Hay lugares que parecen estar muy lejos, pero cuando los visitas te das cuenta de que es la distancia justa para desconectarte del ruido de la ciudad.
En este artículo quiero compartirles mi experiencia en un centro de bienestar ubicado a pocos minutos de la ciudad de Guayaquil. En el trayecto, te das cuenta de que la ciudad empieza a quedar atrás y ahora solo hay animales, árboles y aves volando. El paisaje cambia de árboles gigantes a plantaciones de cacao, pitahaya e ylang ylang, y este último anuncia la llegada al destino.
El centro de bienestar queda dentro de la Finca Botánica Aromática, donde se destilan y fabrican aceites esenciales. La historia de este lugar se remonta a cuando el norteamericano Dr. Gary Young visitó Ecuador, se enamoró del país y compró tierras para establecer esta producción. Tiempo después, el proyecto incorporó un espacio dedicado a las terapias y el descanso.
El lugar combina la modernidad con lo acogedor de la naturaleza. En mi visita, en cuanto llegué, caminé hacia la terraza cubierta para tomar fotos del tranquilo lago que alberga tilapias, mejillones, aves acuáticas y otras especies.
Contemplar es uno de mis hábitos favoritos. Solo observo mientras el canto de los muchos pájaros entona una melodía que no puede ser más perfecta, aunque en realidad también estoy esperando mi desayuno. Son casi las 8:30 y suben con una charola grande; sí, trae mi primera comida del día.
Aquí la comida también mezcla lo gourmet con lo típico. Me sirven una tortilla de verde con una salsa tipo pico de gallo, huevos revueltos con sal de cacao, un pequeño bowl de frutas, jugo del día y un té. Lo miro y no sé por dónde empezar. Todo se ve fresco y ahí estaba yo, sentada en una gran mesa de madera contemplando el lago, escuchando una suave melodía de jazz mientras cada bocado me recordaba la importancia de hacer una pausa.
Para continuar con mi día de relajación, me cambio de ropa, utilizo un traje de baño y me dan una cómoda bata blanca. No tengo maquillaje, no uso aretes ni pulseras; solo es mi cuerpo listo para dedicarse unas horas de atención.
La primera persona que me recibe es una amable enfermera, quien me toma signos vitales, comprueba que estoy bien y, con ayuda y supervisión de la doctora, me aplican un suero de complejo B como parte de la experiencia de bienestar; debido a mis regulares sesiones de entrenamiento, aquello resultó oportuno.
Aquí el tiempo transcurrió rápido. Sentía un poco de frío y me arroparon con una suave manta. Una vez que el suero se acabó, salí a caminar un poco para que el sol me calentara de manera natural.
Estar sola y dedicarme tiempo para mí era todo lo que necesitaba. Venía de días de mucho cansancio mental, de una rutina que no para, y sabía que mi cuerpo necesitaba no solo descanso, sino algo que me ayudara a recuperar fuerzas.
El amor propio es un concepto muy hablado en los últimos años. Creo que todos tenemos claro de qué se trata, pero no siempre es fácil encontrar ese lugar en la agenda para cuidar de nosotros mismos.
Yo lo veo como una inversión y no un gasto. Pudiera comprarme ropa, salir a comer, quizás viajar; todo eso está bien y es válido, pero en el reloj de mi vida estas pausas son más que necesarias. Al hacer algo por mi cuerpo es como si le dijera: «te quiero y te cuido», porque habito en él y no solo quiero cargarlo de actividades, sino también regalarle estos momentos.
Algo que me llamó la atención es que cada rincón está decorado con flores, rosas y algunas hojas que le dan ese toque de naturaleza que no te hace olvidar que, aunque estás dentro, la finca sigue ahí. Hay difusores con aceites esenciales y su aroma contribuye a la atmósfera de calma.
Lo que siguió fue una de las experiencias más reconfortantes del día. Un terapista me realizó un masaje que ayudó a descontracturar mi espalda y aliviar un dolor de cabeza que me aquejaba. Finalmente me quedé dormida y cuando desperté me sentía distinta, más ligera.
El sentimiento era de alivio y calma. Sin embargo, a todo esto mi apetito despertó y una vez más mi comida ya estaba servida en la mesa de madera frente al lago. Esta vez eran camarones gratinados, papas cocinadas y vegetales, de los cuales solo recuerdo la berenjena. Comí con apetito, acompañada de mi jugo.
Una vez más me sentí agradecida por la oportunidad de estar allí. Tuve la sensación de que el tiempo transcurría a otro ritmo y de que, por unas horas, podía dedicarme exclusivamente a mí misma.
La última terapia que tomé fue un facial. Las delicadas manos del masajista se hicieron cargo de mi rostro. Me aplicó una mascarilla que ayudó a dejar mi piel limpia, tersa e hidratada. Grabé algunos clips con mi celular porque quería conservar el recuerdo de un día que estaba resultando especialmente reparador.
El sol empezaba a resplandecer fuerte anunciando que pronto se ocultaría. El día se iba terminando. Me cambié de ropa y salí a caminar por la casa del árbol; sí, una casa construida en un ceibo gigante. Al subir al balcón pude visualizar los campos de ylang ylang y una parte del lago.
Ahí estaba yo, rodeada de algunas de las cosas que más disfruto: la naturaleza, la comida y las experiencias que invitan a detenerse y prestar atención al propio bienestar. Sin embargo, pensamientos intrusivos me querían visitar diciéndome que tal vez no merecía estar ahí.
Esta vez no les di cabida. Pensé: claro que merezco un tiempo para mí. Trabajo, me esfuerzo por hacer todo lo mejor posible con lo que me encomiendan, cumplo con mi rutina. No es egoísta hacer algo por mí que me permite sentirme mejor y recuperar energía.
Si me ven tranquila y sonriendo, es eso. Son estos momentos de calma los que me transforman. No me llevo solo cosas tangibles, como una piel limpia o un cuerpo relajado por un masaje; me llevo también algunas conversaciones, consejos y el recuerdo de un día dedicado por completo al descanso.
No solo fue el lugar; también influyeron el tiempo compartido, las pausas y la sensación de haber encontrado un espacio para salir, aunque fuera por unas horas, del ritmo cotidiano.
El lugar también cuenta con espacios para realizar actividades al aire libre y opciones de alojamiento, lo que le da un ritmo diferente a la experiencia de descanso. Debo terminar el artículo, pero tengo aún tanto por decir; seguro les contaré más en otra oportunidad.
La experiencia me recordó que, a veces, no es necesario ir muy lejos para interrumpir la rutina y dedicar unas horas al descanso y al cuidado personal. Hacer una pausa y volver a comenzar también es una forma de cuidarse.
Con amor,
Paola















