A finales de los años 20 del siglo pasado, el New York Times publicó una serie de artículos en los que se detallaban los primeros bosquejos de una máquina, pensada para la exploración científica de mares y océanos. No era una innovación del submarino, que para ese entonces tenía ya siglos de antigüedad desde que Cornelis Drebbel, en 1624, navegara de Westminster a Greenwich, a una profundidad de solo cinco metros a lo largo del Támesis. Era, más bien, una idea descabellada. Una propia de un científico acostumbrado a las abstracciones teóricas y los vuelos de la imaginación, y no a las maneras prácticas de un ingeniero. Un artefacto que, se suponía, llevaría a una persona incluso a profundidades difíciles de imaginar. Imposibles para los submarinos de la época, que eran un poco más que armatostes de curioso valor bélico.
El concepto pertenecía a William Beebe. Quizás su nombre ya no se recuerde del todo, pero sin él nadie leería hoy a Carl Sagan, Lisa Randall o Brian Cox. Su figura larguirucha y de ojillos de cuervo fue la arcilla con la que se moldeó el prototipo del divulgador científico, a medio camino entre la investigación y la literatura. Estadounidense de nacimiento. Ornitólogo, entomólogo y biólogo marino de espíritu, para cuando el New York Times publicó sus artículos sobre aquel artefacto con el que pretendía descender hacia las penumbras marinas, contaba con más de una docena de libros a su nombre. También con expediciones científicas por Asia, América Latina y los trópicos, así como monografías sobre el comportamiento de distintas aves, además de la curaduría del departamento de ornitología de la Sociedad Zoológica de Nueva York. No se trataba de cualquier chiflado. Sus ideas tenían peso. Su apellido llamaba a la acción y había una razón muy específica detrás de su deseo de sumergirse hasta profundidades en las que nadie había estado.
El Reino Unido acababa de otorgarle un permiso de investigación en la isla Nonsuch, en Bermuda. Fue un logro que Beebe consiguió a base de mucha argumentación, carisma y golpecitos de hombros. Incluso, tal vez, de influencias y favores, aunque la expedición terminó por resultarle engorrosa. La tecnología de buceo no era lo que es hoy, por lo que no le fue posible estudiar la vida submarina a la cercanía y profundidad que deseaba. Eso fue un problema que rozaba su moral, pues la única otra forma de lograr sus objetivos hubiese sido por medio del dragado, lo que siempre resulta en la muerte de cientos de peces y moluscos al ser arrancados de sus dominios por medio de grúas y redes. ¿De qué podía servirle un animal muerto a alguien como Beebe —cuya filosofía era la de una secular maravilla casi religiosa por el universo—, si la única forma de aproximarse a una sospecha sobre lo que es la vida es por medio de la propia vida?
Beebe imaginó entonces una estructura de observación, cilíndrica y de acero, carente de motor y unida a un barco por medio de un cable que la sumergiría a poco más de mil metros, casi diez veces más profundo que los más sofisticados submarinos de la marina americana de por aquel entonces. Fue sobre esta idea la que escribió en todos esos artículos del New York Times. No solo para informar al público sobre lo que imaginaba, sino también para llamar la atención de quien quisiera financiar el proyecto. Fue así como Otis Barton, un ingeniero y explorador al que le sobraba el dinero, descubrió la clase de aventura en la que el ornitólogo pretendía adentrarse.
Fue también así como Barton se percató de un desliz catastrófico en el diseño de Beebe, que implosionaría como una lata de aluminio al ser sometida a las presiones de semejantes profundidades. Le pareció que lo más prudente sería una estructura esférica. Una que pudiera distribuir a su alrededor todos los puntos de presión por centímetro cuadrado, siempre y cuando se cuide de evitar imperfecciones en su proceso de construcción. El ingeniero intentó ponerse en contacto con el científico, pero la fama del segundo era ya tan notable que el primero no logró estrecharle la mano sino hasta que ambos fueron presentados por un amigo en común.
