Escribo este texto pensando en América y en Europa, pero los fenómenos que analizo se aplican, con algunas modificaciones, a otras regiones del mundo. Estamos al borde de una nueva guerra mundial, nos enfrentamos a un colapso ecológico inminente, asistimos al fin del derecho internacional y al fin de la distinción entre democracia y autocracia. El paradigma político de la modernidad eurocéntrica se ha globalizado en la medida en que ha transformado la democracia (la democracia liberal) en el único régimen político legítimo. A partir de ejemplos concretos, es hora de constatar que ese proceso histórico se ha agotado y produce efectos perversos: la democracia liberal existe hoy sobre todo para crear y legitimar dictaduras; las instituciones democráticas están cometiendo suicidio como forma normal de operar. Hay resistencia, pero solo será eficaz si quienes resisten tienen la lucidez de reconocer la gravedad de lo que está sucediendo y la importancia de lo que está en juego.
El paradigma político de la modernidad eurocéntrica
Los resultados de la primera vuelta de las elecciones en Colombia celebradas el 31 de mayo de este año son los siguientes:
Abelardo de la Espriella (extrema derecha): 10 361 499 votos, lo que corresponde al 43,74 % del total del electorado votante;
Iván Cepeda (izquierda): 9 688 361 votos, 40,90 %;
Paloma Valencia (derecha tradicional): 1 639 685 votos, 6,92 %.
Estos resultados presentan algunas características coyunturales que identificaré más adelante, pero no constituyen, en su conjunto, un episodio coyuntural. Son más bien el síntoma de una profunda transformación política que se está produciendo a escala global.
La incompatibilidad entre capitalismo y democracia está alcanzando un nivel que hace que la derecha tradicional y el centrismo resulten obsoletos. La contradicción entre capitalismo y democracia es el fundamento de todas las opciones políticas de la era moderna, es decir, de la posrevolución francesa. Está inscrita en los tres conceptos normativos básicos que definen esa política —libertad, igualdad y fraternidad— y en el proceso histórico que, basándose en ellos, se puso en marcha. Existe una tensión originaria entre los tres conceptos. Mientras que, como valores aislados, aspiran a su maximización (máxima libertad, máxima igualdad, máxima fraternidad), como valores en constelación exigen negociación, acomodación, relativización (libertad posible, igualdad posible, fraternidad posible). A su vez, el proceso histórico puesto en marcha tuvo dos pilares: el ascenso de la burguesía al poder político con el fin de consolidar y ampliar la economía política que le había otorgado el poder original: el capitalismo; la consagración de la democracia liberal como el único régimen político legítimo para llevar a cabo la compatibilización posible entre tres conceptos normativos.
La contradicción fundamental entre democracia y capitalismo es la siguiente: mientras que la democracia se basa en las ideas de soberanía popular y ciudadanía nacional como formas de conciliar las tensiones entre los tres conceptos normativos, el capitalismo tiene como objetivo la acumulación infinita, que se hace posible gracias a la incesante expansión del mercado. La acumulación y el mercado capitalistas solo reconocen uno de los valores, la libertad, de la que, por cierto, tienen una concepción restringida: la única libertad que cuenta es la libertad económica. Por otro lado, mientras que las ideas de soberanía y ciudadanía apuntan a la primacía del espacio geopolítico nacional, la acumulación y el mercado son siempre potencialmente globales, aunque no siempre lo sean en la realidad.
Las familias políticas de la modernidad eurocéntrica nacieron de este paradigma conceptual. Tenían en común el reconocimiento de principio de la validez de los tres conceptos normativos y su posible acomodación por vía democrática. Así nació la democracia liberal. Se distinguían por el valor relativo que atribuían a cada uno de ellos: mientras que las fuerzas políticas convencionalmente denominadas de derecha daban primacía al valor de la libertad, las fuerzas de izquierda daban primacía al valor de la igualdad y la fraternidad. El principio de primacía no implicaba la negación de ninguno de los tres valores, sino que solo implicaba que los mayores «sacrificios necesarios» se impondrían a los valores sin primacía.
Al margen de este paradigma, pero plenamente inherentes a él, existían dos tipos de fuerzas políticas que tenían en común el rechazo a la idea de la compatibilidad por acomodación entre los tres valores y, en consecuencia, a la democracia liberal. Las fuerzas políticas convencionalmente denominadas reaccionarias rechazaban los tres valores, por ser todos individualistas y secularistas, y proponían en su lugar: Dios, Patria y Familia. Un subgrupo de las fuerzas reaccionarias, que fue ganando peso con el tiempo, proponía la compatibilidad de “Dios, Patria y Familia” con uno de los valores de la modernidad, la libertad, entendida como libertad económica. Así surgió el acrónimo “Dios, Patria, Familia y Libertad”. Este subgrupo fue calificado de extrema derecha y conquistó el poder en el siglo XX bajo la forma del fascismo y el nazismo. Estos regímenes llevaron al extremo la idea de que el único valor que contaba era el de la libertad económica
El otro extremo de este paradigma lo constituían las fuerzas políticas revolucionarias que igualmente rechazaban la posibilidad de compatibilizar los tres valores y daban primacía, bajo diversas formas, a la igualdad y a la fraternidad. Para estas fuerzas, la democracia liberal acabaría siempre privilegiando la libertad en detrimento de los demás valores. Y como daba forma política al capitalismo, la democracia liberal estaría condenada al suicidio cuando la libertad económica exigiera el sacrificio total de la igualdad y la fraternidad. Las fuerzas políticas revolucionarias adoptaron dos formas principales: el comunismo/socialismo revolucionario y el anarquismo. Divergían en cuanto a la idea de Estado, las formas de lucha y la idea de la libertad de los productores asociados (defendida únicamente por los anarquistas).
