El minilateralismo se puede definir como una opción diplomática donde pequeñas coaliciones específicas de naciones —grupos reducidos de estados— con "algunas ideas afines, pero sobre todo intereses comunes", colaboran para alcanzar objetivos específicos y accionables, sin la necesidad de acuerdos previos o posteriores en valores compartidos, que se movilizan solo —pero esto ya es mucho— para lograr resultados determinados.
Al reducir la participación, estos grupos evitan el bloqueo burocrático de las organizaciones tradicionales basadas en el consenso o las grandes mayorías “parlamentarias” para tomar decisiones rápidas e impactantes.
En el ámbito de la paz y la seguridad, ejemplos notables del mundo real actual del minilateralismo incluyen:
El Quad (Diálogo de Seguridad Cuadrilateral): un foro estratégico informal entre Estados Unidos, India, Japón y Australia centrado en mantener un Indo-Pacífico libre, abierto y basado en normas.
AUKUS: un pacto de seguridad trilateral entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos diseñado para mejorar las capacidades conjuntas y compartir tecnologías de defensa avanzadas en la región Asia-Pacífico.
I2U2: una iniciativa económica ad hoc lanzada por India, Israel, Emiratos Árabes Unidos y EUA para promover inversiones conjuntas en tecnologías de agua, energía, espacio y transporte.
Mangrove Alliance for Climate: Una asociación minilateral centrada en el clima lanzada por Emiratos Árabes Unidos, Indonesia y varios otros países para acelerar la preservación y rehabilitación global de los ecosistemas de manglares.
Los Acuerdos de Defensa de las Cinco Potencias (FPDA): un marco de seguridad regional de larga duración formado por Australia, Malasia, Nueva Zelanda, Singapur y el Reino Unido, comprometido con la cooperación de defensa tradicional y los ejercicios militares.
Para más información sobre cómo estas coaliciones se adaptan a situaciones geopolíticas específicas y/o necesidades, consulte el blog detallado de Diplo sobre el minilateralismo o el análisis del Washington Institute sobre el minilateralismo.
El sistema internacional atraviesa una transformación silenciosa pero profunda. Como hemos dicho, en un contexto marcado por múltiples crisis, conflictos regionales y una creciente desconfianza hacia los organismos tradicionales, el “minilateralismo” se entiende como la cooperación entre un reducido número de Estados con intereses convergentes y acciones compartidas, sin necesidad de valores comunes, y emerge como una alternativa pragmática frente al multilateralismo estancado.
Esta nueva dinámica reconfigura las bases de la cooperación internacional y amenaza con destruir los marcos institucionales que han sostenido la arquitectura global desde la posguerra.
Lejos de ser una simple anomalía táctica, el minilateralismo se está consolidando como práctica estructural. Su lógica se aparta de la búsqueda de amplios consensos que caracterizan a los organismos como la OTAN o la Unión Europea, privilegiando la acción rápida, focalizada y funcional. En espacios donde la toma de decisiones ha acabado llevando a la ineficacia, las coaliciones ad hoc como el Quad o el AUKUS han empezado a llenar huecos, especialmente en escenarios de seguridad regional como el Indo-Pacífico.
Una amenaza estructural para la OTAN y la unidad transatlántica, como otro ejemplo
El avance del minilateralismo supone un desafío directo a los principios fundacionales de la OTAN, especialmente a la defensa colectiva. Mientras el artículo 5 de la Alianza consagra que un ataque contra uno es un ataque contra todos, los pactos minilaterales permiten a ciertos Estados actuar de forma más selectiva, adaptándose a amenazas específicas que la OTAN no está en condiciones de abordar.
En consecuencia, surge el riesgo de una “OTAN de dos velocidades”, en la que algunos países priorizan pactos externos por encima de los compromisos colectivos.
Esta fragmentación potencial genera ya inquietud dentro de la Alianza. A medida que los Estados miembros buscan asociaciones paralelas, crece el temor a que la solidaridad fundacional se diluya. Si estas coaliciones minilaterales se vuelven más funcionales y atractivas que las estructuras formales, la legitimidad y la cohesión interna de la OTAN podrían deteriorarse rápidamente, dejando el bloque en una posición vulnerable frente a las amenazas globales.
Europa frente al dilema de la defensa común
La Unión Europea tampoco escapa a esa lógica centrífuga. Aunque haya impulsado herramientas como la Política Común de Seguridad y Defensa, su respuesta frente a una crisis internacional ha sido siempre heterogénea y usualmente débil.
La aparición de proyectos como la Coalición de los Dispuestos, integrada por un grupo selecto de países liderados por Francia, Alemania y Reino Unido, refleja el giro hacia acuerdos minilaterales que operarán fuera de la institucionalización comunitaria.
Esto plantea un dilema estratégico para Bruselas. Por un lado, permite avanzar en la integración militar sin esperar al consenso de los 27; por otro, margina a los Estados menos influyentes y debilita la capacidad de la UE para actuar de forma unificada en el plano global.
La fragmentación no sólo genera asimetrías dentro del bloque, sino que compromete su proyección como actor geopolítico coherente y legítimo.
El debilitamiento del andamio normativa multilateral
Más allá del terreno militar, el minilateralismo erosiona uno de los pilares centrales del orden internacional: la primacía de las normas colectivas.
Organismos como la OTAN o la UE descansan sobre la toma de decisiones conjunta, la inclusión y el reparto equitativo de responsabilidades.
Las coaliciones reducidas, por el contrario, favorecen intereses particulares y respuestas rápidas, incluso si esto implica no clasificar los marcos normativos existentes.
Esta deriva puede generar incentivos para el unilateralismo o estrategias confrontativas que ignoran los principios del derecho internacional. En un escenario donde la gobernanza global se vuelve más transaccional y menos institucional, se pierde la lógica de los bienes públicos compartidos. El riesgo no es sólo institucional, sino también normativo: se debilita el sentido de la comunidad internacional que sustenta la cooperación pacífica.
Una coexistencia inevitable pero difícil
Reconocer al minilateralismo como una realidad emergente no implica celebrarlo sin reservas. Su ascenso es, en parte, resultado de la parálisis de los grandes organismos multilaterales. Sin embargo, su institucionalización puede socavar precisamente todo aquello que permitió décadas de estabilidad: la construcción de reglas comunes, mecanismos inclusivos y el principio de responsabilidad compartida.
La clave estará en articular ambos enfoques. La OTAN y la UE no pueden ignorar el fenómeno, pero tampoco deben permitir que se consolide.
La Conferencia de Santa Marta como un ejemplo de minilateralismo en el ámbito tan preocupante y complejo del cambio climático
Lo que por lo general ha sido considerada como la conferencia más exitosa de este 2026 sobre el camino hacia la desaparición del uso de los combustibles fósiles, responde, de hecho, a un planteamiento minilateralista.
Que, además, tiene probablemente como efecto colateral bien indeseable que, entonces, en el interior de la UNFCCC se dispersen grupos históricamente consolidados como actores primordiales de las negociaciones multilaterales, y nazcan subgrupos minilaterales. La India y los países árabes han tomado un peso que no era esperable recientemente, como defensores, de hecho, de la supervivencia de los combustibles fósiles, entrando en plena contradicción manifiesta con algunas de las bases más evidentes de la lucha contra el cambio climático.