Sobre Barton hoy día se habla incluso menos que de Beebe, pero se sabe que era algo así como un playboy. Le gustaban el ruido y las emociones, gozaba cuando se rodeaba de mujeres, y a todas luces era un fanfarrón brillante, graduado en Harvard y con una lista de otros méritos a su haber. Se interesó por el cine, y aunque su diminuta carrera como actor no llevó a mucho, esta le generó experiencia suficiente para permitirse los aires de director y productor. Descender a los suelos del océano era la clase de aventura que seducía a su alma y pavoneaba a su ego, por lo que la sugerencia que hizo a Beebe fue más allá de una modificación radical en el diseño de la nave. Barton le propuso costear él mismo toda su fabricación, siempre y cuando se le permitiera acompañarlo en cada una de sus inmersiones. El ingeniero soñaba con la clase de inmortalidad que solo Hollywood podía darle, y le pareció que podría captar en cámara imágenes nunca antes vistas para una gran producción.
Beebe aceptó sin miramientos. Barton era un tipo simpático, y aunque el científico gustaba de su soledad, sabía apreciar la compañía de otro aventurero como él. Incluso si las intenciones de este se encontraban en el espectro opuesto a las suyas. Se comprometió a pagar de su bolsillo los costos de las distintas embarcaciones a las que se anclaría la Batisfera —del griego bathus (βάθος o βαθύς) para designar las profundidades—, y dio el visto bueno para que se comenzara su construcción.
Quizás hoy no impresione mucho, pero hace más de noventa años aquello fue tecnología punta que involucró a varias compañías en su fabricación. Fue una carcasa de hierro fundido de una pulgada de grosor, con tres ventanas de cuarzo y una portezuela cerrada a presión por asistentes de Beebe y Barton. Su diámetro interior era de apenas 1,40 metros, y ahí tan solo había espacio para ellos dos, los tanques con los que regulaban el suministro de oxígeno, y placas de cal de soda y cloruro de calcio para absorber el dióxido de carbono. También había una línea de teléfono conectada al exterior, unida al cable de acero que vinculaba todo el conjunto al Ready, el bote al que la Batisfera se ancló en un principio. Barton no encontró lugar ahí para llevar con él una sola de sus cámaras de video, pero el inconveniente hizo poco para diezmar su espíritu. El 6 de junio de 1930, frente a las costas de Bermuda, el científico y el ingeniero se sumergieron 245 metros por debajo del Atlántico Norte.
Esos primeros chapuzones fueron tan solo ensayos de lo que vendría después. Ambos se sumergieron a profundidades cada vez más notables durante el verano de 1930. En el proceso no solo llegaron hasta donde nadie había llegado antes, sino que también observaron tipos de peces que ninguna otra persona hasta entonces había visto. Peces descritos en tiempo real a la artista Else Bostelmann, quien desde el otro extremo de la línea telefónica en el Ready escuchaba y bosquejaba las descripciones de Beebe, quien le hablaba sobre el tipo de animales que solo viven en las leyendas y los mitos. Esos que rara vez suben hacia donde brilla la civilización. Fueron también Beebe y Barton los primeros en percatarse de lo que hoy parece tan obvio: la gradual absorción —por grandes volúmenes de agua— de las frecuencias más pequeñas de la luz solar, hasta que después de ciertas profundidades el mundo se vuelve un crepúsculo azulado, previo a una oscuridad.
Ya que la Batisfera estaba anclada al Ready por una grúa, cuando las olas y la marea sacudían al bote, estas sacudían también a Beebe y Barton. En más de una ocasión sufrieron mareos, golpes, cortadas y los calambres del vómito. Incluso hubo instantes en los que ambos pudieron haber muerto, de haberse golpeado la Batisfera contra los acantilados submarinos de las diversas islas de Bermuda, que Beebe pretendía estudiar y dibujar. Aunque ese no fue el único problema con el que se encontraron. Para 1931, la Gran Depresión ya había puesto un freno a la frecuencia con la que ambos hombres se sumergían cada vez más y más. Para recaudar fondos, Beebe prometió a la prensa que haría una sumersión histórica de 800 metros. También escribió para la National Geographic algunos artículos sobre sus experiencias, lo que le procuró fondos para financiar algunas inmersiones más, aunque quizás no tantas como ambos hombres hubieran deseado.
