Es posible que veas las noticias diarias, escuches reportes insólitos y presencies, a tu alrededor, situaciones inéditas que parecen de otro mundo o de una realidad que apenas puedes comprender.
En muchos sentidos observamos, percibimos y sentimos que el mundo es cada vez más difícil de comprender. También es más complejo mantener los esquemas o modelos de vida que hemos tenido como ciertos, porque la incertidumbre se extiende a todos los ámbitos: salud, educación, vivienda, política e incluso familia.
Algunos modelos han cambiado, como el de la familia: antes extensa, luego nuclear y ahora monoparental. La comunicación con las redes sociales y la tecnología en la mano han transformado la información; han surgido nuevas figuras —influencers, youtubers y ahora las inteligencias artificiales— que funcionan como referencias para todo tipo de consultas. De la salud, la vivienda y la educación, casi mejor no hablar, porque si no tienes dinero, difícilmente accedes a lo que antes era un derecho, y hasta su calidad depende de lo que puedas pagar.
Todo está cambiando. Hasta el clima y la naturaleza en general anuncian extremos de temperaturas y movimientos que nos ponen a pensar en lo que vendrá, mientras observamos la evidencia de lo que ya estamos viviendo.
¡Y la política! Ay, la política, con personajes que ni en la ficción ni en las caricaturas te podrías imaginar, con prácticas tan evidentes como impresentables, nos hace dudar de aquella democracia que tanto apreciábamos y en la que querías participar. Ahora las opciones son “el menos malo” o “el que más grite”, si es que se decide votar, según el criterio personal.
Todo cambia, como la canción del cantautor chileno Julio Numhauser, compuesta en 1982 y popularizada por la también chilena Mercedes Sosa en aquellos tiempos de dictaduras militares y exilios que parecen cosa del pasado. Es que cambia todo en este mundo.
Como cambia el siglo y con él la realidad. Eso es lo que nos ha pasado: dejamos el siglo XX para entrar en el XXI, que ahora muestra cambios extremos. Entonces vale recordar el tango “Cambalache”, compuesto por Enrique Santos Discépolo en 1934, cuya letra clamaba por el “Siglo veinte, cambalache, problemático y febril”. Un cambalache es un trueque o intercambio, pero también se refiere a desorden, mezcla caótica y confusión, algo parecido a lo que vivimos en estos tiempos.
Y lo que pasa es que estamos transitando hacia otros paradigmas, otros modelos y referentes para entender y vivir el mundo. Los paradigmas son los referentes con los que se explica e interpreta la realidad: las creencias, valores, conceptos y métodos que la sociedad asume como válidos y que, por tanto, guían la forma de actuar, vivir y ser. Según Boaventura de Sousa Santos, la transición paradigmática sucede cuando el paradigma dominante entra en crisis y el emergente todavía no termina de nacer.
Por ejemplo, en la ciencia, el paradigma positivista y newtoniano explicaba el mundo desde la razón moderna y un espacio de tres dimensiones, los ejes x, y, z. Durante siglos la ciencia nos explicó el mundo así, pero hoy nos habla de realidades mucho más complejas. Ahora la teoría de cuerdas habla de diez u once dimensiones y desde algunos abordajes cuánticos se vislumbran otros planos más amplios, que van desde lo subatómico hasta lo cósmico.
Antes lo mínimo era el átomo; ahora son las partículas subatómicas. Lo máximo era el universo; ahora se plantean multiversos.
Y así en muchos ámbitos que explicaban el mundo, como la geopolítica, que ya no se explica solo desde la bipolaridad —comunismo/capitalismo o viceversa—, sino que se vuelve más multipolar. Con la entrada de China, India, la Unión Europea, Rusia, Brasil e Indonesia, se amplió el panorama y las disputas se reflejan en un mundo hecho un tablero, donde las fichas se mueven para definir el reparto de intereses.
La globalización permitió que mover mercancías fuera sencillo, incluido el movimiento de humanos que viajamos y migramos con más rapidez. Pero también cambió la economía global, con un mayor poder de las corporaciones que manejan los mercados con pocos controles: su poder es tan grande que permea las instituciones y los espacios políticos donde se toman las decisiones, y hasta los organismos multilaterales se debilitan ante los recortes de presupuesto y el financiamiento privado orientado por intereses particulares. Así se erosiona la autoridad del sistema, que era referente a nivel nacional e internacional.
Y nada de esto viene acompañado de cambios que actualicen los modelos para actuar ante la nueva realidad. Seguimos anclados en sistemas que no responden a las necesidades contemporáneas, sin que se planteen alternativas, porque no se asume que estamos cambiando de paradigma.
Pero toda transición también abre grietas para hacernos preguntas sobre la forma de habitar el mundo y sobre las decisiones que hemos de tomar para cuidar, ser y pertenecer de otro modo.
Suelo imaginar que estamos viviendo algo similar a lo que debió suceder cuando se pasó del feudalismo al Renacimiento, con sus luces y sus sombras, con cambios profundos en las formas de vida, pero con la diferencia de que ahora deberíamos ser más conscientes de lo que está pasando y de la velocidad con la que se está dando.
Nuestra transición es incierta porque es rápida y no sabemos hacia dónde vamos mientras colapsan los modelos y las estructuras obsoletas. Por ejemplo, podemos transitar hacia una posdemocracia, al autoritarismo algorítmico o algo inédito.
Estamos transitando cambios de paradigma en sentidos amplios: el energético, el tecnológico-digital, el científico, el económico-productivo —con la deslocalización y la ampliación de rutas de comercialización— y el informativo-comunicacional.
Mientras tanto, observamos el colapso expresado en el vacío para las generaciones jóvenes y el asombro de las mayores, con deserción escolar y reducción en las matrículas del sistema educativo formal, el aumento de las protestas y un sentido crítico propio que parece cada vez más delegado a la IA o al algoritmo que marca el ritmo de las redes sociales.
Urge cuidar al ser humano, que es mucho más que un cuerpo mantenido con fármacos, y transformar nuestra relación con la Tierra para sanarla y sanarnos con ella. Ese es un cambio de paradigma urgente que nos invita a sanar el planeta y a recuperar la memoria de lo que hemos sido como humanos conscientes.
Es que hemos perdido tantos referentes que hasta de las raíces nos hemos desconectado. Cuanto más nos conectamos a las pantallas, menos sentido tenemos del entorno que habitamos y al que pertenecemos.
Sin embargo, no todo está perdido, porque en medio del aparente caos muchos volvemos al origen, a la raíz y a la tierra. Es lo simple que alimenta la vida y tranquiliza el alma. Es tiempo de volver al origen de la esencia de ser humanos, de preservar formas de vivir en plenitud, con la calma de la cercanía entre las personas y de estas con la naturaleza.
En los pueblos andinos y amazónicos vive otro paradigma: el Buen Vivir o Sumak Kawsay, que entiende la vida como reciprocidad entre las personas, la comunidad y la Pachamama. Esa es la esencia del ser humano y su conexión con todo lo que le rodea, y una oportunidad para darle sentido a lo que vivimos y participar en el nacimiento de paradigmas más armónicos con la vida y la naturaleza que somos.
Quizás aún no podamos comprender los paradigmas que están naciendo, pero sí podemos elegir dónde ubicarnos: poner los pies en la tierra, dar sentido a la vida y enfocarnos en nuestros propósitos para soltar el vértigo de vivir en una época que es mucho más que un cambalache.















