El entrelazamiento cuántico, detectado por primera vez de forma empírica en el siglo XX, representa una de las manifestaciones más desconcertantes y fundamentales de la mecánica cuántica. Estudios recientes han confirmado que los efectos de este fenómeno pueden propagarse, o al menos correlacionarse, a velocidades superiores a la luz, aunque no se transfiere información clásica en dicho proceso, lo cual preserva la causalidad relativista. Se ha medido que las correlaciones no locales pueden manifestarse aparentemente a velocidades del orden de 3 millones de kilómetros por hora, sin implicar un canal físico entre las partículas involucradas. Esta velocidad no debe interpretarse como un tránsito clásico, sino como una sincronía instantánea de estados cuánticos entre sistemas separados espacialmente. De ahí que la percepción de una “velocidad de conexión” sea ilusoria, pues lo que realmente ocurre es una actualización simultánea del estado cuántico global.

Esta peculiaridad no implica necesariamente una transferencia energética o de materia. En realidad, el entrelazamiento cuántico da cuenta de un sistema compuesto cuyo estado total no puede ser descrito como la suma de sus partes individuales. En experimentos como los realizados en el Instituto Max Planck de Óptica Cuántica, se ha demostrado que dos partículas pueden compartir un estado cuántico entrelazado incluso cuando se encuentran separadas por kilómetros de distancia, sin violar los principios de la relatividad. En este sentido, hablar de teletransportación no se refiere al traslado físico de una entidad de un punto A a un punto B, sino al traslado del estado cuántico de una partícula hacia otra mediante canales clásicos y cuánticos combinados. Es más adecuado hablar de "reconstrucción remota del estado cuántico", donde la identidad cuántica original desaparece del primer objeto y reaparece en el segundo.

Desde un enfoque conceptual, podemos considerar que para que una teletransportación cuántica ocurra, debe existir una conexión previa —no necesariamente física— entre los puntos de origen y destino. Este vínculo puede considerarse análogo a la noción de un portal, que solo puede activarse cuando dos extremos del sistema están preestablecidos y mutuamente coherentes. En el entrelazamiento cuántico, esta coherencia se define por la indistinguibilidad de los estados cuánticos individuales en relación con el sistema total. Si bien no existe un “camino” físico como tal, la interacción no local sugiere que la estructura misma del espacio-tiempo podría estar más intrínsecamente conectada de lo que la geometría euclidiana nos permite imaginar. Algunos teóricos, como Carlo Rovelli o Sabine Hossenfelder, han sugerido que esta conectividad cuántica podría relacionarse con la emergente gravedad cuántica o la holografía del espacio-tiempo.

Una de las grandes confusiones al abordar este fenómeno es asumir que debe existir una trayectoria trazable entre los puntos de emisión y recepción del efecto. Esto se debe a la costumbre epistemológica de pensar en términos newtonianos o relativistas clásicos, donde todo desplazamiento implica un tránsito. Pero en el mundo cuántico, no todo cambio implica movimiento. La teletransportación cuántica, validada experimentalmente por Anton Zeilinger y su equipo en múltiples ensayos desde 1997, no requiere el traslado de una partícula a través del espacio, sino que se basa en el colapso del estado compartido tras una medición conjunta. El receptor no obtiene ninguna información útil sin una clave clásica, lo cual resguarda la causalidad. Aun así, el proceso de “desaparición-aparición” del estado cuántico puede parecer una ilusión de movimiento, aunque en realidad se trata de una reconfiguración del sistema total.

Muchos tienden a interpretar estos sucesos bajo la óptica de los medios clásicos de transmisión, como cables o redes, olvidando que en la mecánica cuántica las relaciones de causalidad no dependen necesariamente de una infraestructura física. El hecho de que una partícula desaparezca de un sistema y su estado aparezca en otro no implica la creación de un canal tangible o visible. La naturaleza del entrelazamiento sugiere que el espacio en el que ocurre este proceso no es el espacio convencional tridimensional, sino uno abstracto, de tipo Hilbert, donde las dimensiones son probabilísticas. En consecuencia, imaginar un cable entre partículas es una extrapolación ingenua del modelo clásico que no se aplica a sistemas cuánticos. Lo que puede parecer un “camino” es en realidad una construcción mental limitada por la percepción sensorial humana y sus marcos teóricos preexistentes.

Esta percepción, condicionada por nuestras experiencias sensoriales y cognitivas, nos lleva a intentar forzar explicaciones que se ajusten a nuestras intuiciones físicas. Pero el universo cuántico exige un marco de pensamiento más flexible. Por ejemplo, si una persona fuese capaz de teletransportarse, no significaría que su cuerpo haya viajado por un túnel o haya dejado un rastro físico, o que si causó reacciones universales, el universo sea de cuerdas. Solo desconectó de un lugar y apareció en otro.

Es importante entonces mantener una mente abierta a nuevos conceptos que no se ajustan a los patrones clásicos. En este contexto, hablar de cables es como tratar de conocer la identidad de una persona diseccionando una cebolla: lo que se revela son capas, no el ser. Es entendible que muchas personas crean esto pues vivir en una simulación donde te das cuenta de que es una simulación pues el mundo no puede subsistir siendo fraccionado en lo que le representa las 24 horas del día y los 7 días de la semana desde tres colores. No, no es cierto si lo que vivimos es el 4 por ciento del infinito de algo, vivimos en una simulación. Del mismo modo, conocer una persona no implica dividirla en partes, sino dejar que se exprese en su totalidad. Así, conocer un fenómeno cuántico requiere permitir que se despliegue sin imponerle un marco preconcebido. Esta actitud científica ha sido promovida por físicos como David Deutsch, quien argumenta que solo un enfoque epistemológicamente libre permitirá descubrir nuevas realidades, incluso aquellas que contradigan la experiencia sensible directa.

