En este mundo paradójico y banal, donde el poder, la riqueza y la tecnología se concentran a escalas sin precedentes, los dos últimos Papas expresan el pensamiento y las penurias de la periferia.
La Magnífica Humanitas nace de esa conciencia. León XIV lo dice con la fuerza de una imagen bíblica: nos enfrentamos a la elección entre la torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén. La primera fue producto de la voluntad humana de hombres que querían ser dioses. La segunda fue el cumplimiento de un mandato divino de edificar el Templo del Dios del monoteísmo. El momento del discernimiento es ahora, porque —como advierte el documento— “nunca la humanidad ha tenido tanto poder sobre sí misma”.
La doctrina de León XIV nos entrega una Encíclica en desarrollo, viene a rebatir el Manifiesto de Palantir, la fundación de Peter Thiel, el sacerdote de la religión de Silicon Valley, quien afirma que la regulación y toda intervención del Estado encarna el Anticristo de este tiempo. Por tanto, la Encíclica no levanta su voz contra el totalitarismo de los estados, sino ante el endiosamiento y dominación de consorcios privados, advirtiéndonos que la Inteligencia Artificial (IA) no es neutra y carece de conciencia moral.
Es que la IA ya no es solo un instrumento, sino un ecosistema que impregna la vida cotidiana, condiciona el pensamiento, moldea el deseo y pone en tela de juicio lo humano mismo. Se necesita una inteligencia que no banalice la fe en códigos éticos para emprendedores, sino que sepa interrogar el sentido de la vida en una era gobernada por los datos y el algoritmo.
León XIV se pronuncia porque la cuestión tecnológica es, en el fondo, una cuestión espiritual. No se trata solo de evaluar lo que la tecnología “le hace” al hombre, sino “lo que hace del hombre”: cómo modifica nuestra forma de percibir la realidad, de relacionarnos, incluso de pensar. En una época como la nuestra, la verdadera cuestión no es si la IA podrá llegar a ser humana, sino si la inteligencia humana podrá seguir siendo humana. Esta es la pregunta que interpela a la antropología, la filosofía y la teología.
El contenido de Magnífica Humanitas es amplio y profundo: ofrecer un marco de principios morales —dignidad, bien común, destino universal de los bienes, subsidiaridad, solidaridad, justicia social— que no sea una lista moral artificial, sino una gramática para interpretar la transformación en curso. “El límite virtuoso”, declarado con honestidad por el propio documento, que no ofrece una “palabra definitiva sobre cuestiones específicas”, sino criterios de discernimiento. Es la diferencia entre quien pretende dar respuestas prefabricadas y quien acompaña un proceso de alcance universal.
Los principios de la nueva doctrina sobre lo digital
Los más relevantes son cinco:
1) La IA no es moralmente neutra, cada artefacto técnico conlleva elecciones y prioridades (n° 104). La subsidiaridad se reinterpreta para el mundo digital, donde “el nivel superior” ya no es el Estado sino las grandes plataformas tecnológicas que fijan las condiciones, las condiciones para el acceso a la vida pública. (n° 71).
2) Los datos se reconocen como parte del destino universal de los bienes —las patentes, los algoritmos y las infraestructuras digitales—, son bienes que no pueden permanecer concentrados en manos de unos pocos. (n° 67).
3) El documento introduce el concepto de “desarmar la IA”, sustrayéndola de la lógica de la competencia armada, que hoy no es solo militar sino también económica y cognitiva (n° 110).
4) El colonialismo digital se identifica como la nueva forma de extracción —ya no de recursos naturales, sino de datos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos—. “Estas son las nuevas tierras raras del poder” (n° 178).
Como se puede apreciar, la Encíclica de León XIV se inscribe en una visión global de la Doctrina Social, la vincula a la cuestión de la guerra, las armas autónomas, el trabajo, la educación y las nuevas formas de colonialismo y esclavitud. Sobre todo, introduce una cuestión fundamental: la crítica a la concentración del poder en manos de actores privados transnacionales (n° 95). La Encíclica es más política, más geopolítica, más conflictiva y molesta que todas las que la precedieron.
