Es una tranquila tarde de martes. Sin levantarte del sofá, pronuncias una orden en la habitación vacía y las luces se atenúan hasta adquirir un cálido tono ámbar. Tocas un rectángulo de cristal luminoso y, en menos de treinta minutos, un desconocido llama a tu puerta con una comida caliente preparada por otro desconocido a kilómetros de distancia. Mientras comes, deslizas el pulgar por la misma pantalla de vidrio, descartando o aceptando posibles parejas románticas basándote en una evaluación visual de una fracción de segundo.

En el lapso de una sola hora, has ordenado a la luz, has convocado sustento y has cortejado el amor, todo sin sudar ni una gota, sin soportar las inclemencias del tiempo ni participar en un solo momento de fricción física.

Según los estándares de cualquier siglo anterior, vivimos como dioses. Sin embargo, bajo la apariencia impecable de nuestra existencia moderna e hipercómoda se esconde una profunda pregunta filosófica: ¿qué le hace a la voluntad humana eliminar toda fricción y esfuerzo físico de la vida cotidiana? A medida que externalizamos cada vez más nuestra supervivencia, nuestras elecciones y nuestras conexiones a algoritmos y aplicaciones, ¿nos estamos liberando realmente, o nos estamos convirtiendo lentamente en mascotas domesticadas de nuestra propia tecnología?

La guerra contra la fricción

Para los titanes de Silicon Valley, la “fricción” es el enemigo por excelencia. En el lenguaje del diseño de la experiencia del usuario (UX), la fricción es cualquier obstáculo que se interponga entre un usuario y su deseo inmediato. El objetivo de la innovación tecnológica moderna es suavizar las asperezas de la vida, haciendo que cada transacción, comunicación y adquisición sea lo más sencilla posible.

A nivel práctico, esto tiene sentido. ¿Por qué cortar leña cuando puedes ajustar un termostato? ¿Por qué deambular por los pasillos de un supermercado cuando te pueden entregar los comestibles? La promesa de la tecnología siempre ha sido liberarnos de la monotonía de la supervivencia básica para que podamos redirigir nuestra energía hacia actividades más elevadas: el arte, la filosofía, la comunidad y la autorrealización.

Pero ha surgido una extraña paradoja. En lugar de usar nuestro tiempo libre recién adquirido para escribir sinfonías o construir comunidades vibrantes, a menudo nos encontramos paralizados por las mismas pantallas que nos liberaron, desplazándonos sin pensar por un vacío sin fricción.

Al eliminar sistemáticamente el esfuerzo físico y las incomodidades de nuestras vidas, hemos eliminado accidentalmente algo vital: la recompensa psicológica que proviene de superar la resistencia.

La filosofía del esfuerzo

El filósofo estadounidense Albert Borgmann exploró esta dinámica a través de lo que denominó el “paradigma del dispositivo”. Borgmann contrastó los “objetos centrales” tradicionales (como una estufa de leña) con dispositivos modernos como la calefacción central. Una estufa de leña requiere habilidad, esfuerzo físico y atención constante. Reúne a la familia a su alrededor, exigiendo una interacción con el mundo físico. La calefacción central, por el contrario, proporciona calor sin esfuerzo y de manera invisible. No requiere habilidad alguna y no fomenta la comunidad.

Borgmann advirtió que, a medida que reemplazamos las “cosas” por “dispositivos”, separamos el producto final (calor, comida, entretenimiento) del proceso necesario para lograrlo. Cuando se elimina el proceso, la vida se vuelve cómoda, pero también profundamente superficial.

Los seres humanos son, fundamentalmente, criaturas que resuelven problemas. Nuestros cerebros y cuerpos evolucionaron para desenvolvernos en un mundo de escasez y resistencia. Estamos hechos para resistir, adaptarnos y esforzarnos. Cuando eliminamos la necesidad de esforzarnos, la voluntad humana comienza a atrofiarse. Así como un músculo se atrofia cuando está inmovilizado por un yeso, nuestra capacidad de acción se debilita cuando ya no se requiere para lidiar con la fricción de la realidad.

El filósofo del siglo XIX Friedrich Nietzsche previó esta crisis existencial. Advirtió de la llegada del “último hombre”: una criatura cínica y apática que no asume riesgos, evita todo sufrimiento y solo busca la comodidad. “Hemos inventado la felicidad, dicen los últimos hombres, y parpadean”. Para Nietzsche, una vida despojada de lucha era una vida despojada de grandeza. La comodidad, cuando se convierte en el único objetivo de una sociedad, actúa como un veneno de acción lenta para el espíritu humano.

La domesticación de la especie humana

Esto nos lleva a la pregunta más inquietante de la era digital: ¿Nos estamos convirtiendo en las mascotas de nuestra propia tecnología?

