calle, una historia, una memoria que sigue viva en el presente. Para mí, caminar por esta ciudad es un recordatorio de que la historia no se queda atrás, sino que nos acompaña en cada esquina.

Uno de esos lugares que me marcó profundamente fue el terreno donde alguna vez se alzó el Hotel Prinz Albrecht. Hoy no queda nada de la ostentación que lo caracterizó en sus primeros años. Lo que se conserva es el peso de lo que representó: en ese edificio estuvo la sede de la Gestapo, la policía secreta nazi, y también las oficinas de las SS. Desde allí se planificaron torturas, persecuciones y estrategias de exterminio que marcaron para siempre al siglo XX.

Caminar por ese espacio es distinto a cualquier otro lugar de la ciudad. Allí no hay fachadas que embellezcan la memoria, sino ruinas que hablan en silencio. Entre los restos de muros y cimientos, el aire se siente más denso, como si el tiempo se negara a pasar del todo. El aire frío parece cargar con memorias no dichas. Los restos de muros, apenas visibles, evocan lo que alguna vez fue el epicentro de decisiones que transformaron la historia de Europa. Es un lugar que obliga a hacer silencio, a escuchar con respeto el eco de un pasado que todavía resuena.

Hoy, en ese mismo espacio, se levanta la Topografía del Terror. Paneles de vidrio muestran fotografías, documentos y relatos de víctimas y verdugos. Lo que antes estuvo oculto en sótanos oscuros ahora se expone bajo la luz. Es un contraste brutal: un lugar de poder y represión convertido en un museo al aire libre, transparente, abierto a todos.

Caminar por la exposición me pesa. Leo nombres, veo rostros congelados en fotografías, escucho en mi mente las voces que ya no están. El silencio aquí no es vacío: es un silencio cargado de memoria, un silencio que obliga a detenerme y a mirar de frente lo que ocurrió. Berlín no maquilla sus cicatrices. Al contrario, las deja a la vista, como si dijera: “Esto pasó. Que nadie lo olvide. Que no se repita”.

Más adelante llego a la East Side Gallery, donde el muro que dividió a la ciudad se transforma en un lienzo de libertad. Los colores me sacuden. Cada mural cuenta una historia distinta: un beso, un grito, una metáfora de unión. Pienso en lo increíble que resulta que un muro de opresión se haya convertido en una galería al aire libre que celebra la vida. Es como si la ciudad insistiera en recordarme que el dolor puede transformarse en algo distinto, que la separación puede mutar en esperanza.

El Memorial del Holocausto me recibe con un silencio aún más inquietante. Camino entre los bloques de hormigón, que se elevan y se hunden como si quisiera perderme en ellos. Me siento pequeña, vulnerable, desorientada. Y entiendo que esa es la intención: que uno no pase de largo, que el cuerpo recuerde lo que la mente a veces prefiere esquivar.

En contraste, Alexanderplatz vibra con otra energía. Sus tranvías amarillos cruzan la plaza, la torre de televisión se eleva como un faro moderno y el bullicio constante me recuerda que Berlín también es presente, movimiento y vida cotidiana. Allí el pasado parece más lejano, pero aun así, en cada esquina, los relatos de la antigua RDA y la división de la ciudad siguen latiendo. Es como si Alexanderplatz dijera: “Aquí también se escribió historia, pero seguimos avanzando”.

Pocos pasos más adelante, la Puerta de Brandeburgo me recibe con su imponencia. Pienso en cómo fue símbolo de división durante décadas y, al mismo tiempo, escenario de celebraciones cuando cayó el muro. Hoy, turistas de todas partes del mundo caminan bajo sus columnas, y esa imagen me conmueve: lo que alguna vez fue frontera es ahora punto de encuentro. La Puerta, tan majestuosa y solemne, parece recordarnos que la libertad siempre merece ser celebrada.

Y sin embargo, Berlín no es solo cicatriz. En Kreuzberg, la vida estalla de otra manera: grafitis que cubren las paredes enteras, bares diminutos con luces cálidas, aromas de kebab, falafel, pho y curry que se mezclan en las calles. Escucho distintos idiomas, risas, música. La ciudad no se limita a recordar: también se reinventa cada día en su diversidad.

Entonces entiendo que Berlín no busca ocultar su pasado, pero tampoco se queda atrapada en él. Prefiere reconocerlo y, desde ahí, seguir adelante. Esa honestidad brutal me conmueve. Berlín me enseña que las cicatrices —ya sean de una ciudad o de una persona— no desaparecen. Se transforman. Pueden convertirse en memoria, en advertencia, en arte, en fuerza.

Al caminar por Berlín siento que, de alguna forma, también camino dentro de mí. Descubro mis propios muros, mis ruinas internas, las heridas que cargo. Y pienso que, al igual que esta ciudad, también tengo la posibilidad de pintarlas con nuevos colores, de convertirlas en un comienzo distinto.

Quizás esa sea la verdadera lección de Berlín: aceptar la herida, transformarla en memoria y seguir avanzando con la certeza de que siempre es posible renacer.