Si bien la Iglesia nunca ha sido ajena a la cuestión tecnológica, veía como cosas admirables las tecnologías de la comunicación que tocan el espíritu del hombre. Pablo VI en 1964 pronunció palabras extraordinarias sobre cómo “el cerebro mecánico viene en ayuda del cerebro espiritual”. El temor de nuestros días es que, con la IA, ocurra exactamente lo contrario: que se infunda en el cerebro espiritual el reflejo de los instrumentos mecánicos, es decir, que la materia automatizada y controlada digitalmente deshumanice al hombre, lo convierta en objeto de manipulación y mutile su espiritualidad. Esta es la primera Encíclica que identifica a la transformación digital desde las propias categorías de la Doctrina Social y exige un mayor desarrollo, abarcativo y global, de esta última. (n° 17)
Los elementos más concretos de la Encíclica
El Documento no se limita a los principios. Los pasajes más concretos son seis.
1) Sobre el trabajo: denuncia que la IA puede descalificar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a funciones rígidas y repetitivas. Luego de advertir el peligro de un desempleo masivo, la petición de que toda introducción de nuevas tecnologías vaya acompañada de medidas verificables de protección del empleo y recualificación (n° 150-156).
2) Respecto a la Educación: la propuesta de educarnos para “ayunar de la IA” y proteger a los jóvenes de la “sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano” (n° 140).
3) Sobre los menores: la petición de intervenciones legislativas que establezcan límites de edad para acceder a los dispositivos digitales y responsabilicen a los proveedores de esos servicios (n° 42).
4) Respecto de las finanzas: la denuncia de que la renta del capital tiende no solo a superar, sino a sustituir los ingresos del trabajo (n° 160).
5) Sobre las armas: el principio de que la decisión letal no puede delegarse en procesos automatizados, y que debe permanecer bajo control humano.
6) Respecto de la esclavitud: la denuncia del trabajo invisible de millones de personas en —etiquetados de datos, moderación de contenidos, extracción de tierras raras— y el pedido de perdón de la Iglesia por el retraso histórico a la hora de condenar la esclavitud.
Crítica al Transhumanismo, al Poshumanismo y el Ecumenismo del Odio
Muchos de los gigantes tecnológicos creen que el desarrollo de la IA ha desencadenado una carrera hacia una forma de inteligencia que podría sustituir a Dios. La Magnífica Humanitas aborda esta cuestión de frente con su crítica al Transhumanismo y Poshumanismo —lo que el documento denomina “un archipiélago de islas conceptuales unidas por el mismo mar de supuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana” (n° 116). El desarrollo tecnológico expresa una forma de deseo de “trascendencia” con respecto a la condición humana tal y como vive actualmente. La tecnología tiene una vocación espiritual, pero la pregunta es: ¿Cuál?
La Doctrina Social no es la competidora de OpenIA. Sin embargo, es quizás su interlocutora más radical. Porque le plantea la pregunta que ningún laboratorio puede eludir; lo verdaderamente “más que humano” no reside en la técnica, sino en la gracia. Como dice la Encíclica, “hay una distancia infinita”, entre nuestra naturaleza y la vida de Divina, y solo el Infinito que Dios dona, a través de la gracia, puede superar esta desproporción. (n° 127). Frente a la salvación prometeica de los aceleracionistas, León XIV propone una plenitud que no se conquista, sino que se recibe. No es un mensaje tranquilizador: es un mensaje subversivo respecto de la metafísica implícita de Silicon Valley.