Pensemos en la trayectoria del lobo hasta llegar al pug moderno. El lobo es salvaje, ferozmente autónomo y capaz de sobrevivir a inviernos brutales y cazar su propio alimento. El pug depende por completo de su dueño. Ha cambiado la peligrosa libertad del bosque por una cama cálida, comida garantizada y seguridad. La contrapartida evolutiva de la domesticación es la pérdida de la naturaleza salvaje, el instinto y la autonomía.

Actualmente estamos llevando a cabo una autodomesticación masiva. Nuestros teléfonos y hogares inteligentes actúan como nuestros amos benevolentes. Nos alimentan con una dieta constante de dopamina, nos sugieren qué debemos ver, nos indican la ruta más rápida al trabajo, seleccionan nuestras noticias e incluso median en nuestras vidas románticas. A cambio de esta comodidad definitiva, estamos cediendo silenciosamente nuestra autonomía.

Cuando usas una aplicación de citas, no estás ejerciendo tu libre albedrío en la naturaleza; estás eligiendo de un menú preseleccionado y curado por un algoritmo opaco diseñado para maximizar tu tiempo en la aplicación. Cuando pides comida a través de una aplicación, estás aislado de la realidad física del mercado, el clima y la interacción humana necesaria para obtener sustento.

En un estado domesticado, nuestra tolerancia a la incomodidad se desploma. Nos ponemos de mal humor cuando una página web tarda tres segundos en cargarse, o cuando un pedido llega diez minutos tarde. Perdemos la capacidad de la serendipia: esas cosas hermosas e inesperadas que suceden cuando nos vemos obligados a navegar por el mundo real, impredecible, desordenado y lleno de fricciones.

El verdadero costo de la comodidad

La disyuntiva entre libertad y comodidad es un dilema ancestral, pero nunca ha sido tan aguda como lo es hoy en día. La verdadera libertad no es la capacidad de tener lo que uno quiera en el momento en que lo quiera. Eso es mero consumismo. La verdadera libertad, lo que el filósofo Immanuel Kant denominó “autonomía”, es la capacidad de gobernarse a uno mismo, de fijar los propios fines y de poseer la resiliencia necesaria para alcanzarlos a pesar de la resistencia del mundo.

Cuando permitimos que la tecnología elimine todo esfuerzo físico y toda fricción en la toma de decisiones, estamos subcontratando nuestra voluntad. Poco a poco, pasamos de ser participantes activos en el drama de la vida, a consumidores pasivos de una existencia preempaquetada.

Además, la ilusión de comodidad a menudo enmascara una vulnerabilidad más profunda. Cuanto más dependemos de sistemas sin fricciones, más indefensos nos volvemos cuando esos sistemas fallan. Una persona que nunca ha tenido que orientarse en una ciudad sin GPS, cocinar una comida a partir de ingredientes crudos o acercarse a un desconocido en una cafetería, es una criatura frágil. En nuestra búsqueda de una vida perfectamente acolchada, estamos cambiando nuestra resiliencia por comodidad.

Recuperar nuestra fricción

Nada de esto quiere decir que debamos tirar nuestros teléfonos al mar, o volver a buscar comida en el bosque. La medicina moderna, la conectividad global y el acceso a la información mundial son triunfos innegables del ingenio humano. El objetivo no es rechazar la tecnología, sino renegociar nuestra relación con ella.

Debemos aprender a reconocer la tiranía de la comodidad y rebelarnos activamente contra ella reintroduciendo la fricción voluntaria en nuestras vidas.

Podemos optar por cocinar una comida compleja desde cero, sintiendo la textura de los ingredientes y participando en el proceso físico de transformación. Podemos optar por dejar nuestros teléfonos en casa y dar un paseo, permitiéndonos aburrirnos, perdernos un poco y observar el mundo sin la mediación de una pantalla. Podemos optar por buscar el romance y la amistad en el mundo físico, abrazando la aterradora y hermosa fricción de la vulnerabilidad humana, el rechazo y la serendipia.

Para conservar nuestra libertad, debemos recordar que la lucha no es un defecto de diseño de la experiencia humana; es precisamente la característica que da sentido a nuestras vidas. La fricción de la vida cotidiana es la piedra de afilar con la que se agudiza el alma humana. Si permitimos que la tecnología envuelva nuestro mundo en plástico de burbujas, sin duda estaremos a salvo, bien alimentados y entretenidos sin fin. Pero habremos cambiado nuestra salvaje y magnífica libertad humana por la jaula dorada de la máxima comodidad.

Es hora de salir de la jaula, enfrentar el clima y recordar cómo caminar con nuestras propias piernas.

Bibliografía

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