El 4 de julio de 1776, en la ciudad de Filadelfia, se firmó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Es un documento casi perfecto, un reflejo de los ideales más elevados de la Ilustración; la promesa de un Contrato Social basado en la defensa e incremento de las libertades humanas. Cincuenta y seis delegados de trece colonias/estados, todos hombres, todos cristianos, cincuenta y cinco de alguna denominación protestante con un católico; y cuarenta y siete de ellos eran dueños de esclavos, crearon el proyecto político más ambicioso de la modernidad.

Esos hombres idealistas, imperfectos y apasionados, miembros de una élite política, económica, intelectual e incluso pretendida étnica, fundaron un país bajo una de las afirmaciones más poderosas: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness.” ["Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad"]

En esas palabras y en la interpretación que se les ha dado se resume la historia de los Estados Unidos de América. Una historia que encierra, en sí misma, cómo entendemos el desarrollo de la historia. “That all men are created equal” ["Que todos los hombres son creados iguales"] contiene una contradicción intrínseca. Pues, si bien existe una aceptación cuasiuniversal de su veracidad, no hay interpretación única sobre el significado de “men” ["hombres"]. ¿Quiénes son aquellos que tienen derechos inalienables? ¿Las libertades de quiénes se defienden en el Contrato Social que da forma al Estado?

La historia política y social de los Estados Unidos y el significado que este país tiene para el resto del mundo giran en torno a la respuesta que se dé a estas interrogantes. Al tiempo que atraviesan todos los elementos de la cultura americana, su creatividad, su productividad y potencia.

Algunos dueños de esclavos, oligarcas, segregacionistas o nativistas tienen una respuesta excluyente. Solo algunos, con rasgos específicos, caen dentro de la definición de “men”. Ya sea el color de piel, origen étnico, religión, clase social o “cultura”, se convierten en criterios de demarcación entre quienes son personas libres y sujetos de derechos y quienes no. Tienen distintos argumentos con los cuales intentan justificar el porqué de que ellos sí son “men” y los demás no: religiosos, pseudocientíficos, fatídicos o faustos.

Así, Woodrow Wilson puede proponer una Liga de las Naciones para promover la paz entre las potencias industrializadas mientras aplica la segregación en el gobierno federal, apoya al Ku Klux Klan e incluso proyecta en la Casa Blanca la película “El nacimiento de una nación”, que glorificaba al Ku Klux Klan y retrataba a los estadounidenses negros con estereotipos profundamente racistas.

El presidente James K. Polk, quien escribió en su diario racistas reflexiones sobre sus esclavos y quien provocó una guerra de conquista contra México, al considerar a los mexicanos a través del lente del Destino Manifiesto, creía que los mexicanos eran incapaces de desarrollar y custodiar sus ricos territorios, especialmente en la costa del Pacífico, y consideraba legítimo anexarlos por la fuerza o comprarlos para asegurar la expansión estadounidense hacia el oeste.

Ese mismo desprecio se ve hoy en los agentes de ICE, en la política MAGA y en figuras públicas como el creador de contenido Matt Walsh. La visión antropológica de Polk hoy se refleja en los cuestionamientos a la ciudadanía por nacimiento de Trump, su administración y sus voceros.

A la lucha de dueños de equipo, jugadores y aficionados al baseball contra la integración racial, el racismo, implícito y explícito, contra Barack Obama y la absurda teoría del Gran Remplazo, le subyace una visión excluyente. Por eso, aquellos que la defienden o afirman, incluso de modo subconsciente, rechazan toda acción en favor de la diversidad y la defensa universal de los derechos humanos, llegando al absurdo de llamar woke cualquier resquebrajamiento de su visión idílica de hombres rubios, blancos, arios.

Afortunadamente, a la respuesta excluyente se le enfrenta intelectualmente, emotivamente, políticamente y, en algunos casos, violentamente, con una visión incluyente sobre el significado del término persona. Disminuyendo la comprensión y las notas que se requieren, se ha aumentado la expansión de individuos que reclaman para sí ser reconocidos como iguales y con los mismos derechos y libertades.

Una visión que afirma que todo ser humano, todo Homo sapiens, sin importar cultura, fenotipo, credo o condición económica, es una persona y, por lo tanto, es evidente que tiene la misma dignidad que el resto y una serie de derechos inalienables.

Frente al racismo de Andrew Jackson, Jefferson Davis, John C. Calhoun, Nathan Bedford, Benjamin Tillman, Theodore Bilbo, George Wallace y muchos otros, siempre hay quienes se oponen y luchan para reclamar su condición de persona. La historia americana tiene héroes como Jefe Águila Blanca, Frederick Douglass, Octaviano Ambrosio Larrazolo, Dennis Banks, Martin Luther King Jr. y muchos otros más que en su vida encarnaron la radical creencia de que todos somos iguales. Y algunos de ellos han clamado que si los derechos y libertades no son universales, no los quieres para ellos, como John Brown, Harriet Beecher Stowe y Thaddeus Stevens.

Uno de los episodios más icónicos de la historia americana es el jefe Ponca Standing Bear frente al Tribunal de Distrito de los Estados Unidos en 1879 argumentando y exigiendo que los nativos americanos sean personas dentro del significado de la ley y tengan derechos. Convirtiéndose así en el primer nativo americano al que se le otorgaron, judicialmente, derechos civiles bajo la ley americana.

La historia de esta contradicción es la historia de Estados Unidos de América. Una contradicción que no encuentra síntesis, que se mantiene permanentemente. No es una historia hegeliana de procesos dinámicos en una estructura inteligible y determinista donde todo forma parte de un único proceso racional que culmina en el Absoluto. Es una historia explicada por la filosofía de la historia de William James, filósofo americano.

James rechaza la idea de una única realidad absoluta. Para él, la realidad es plural, abierta, cambiante y nunca está completamente cerrada o acabada. No existe un sistema definitivo que explique todo. La realidad se construye continuamente mediante la experiencia, la acción y las relaciones entre los individuos; donde no existe una totalidad cerrada, sino un mundo abierto en permanente construcción. El mundo contiene diferencias reales que no desaparecen en una síntesis final.