No fue sino hasta mediados de 1932 que Beebe recibió inversión suficiente para costear más exploraciones en la Batisfera, anclada a una nueva embarcación llamada Freedom. El dinero se le concedió tras una promesa que hizo a los cabecillas de la cadena NBC: un programa de radio en el que describiría por teléfono todo lo que Barton y él observaran durante una de sus inmersiones. Aquello pasó a ser uno de los eventos más mediáticos de la época. Una gran novedad para todo el público. El equivalente a un documental IMAX, transmitido en vivo el 22 de septiembre, mientras el Atlántico Norte se encontraba más picado de lo normal. Mientras el ir y venir del Freedom sacudía tanto a la Batisfera que los golpes y maldiciones de ambos hombres se transmitieron sin filtro al hogar de miles de personas, lo que debió haber sido un escándalo para las sensibilidades de la época.
Ocurrió entonces que, mientras Beebe narraba los detalles de lo que observaba al otro lado de las ventanillas —a una profundidad de poco más de 600 metros—, de entre la profunda oscuridad celeste se asomó un pez muy distinto a lo que ambos hombres habían visto hasta entonces. Uno ajeno incluso a las estéticas monstruosas que la vida, algunas veces, toma en esos abismos. Uno que fue bosquejado por Else Bostelmann mientras Beebe lo describía a miles de radioescuchas que hicieron lo posible por imaginar la forma y los colores de lo que escuchaban. Uno con pinta de barracuda, con las fauces bien abiertas y de casi 1,80 metros de largo, decorado por pequeños lunares de bioluminiscencia azul. Uno al que Beebe llamaría Bathysphaera intacta, y que noventa y cuatro años después de su avistamiento no ha sido encontrado aún por ninguna otra persona, a pesar de los grandes avances en la tecnología y la exploración del océano.
En su momento, el asunto de la Bathysphaera intacta fue una curiosidad. Un detalle en una historia ya de por sí fantástica. Pero con el ir de los años pasó a ser el cuchillo utilizado por algunos otros científicos, comidos quizás por la envidia o tal vez solo comprometidos con el rigor. Gente que deseaba criticar a Beebe, cuya credibilidad ya de por sí había sido puesta en duda tiempo antes, cuando describió por primera vez nuevas y misteriosas especies de peces. Algunas de ellas fueron descubiertas más adelante por otros investigadores, aunque eso no hizo mucho para restaurar el buen nombre del ornitólogo entre quienes sospechaban de su integridad científica.
Un pez descrito por William Beebe mientras descendía a las profundidades en su sumergible de fabricación propia. Este pez, al igual que todos los demás descritos en esa inmersión, nunca ha sido visto por nadie más y se conoce como el «pez intocable».
Sobre todo, a luces del pequeño desliz de Barton, a quien nunca le agradó que la prensa lo tomara por su asistente, en lugar del cerebro técnico detrás de toda la operación. Para 1934, casi al final de la vida operativa de la Batisfera, Barton había al fin logrado llevar cámaras de video con él, pero la tecnología fotográfica de entonces carecía de la sofisticación moderna necesaria para captar buenas imágenes submarinas. Las descripciones de Beebe sobre peces, salidos de una ópera fantástica, fueron acompañadas por imágenes más bien borrosas, en el mejor de los casos. Dudosas, en el peor. Tan solo las pinturas de Bostelmann atestiguaban de lo que se encontraba ahí abajo, y estas eran, a fin de cuentas, solo impresiones de la propia artista, basadas en las palabras del científico. Cuando a Barton se le preguntó sobre la Bathysphaera intacta, el retrato que dio del pez fue tan escandaloso que no faltaron quienes pensaron que el encuentro con el misterioso animal fue una fantasía de Beebe, inventada en el momento para catapultar su fama.
Quizás tan solo fue una confusión del ingeniero. O tal vez sus palabras fueron pensadas para mitigar la figura del ornitólogo vuelto explorador submarino. Hay partidarios de ambas hipótesis, aunque hoy a nadie le importa, casi cien años después de que ocurrió la controversia. Cada uno de esos hombres continuó con su vida como si el otro jamás hubiera existido, y mientras tanto, la Bathysphaera intacta continúa ahí abajo, en las galerías de Neptuno, esperando el día en que alguien logre encontrarla de nuevo.















