En mis inicios como guía de caminatas realizaba labores de asistencia, coordinación o solución de dificultades. Ahí tuve clientes que no iban en busca de adrenalina, sino personas que dedicaban su vida a alabar a Dios. Este proceso, dada mi poca religiosidad, significó un cambio de mentalidad, ya que contaba con muy poca estima hacia ellos. Creo que este prejuicio se había agravado tras la inesperada visión de un cura atragantándose después de predicar el ayuno un Viernes Santo, fallando de esa manera en su rol de guía espiritual.
Un sacerdote católico italoamericano llegó al Cusco junto a un grupo de excursionistas para realizar una travesía de cuatro días hacia Machu Picchu. No vestía como sacerdote cuando lo conocí y nadie en la agencia de ventas informó sobre este peculiar detalle. Cuando el grupo se reunió, él tampoco se identificó como tal.
Aunque ya transcurrió algún tiempo, tengo en la memoria a una persona amable, circunspecta y de buena apariencia, aunque no recuerdo su nombre. El equipo estaba conformado por una docena de caminantes de los Estados Unidos: tres parejas judías y un grupo variopinto de hombres y mujeres de diversas profesiones. Mientras el tour conductor me instruía, verlo desempeñarse ya era parte del aprendizaje. En esta etapa de mi vida, solo quería agradar y aprender.
La caminata se inició sin eventos que influyeran de modo negativo; fluía la armonía entre ellos. El cura tuvo que presentar sus credenciales divinas cuando una de las mujeres comenzó a mostrar atracción por él. No supe si el plan original era permanecer en el anonimato ni el motivo para ocultarlo, pero durante la cena nos informó sobre su desempeño en el sacerdocio.
La tarde del segundo campamento, después de un día largo, el cura me pidió apoyo para celebrar una pequeña ceremonia, ya que habían transcurrido diez años desde su ordenación sacerdotal. «Seguro que sí, padre», le contesté, y procedí a conseguir lo necesario para celebrar, colaborando con lo que hallé a mi alcance. Nos encontrábamos en el Camino Inca cuando este aún no se había convertido en la caminata más famosa de Sudamérica: un campamento conveniente, pero de poco espacio, rodeado de árboles nativos y vistas espectaculares. No tuve otra alternativa que colocar el altar cerca de donde descansaban los clientes: una mesa plegable y vino, ya que el resto de la parafernalia viajaba con él.
Para que el cura se sintiera contento, induje a los porteadores a participar. Ellos son gente de campo que realiza labores de apoyo para trasladar el equipo y, en su gran mayoría, viven su sincretismo religioso mediante la práctica de ofrendas a la Pachamama y a los Apus (montañas protectoras), junto a los preceptos de la Iglesia Católica. Obviamente, ni los clientes judíos ni los jóvenes profesionales participaron.
En plena ceremonia, a corta distancia, una pareja se mostraba eufórica dentro de su carpa; al parecer, el intenso ejercicio físico había liberado las hormonas del placer. Poco después del almuerzo, la pareja hacía el amor en una carpa aledaña y, desconociendo que se celebraba una ceremonia religiosa, emitía quejidos de placer. Era una escena surrealista, como en una película de Almodóvar. Coincidiendo en los momentos cúlmine, el cura terminó la ceremonia, la pareja alcanzó el clímax y los porteadores comenzaron a aplaudir, causando el desconcierto de los participantes. El padre se hizo el sordo y yo no mencioné una sola palabra.
Años después, en otra caminata, coincidí con un sacerdote distinto, esta vez de nacionalidad australiana, aunque el común denominador seguía siendo el Camino Inca y el sacerdocio católico. Me presenté con el grupo un día después de su llegada al Cusco. Conversamos brevemente antes de embarcarnos en un autobús rumbo al Valle Sagrado. En aquel entonces, yo ya combinaba experiencia y madurez. Eran días de intensa actividad turística y solo contaba con tiempo para cambiarme de camiseta y comenzar de nuevo.
El tema de conversación fue el control de natalidad en países del tercer mundo. Me fui al ataque dando mi opinión, culpando a la Iglesia y a los sacerdotes católicos, y responsabilizándolos por oponerse al uso de preservativos y pastillas anticonceptivas para evitar embarazos no deseados. Tanta era mi vehemencia al argumentar mi punto de vista que alguien me interrumpió para decirme: «¿Sabes tú, José, que en nuestro grupo hay un padre?».
No había hecho mi tarea y desconocía este pequeño gran detalle. Inmediatamente me di cuenta del error y traté de corregirlo. Pensé que había estado muy agresivo y que el cura debía de estar molesto conmigo, por lo que preparé las disculpas del caso. Para mi sorpresa, él se acercó antes para decirme: «Estoy de acuerdo contigo, pero esto no se lo puedo decir a mi obispo, tú entiendes; pero quiero que sepas que tienes toda la razón». Me quedé sin palabras. Hizo una misa en el mejor campamento de todos, Phuyupatamarca —la ciudad sobre las nubes—, y volví a convocar a los porteadores. Pidió una botella de vino y la bebió durante la ceremonia sin compartir.
He tenido clientes hindúes que creen en la reencarnación y el karma, así como musulmanes, árabes, budistas, animistas y ateos. A todos esos grupos dispares siempre les dije: conversemos de todo, menos de religión y política; especialmente si se trata de un líder religioso indicando por quién votar en las elecciones o de un político dándose golpes en el pecho.















