Chat, ¿qué necesidad tienen las artistas de captar la naturaleza, no de representarla, sino serla?…

… Y esta pregunta que parece y supongo que es una absurdez nos lleva a un devenir de relaciones, como todas habéis tenido alguna vez con Chat.

La primera idea que me plantea es, a qué me refiero cuando una artista necesita captar la naturaleza, no representarla, sino serla. ¿Me refiero a una experiencia corporal y sensorial, fundirse con el paisaje, percibirlo desde dentro o es una cuestión más material y ontológica? ¿Trabajar con la naturaleza como una fuerza viva de la que la artista forma parte? Demasiado.

Realmente no tengo ni idea a qué me refiero cuando le hago esa pregunta. La siento dentro, después de estudiar profundamente a las dos artistas, viene de la poética escondida, y no quiero analizarla de esa forma. Solo sé que cuando me pongo a descubrir los mundos de Ángela Rodríguez y Ânia Pais, hay una línea delgada que las une. Quieren ser paisaje. Querer ser hoja.

Y ese “querer ser” implica en si la imposibilidad del ser, pero me lleva a entender que la motivación es construida por una misma raíz, desear. Porque el deseo de querer ser, no tiene nada que ver con la posibilidad o la imposibilidad, viene a hablar de como queremos ser afectados y afectar a aquello que llamamos mundo natural, en este caso. Un sueño en plena consciencia.

Las dos parten de una relación temprana con el mundo rural, pero, ¿cómo trasladar esa experiencia autentica a la plasticidad? Esa operación de traducción que organiza, transforma, selecciona y abstrae. Lo que aparece en la obra no es la naturaleza en si, sino una forma construida. Pero el hacer artístico tiene una correspondencia entre quien crea y los materiales que participan: la forma emerge de la relación con estos. ¿Y si esa relación la marcara el querer ser?

El tejido, como estructura y extensión del cuerpo, que nos presenta Ânia Pais se convierte en un espacio de experimentación donde el tiempo y la transformación intervienen en la obra. Los materiales no son elementos pasivos a los que la artista impone una forma, sino presencias con las que establece una conversación.

Incorporar elementos naturales podría parecer un intento de regresar a una materia primigenia, de encontrar algo puro frente a un mundo humano percibido como artificial o agotado. Pero la tierra no es inocente ni está al margen de la intervención humana; contiene historias, transformaciones y formas de vida. Como plantea Donna Haraway, naturaleza y cultura no son realidades completamente separadas, sino que se constituyen en relación. Quizá la fuerza de la obra de Ânia no reside, por tanto, en recuperar un mundo salvaje intacto, sino en cuestionar la distancia que hemos establecido respecto a él.

Su deseo de ser paisaje no tiene por qué resolverse en una imposible fusión con lo no humano. Puede hacerse realidad en el propio proceso de creación: en la elección de los materiales, en su transformación, en la presencia de la obra en el espacio y en su exposición al tiempo. El artificio no desaparece, pero se transforma en una manera de escuchar, de atender y de dejarse afectar por aquello que la rodea.

Tal vez crear sea, para Ânia Pais, una forma de arraigarse sin poseer, de habitar sin dominar. No convertirse literalmente en hoja, sino encontrar en el arte una manera de pertenecer a ella.

La ingenuidad que defiende Ángela Rodríguez de su pintura no tiene por qué entenderse como una representación de una naturaleza inocente, sino como una forma de aproximarse a ella. Hay en su trabajo un deseo de recuperar algo de la mirada infantil: una relación directa con las cosas, anterior a la necesidad de explicarlas o dominarlas. En este sentido, la pintura de Ángela parece moverse entre dos posibilidades: la espontaneidad del gesto y el deseo de regresar a una experiencia más libre del mundo.

Ángela defiende en su pintura una forma de estar, de echar raíces como un árbol, de dejarse atravesar por la experiencia y permitir que esta encuentre su propia expresión sobre el lienzo. Esta se convierte así en un espacio donde la narración de la artista y la del propio cuadro se encuentran, donde el gesto puede abrir caminos inesperados y la imaginación no necesita someterse a una única interpretación.

Pero ¿qué significa querer recuperar esa relación primigenia? La naturaleza no es ingenua ni inocente: es también fuerza, dureza, transformación y supervivencia. Quizá el deseo de Ángela no consista en atribuirle una pureza que no posee, sino en buscar una manera de relacionarse con ella sin reducirla a lo conocido. Una forma de aproximación que permita recuperar la curiosidad, la libertad y la capacidad de asombro. Y se traduce en un grito consciente: Quiero ser salvaje.

¿Y si lo que necesitamos no es dejar de desear ser, sino preguntarnos que idea de naturaleza hemos construido para querer desearla? Pero incluso así, no dejemos nunca de desear, querer ser hoja.

(Texto por Vanessa H. Sánchez)