La Encíclica no menciona a Donald Trump, pero la referencia es evidente en varios pasajes donde se denuncia “la cultura del poder” que se alimenta de “polarizaciones y violencias” (n° 188); cuando habla del “falso realismo” que presenta la guerra como inevitable (n° 205); cuando critica la “normalización de la guerra” y el rearme como respuesta a toda crisis (n° 189-190); cuando desmonta la lógica del “yo primero” y de la construcción de la identidad colectiva contra un enemigo —el lector reconoce sin dificultad la realpolitik trumpeana—. Pero hay un pasaje aún más incisivo, en el n° 133: la denuncia de quienes disponen de “poderosos recursos técnicos y económicos” y los utilizan para “convencer a un número significativo de personas de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, incluso sobre Dios”. El texto lo denomina: “puro poder desprovisto de verdad”.
Las nuevas formas colonialismo, esclavitud y el ecumenismo del odio
Tal vez la idea más dura aparece cuando León XIV vincula la revolución digital con formas renovadas de esclavitud y colonialismo. No habla solamente de la adicción a las pantallas que sería la versión dominguera del problema. Habla de cadenas de extracción: minerales, trabajo oculto, cuerpos explotados y, sobre todo, datos. La encíclica sostiene que el colonialismo no ha desaparecido, simplemente se ha refinado. Ya no se limita a conquistar territorios o disciplinar poblaciones a la vieja usanza, sino que se apropia de información sanitaria, genética, epidemiológica y demográfica de regiones vulnerables para alimentar modelos predictivos, orientar inversiones y decidir quién cuenta y quién sobra. El imperio de la IA, al parecer, también sabe programar.
Otra línea de ruptura se da en el terreno militar. Frente a la tentación de delegar en sistemas de armas autónomas decisiones letales, el texto fija una barrera moral nítida. No todo lo que puede automatizarse debe automatizarse y, desde luego, la decisión de matar. En un momento en que buena parte del lenguaje estratégico se dedica a envolver la deshumanización bélica en tecnicismos pulcros, la encíclica introduce una objeción elemental y, por eso mismo, incómoda: una máquina no puede asumir responsabilidad moral, aunque el power point del contratista diga lo contrario.
Por último, el nuevo ecumenismo es un invento de Steve Bannon, quien ha firmado con personalidades del mundo evangélico y el integrismo católico una carta que pretende legitimar políticamente a la IA a través de un populismo nacionalista. Eso ha dado lugar al “Ecumenismo del Odio” que se nutre de la simplificación maniquea: amigo-enemigo, nosotros-ustedes, bien y mal absolutos, que encuentran en la IA un multiplicador perfecto: algoritmos que premian el enfrentamiento, plataformas que amplían la polarización, deepfakes que disuelven la distinción entre lo verdadero y lo falso y nos llevan a la era de la posverdad.
La Encíclica advierte que “la guerra no solo se libra, sino que se prepara culturalmente a través de narrativas simplificadoras, desinformación y miedo (n° 192)”. Y describe el surgimiento de “extremismos religiosos y fanatismos identitarios” que se alían con un “economicismo irracional” (n° 206). Si el ecumenismo del odio encuentra en la IA una infraestructura técnica para expandirse a escala global, el riesgo es una forma de fundamentalismo algorítmico, en la que el odio ya no necesita predicadores, porque está automatizado. En esto la Encíclica toma una respuesta en la contracultura del encuentro, sostenida por una ecología de la comunicación (n° 137) y por una alianza educativa (139-147).
Como se puede apreciar, Magnífica Humanitas no está en guerra con la tecnología, sino contra el intento de usarla para dominar, mientras se argumenta que todo es por nuestro bien.
Por eso esta Encíclica resulta más incómoda de lo que parece a primera vista. No se limita a bendecir la prudencia, sino que cuestiona la arquitectura moral del presente digital: ¿Quién concentra el poder?; ¿Quién fabrica la verdad?; ¿Qué pasa con el trabajo humano?; ¿Qué se sacrifica en nombre de la eficiencia? y ¿Qué clase de civilización está naciendo, cuando se normaliza que los poderosos administren datos, conciencias y vidas como si fueran simples recursos?
En una era enamorada de la máquina, León XIV ha optado por un gesto poco frecuente: desconfiar de quienes la venden como el instrumento redentor de la humanidad.















