Hace unos meses tomé un curso que cambió mi forma de mirarme: el Mandala de Vida. Se trata de un taller de tejido consciente compuesto por tres sesiones, en las que vas construyendo tu mandala tejiendo una vuelta por cada año de vida —en mi caso, 43. Antes de comenzar, debes ponerle una intención a ese tejido y dejarte llevar por las puntadas, siempre en conciencia: atenta a lo que va llegando, a cómo estás tejiendo, a lo que sientes. Suena sencillo. Pero lo que encontré al otro lado de ese hilo fue mucho más profundo de lo que imaginé.

Lo que más me sorprendió fue descubrir cuánto puede revelar un hilo.

El tejido habla

Tejí con facilidad el primer anillo mágico de nueve puntos y avancé sin tropiezos vuelta tras vuelta, hasta que llegué a la número cinco. Algo cambió: el tejido se sintió diferente, más denso, como si la lana se resistiera entre mis dedos. No era un problema técnico; era algo que venía de adentro. Lo mismo ocurrió en la vuelta catorce. En ese momento no entendí por qué, pero las facilitadoras del taller sí parecían saberlo. Me hacían preguntas que yo no esperaba, preguntas que emergían no de conocerme, sino de observar la forma del tejido, la tensión de cada puntada, el ritmo con que mis manos avanzaban o se detenían.

Al mirar en retrospectiva, comprendí que esas vueltas no eran casuales. A los cinco años, mi mamá me llevó al psicólogo porque yo estaba muy triste por la separación de mis padres. Ella me contó, años después, que me hacía mucha falta y que por eso tomó esa decisión. La verdad, yo no lo recordaba. Pero cuando empezó a hablarme del tema, llegaron imágenes nítidas: yo jugando con la Torre de Hanói, el psicólogo sentado en su escritorio, la oscuridad del consultorio e incluso el olor a cuero de los muebles. Nada más. Ninguna conversación, ninguna emoción guardada en palabras, solo esas imágenes flotando en silencio, como fotografías sin contexto.

La vuelta catorce, por su parte, me llevó de regreso a mi adolescencia: el año en que me corté el cabello muy cortico, empecé a frecuentar otras chicas del salón con no tan buenas referencias —ya saben— y la rebeldía hizo su aparición. Ese período que muchas veces minimizamos con un "cosas de la edad" también dejó marcas. El tejido las recordaba, aunque yo creía haberlas olvidado.

Cada sesión era como leer entre líneas lo que llevaba escrito en el cuerpo. Las facilitadoras me devolvían a momentos que pensaba haber dejado atrás, y en ese regreso encontraba respuestas sobre por qué actúo como actúo hoy, sobre patrones que se repiten, sobre reacciones que nunca terminé de entender del todo.

La resistencia de la mente racional

Al principio, mi mente se resistía con fuerza. No… estas cosas no están bien, esas señoras son brujas, eso no es de Dios, me decía, casi en broma, pero con un fondo real de desconfianza. Soy una persona de fe, y todo lo que suene a prácticas esotéricas enciende de inmediato mis alarmas. Sin embargo, algo en mí seguía sintiendo que lo que ocurría en esas sesiones era genuino, que las preguntas que me hacían tocaban lugares verdaderos.

Decidí no cerrarme. Conversé con mi esposo, busqué referencias con otras tejedoras, hablé directamente con las facilitadoras para entender de dónde venía todo aquello. Cuanto más investigaba, más encontraba que esta práctica no era brujería ni ocultismo, sino una herramienta de introspección: una invitación a prestarse atención, a bajar el ritmo y a escuchar lo que el cuerpo lleva callando.

El origen de un llamado

Una de las facilitadoras me contó su historia, y eso terminó de aclararme muchas cosas. Su mamá les enseñó a tejer desde niñas, entre los siete y ocho años, siempre como pasatiempo y por puro gusto. Durante décadas, el tejido fue simplemente eso: un placer, una compañía. Hace siete años, sin embargo, una situación difícil en su vida le hizo sentir que podía ser algo más, que había en ese acto repetitivo y consciente una dimensión que todavía no había explorado.

Comenzó por ella misma, tejiendo su propio mandala y prestando atención a las sensaciones que surgían en cada vuelta. Luego, al recibir encargos de otras mujeres, empezó a notar lo mismo: en ciertas vueltas sentía algo difícil de explicar con palabras, una especie de señal. Cuando preguntaba a la persona dueña del tejido, brotaban heridas no sanadas, vivencias olvidadas, emociones que llevaban años esperando ser reconocidas. Los encargos fueron llegando solos, de boca en boca, hasta que ya no daba abasto. Fue entonces cuando decidió crear el taller. Al que yo llegué, según creo firmemente, por gracia divina.

Jung, los chakras y un puente inesperado

En esas mismas conversaciones, la facilitadora me habló del Oráculo del Tejido: una baraja de cartas que recoge las siete puntadas básicas del crochet, alineadas con los siete chakras. Cuando escuché esa palabra, mi mente viajó de inmediato a terrenos que me generan desconfianza. Pero seguí escuchando. Y luego investigué.

Fue así como llegué al psicólogo Carl Gustav Jung, quien construyó un puente fascinante entre la espiritualidad oriental y la psicología occidental. Jung introdujo un nuevo lenguaje para explicar los chakras, alejándolo del misticismo y acercándolo a la comprensión del ser humano. Tomó el lenguaje poético del tantra, el cual habla de estados de consciencia del ser y lo tradujo en términos psicológicos, vinculando cada estado a emociones, traumas y procesos vitales concretos —la tristeza, la rabia, el apego, el miedo— como manifestaciones de algo que el ser humano vive y puede sanar.

Ese puente entre lo espiritual y lo psicológico me abrió una puerta que no esperaba. El tema dejó de parecerme ajeno y empezó a dialogar directamente con mi formación profesional. Comprendí que no hay contradicción entre la fe, la psicología y el uso de herramientas simbólicas como el tejido. Todo puede convivir cuando el propósito es genuino: sanar, crecer, conocerse mejor.

Lo que el tejido me devolvió

Hoy puedo decir, con gratitud y sin dudas, que esta experiencia ha sido para mí una herramienta de sanación profunda. Me ha permitido sacar a la luz lo que guardaba en cajones oscuros, trabajar en aquello que me impedía avanzar y hacer las paces con versiones de mí misma que llevaba mucho tiempo ignorando. La niña de cinco años que extrañaba a su papá. La adolescente rebelde que buscaba su lugar en el mundo. Ambas seguían ahí, esperando ser vistas.

Al compartir esta práctica con otras personas, también he podido ser testigo de cómo las transforma. Cada intención que se deposita en un tejido parece ir guiada hacia donde necesita llegar. Creo, de corazón, que Dios actúa a través de estas herramientas cuando las usamos con honestidad y propósito.

A nivel profesional, la experiencia también me ha transformado de maneras que no anticipé. Soy más observadora en los talleres que facilito. Tengo mayor sensibilidad para hacer preguntas que confrontan suavemente, que invitan a las participantes a mirar lo que creían haber superado. Preguntas que no vienen de un manual, sino de haber recorrido ese mismo camino de vuelta en vuelta.

Todo gracias a personas que, sin buscar nada a cambio, pusieron en mis manos una herramienta que yo aún no sabía que necesitaba. A veces, los encuentros más transformadores llegan así: sin anuncio, sin aspavientos, con la sencillez de alguien que simplemente teje y, al hacerlo, nos enseña a mirarnos.