Cuando afirmamos que vivimos dentro de una simulación o que nuestra percepción del universo está limitada por nuestra evolución cognitiva, nos referimos a la imposibilidad de acceder a la totalidad del espectro de fenómenos existentes. Nuestra visión está limitada a un rango de frecuencias electromagnéticas estrecho, y nuestros modelos mentales, por muy desarrollados que estén, son apenas representaciones de lo real, no lo real en sí mismo, pues las cosas no son el sumo de características, son entes únicos que no pueden ser tratados por partes. Ver tres colores no significa que existan solo tres. Del mismo modo, entender el entrelazamiento como una reacción visible no significa que se agote en sus efectos observables. La verdadera naturaleza del entrelazamiento podría ser un fenómeno fundamental que opera más allá del tiempo lineal y del espacio tridimensional.

Cuando se afirma que todo lo que observamos es solo un efecto en un sistema desordenado o simulado, corremos el riesgo de descartar realidades profundas. Pero negar la existencia de un fenómeno por su complejidad o carácter paradójico es anticientífico. Lo que la teletransportación cuántica nos enseña es que hay fenómenos que no se pueden estudiar desde la lógica del recorrido. Si algo desaparece aquí y aparece allá, debemos investigar el sistema global de correlaciones que lo permitió, no solo lo que ocurre en el espacio intermedio. Por eso, en lugar de preguntar “¿cuál fue el camino?”, la pregunta adecuada es “¿cuál fue la coherencia del sistema que hizo posible el evento?”.

Para realizar un acto de teletransportación, aunque sea hipotético, es imprescindible establecer una conexión coherente con el destino. Esto se asemeja más a una sintonía vibracional entre sistemas que a una ruta trazada. Si solo reconocemos el 4 por ciento del potencial en un ámbito físico y metafísico del oro, quizá podríamos usar oro para teletransportarnos a este universo vacío. Desde la óptica de la teoría de la información cuántica, esta conexión se describe mediante la fidelidad de la transferencia del estado. Se han propuesto incluso criterios para determinar la “permeabilidad cuántica” entre nodos, evaluando parámetros como la entropía de entrelazamiento o la entanglement swapping.

Lo que define que algo ocurra no es la fuerza del deseo o el poder per se, sino la coherencia del sistema cuántico que lo posibilita. Sin esa armonía estructural, cualquier intento de interacción conduce al desorden, es decir, a ruido cuántico, es importante avanzar el campo cuántico al momento de hablar de sistemas amplios y astrales pues todas las entidades a este nivel funcionan sin viscosidad asi es como nuestro conocimiento siempre nos refresca la mente reflexionando en que quizá si las cosas se complican es porque no deben estar funcionando bien.

En este marco, podríamos pensar que para lograr la teletransportación primero se deben transmitir datos fundamentales del destino, como sus coordenadas cuánticas. A medida que se fortalece la conexión, podrían transmitirse características más complejas, como patrones sensoriales, olores o sabores, análogos a la forma en que ciertas frecuencias neuronales activan recuerdos o experiencias. En este contexto, el universo actúa como un conjunto resonante donde la afinidad entre sistemas permite la transmisión de estados sin tránsito espacial.

Entonces esto es una enseñanza de la naturaleza y te va a decir para poder teletransportarte para acá, si es algo que quieres en realidad hacer, deberás conocer un poco el lugar de destino. Deberás saber datos que es lo primero que se transmite. ¿Cuál es el lugar de destino, su coordenada, etcétera? Y ya luego si en verdad tienes una conexión con este lugar, pues eso irá creciendo y teniendo opciones como transmitir un sabor o un olor, pues científicos han encontrado formas de transmitir olores en noviembre de 2024.

Conecta, crece tu sinergia, quizá encuentres transmitir un olor y así investiga con tu sexto sentido (lo que percibes que no está en el 4 por ciento de lo que ves). No puede ocurrir y no lo harán nunca sólo por hacerlo, eso al no incluir un porqué implicará desorden y el mundo por más infinito que sea nunca no está hecho a base de agentes contaminantes. Nunca se podrá decir que Apple puso un teletransportador y cuesta 30 millones. Tú no te puedes teletransportar si tú no tienes una sinergia real con ese lugar, ni lo hará nada, ¿ok? A este punto ya el dinero no importa. Es algo que cruza las barreras y que es tan natural e importante, que pasa todo el tiempo y que sólo puede ocurrir bien.

Entonces, esta carga energética invisible, digamos que nos va a teletransportar al mundo real y para hacerlo tenemos simplemente que crecer nuestra conexión hasta que hayamos podido identificar ese lugar y poco a poco, entonces, una vez lo hayamos visto, quizás ir desarrollando nuestro vínculo para así dejar el lugar del inicio y continuar en el lugar de destino.

En realidad, una energía es una especie de ente o una especie de campo que es producto natural de reacciones y cosas que hay en un lugar. Es como un resultado de estar allí y todo este proceso está manejado por algo así. Entonces, en el momento en el que tú simplemente decides desconectar de un lado, pues ya ha habido una conexión en la que tú puedes confiar a un nivel de complejidad y de realismo tan puro que es suficiente para que hayas llegado a tu destino, irás. No vamos a poder hacerlo con dinero, no vamos a poder hacerlo con una carga positiva y otra negativa, no vamos a poder hacerlo solo por hacerlo. La teletransportacion es un sistema mágico, desde siempre la magia se ha basado en energía, los efectos especiales de las películas son siempre desde tipos de energía, la magia mala en realidad no existe pues lo malo no estructura, solo es un saco de mentiras; entonces todo se trata de desconectar de un sitio cuando tu conexión te llama más para estar en el destino que para estar en el origen, y asi ha debido ser.