La constelación democracia liberal/capitalismo en acción
Originaria de Europa, esta constelación se fue propagando al mundo no europeo a través del colonialismo y la lucha anticolonial. Vivió en constante convulsión desde el principio y fue dejada de lado en dos momentos históricos. Y también en este caso, lo que ocurrió en Europa se propagó, bajo diferentes formas, a otras regiones del mundo. La convulsión fue impulsada por dos fuerzas principales: la lucha de clases y las rivalidades imperiales. Los dos colapsos principales, con contenidos políticos opuestos, se produjeron, por un lado, en Rusia en 1917 (fin del capitalismo y de la democracia liberal) y, por otro, en Italia en 1922 y en Alemania en 1933 (fin de la democracia liberal para «liberar» al capitalismo). Fueron, en parte, producto de las rivalidades mal resueltas en la Primera Guerra Mundial y acabaron contribuyendo al estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Mientras funcionó, la constelación democracia liberal/capitalismo adoptó la forma de lo que denomino socialdemocracia. Teóricamente, la socialdemocracia se basa en el intento de hacer realidad la idea original de la democracia liberal, tal y como la propusieron sus teóricos. Por supuesto, la idea original siempre fue desmentida por las prácticas de sus proponentes: John Locke y sus negocios en el tráfico de esclavos (acciones de la Royal African Company entre 1672 y 1675); o los primeros presidentes de EE.UU., que no veían contradicción entre la Constitución y ser propietarios de esclavos (por ejemplo, George Washington, entre 300 y 600 esclavos; Thomas Jefferson, más de 600 esclavos; James Madison, más de 100 esclavos).
La idea original era mantener estrictamente separados dos universos: el universo de los valores económicos, que tienen un precio y por eso se compran y se venden, y el universo de los valores ético-políticos (las convicciones políticas, las creencias), que no tienen precio y, por lo tanto, no se compran ni se venden.
La separación (nunca completa) fue la base de la socialdemocracia. Entiendo por socialdemocracia toda coexistencia entre el capitalismo y la democracia liberal, en la que la clase capitalista (generalmente, la burguesía) se ve obligada por la lucha de los trabajadores a hacer algunas concesiones al valor de la igualdad para poder preservar la continuidad de la acumulación capitalista y la globalización de los mercados.
Las concesiones fueron, históricamente, el derecho de los trabajadores a la organización sindical y a la huelga, y las políticas sociales en forma de derechos sociales, desde los derechos laborales y el sistema público de pensiones, hasta la educación y la sanidad públicas y la idea de bienes públicos, no susceptibles de mercantilización, y del servicio público como ethos de funcionamiento. En resumen, una economía de mercado que coexistía con una sociedad no mercantil, es decir, una sociedad que se reconocía en las relaciones sociales sin lógica de intercambio mercantil (la fraternidad mediada por el Estado). Estas concesiones transformaron al Estado en un campo privilegiado de disputa política.
El colapso de la constelación democracia liberal/capitalismo
El colapso es siempre el punto final de una crisis que se desarrolla a lo largo del tiempo. La crisis de la socialdemocracia se hizo evidente a partir del llamado Consenso de Washington, a mediados de la década de 1980, que decretó la insostenibilidad del modelo del capitalismo socialdemócrata y proclamó como único modelo global de capitalismo una versión hasta entonces minoritaria dentro de la teoría económica y que solo se había puesto en práctica íntegramente en condiciones de dictadura: la dictadura de Pinochet que siguió al golpe de Estado de 1973 contra el presidente Salvador Allende de Chile, orquestado por la CIA y por Henry Kissinger.
Esta versión se conoció como neoliberalismo. En líneas generales, consiste en: desregulación de la economía, liberalización del comercio, privatización de todas las actividades del Estado susceptibles de generar beneficios, sustitución de la fiscalidad progresiva (los más ricos pagan proporcionalmente más impuestos que los más pobres) y la consiguiente sustitución de la financiación del Estado mediante la fiscalidad por la financiación a través de préstamos en el mercado de capitales globalizado (la gran desregulación).
El fin de la Unión Soviética marcó el inicio del colapso definitivo de la socialdemocracia. El modelo neoliberal determinó dos inversiones que pasaron desapercibidas para la opinión pública y para la gran mayoría de los teóricos sociales y económicos. Por un lado, la democracia antisocialdemocrática pasó a ser una condición impuesta a nivel mundial por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional para financiar a los Estados en desarrollo. El cambio consistió en lo siguiente: mientras que antes la democracia, para ser viable, presuponía ciertas condiciones mínimas de desarrollo (reforma agraria, urbanización, creación de clases medias temerosas de perder lo poco o mucho que tienen en caso de algún intento de irrupción revolucionaria socialista), a partir de ahora la instauración de la democracia liberal pasaba a ser la condición previa de las políticas de desarrollo. Ninguna financiación sin democratización liberal (el infame «ajuste estructural», en la periferia del sistema mundial, y la no menos infame «austeridad», en los países más desarrollados).
La segunda inversión, igualmente poco notada, consistió en que, si hasta entonces se podía decir con cierta credibilidad que el capitalismo estaba regulado por la democracia (teoría de la regulación), a partir de ahora el capitalismo pasó a regular la democracia y esta pasó a ser permitida solo en la medida en que fuera funcional al libre desempeño del capitalismo.
Estas dos inversiones suponían que la separación entre el universo de los valores ético-políticos y el universo de los valores económicos fuera eliminada o, al menos, atenuada. Uno de los instrumentos utilizados fue la liberalización y la consiguiente opacidad de la financiación de los partidos políticos. En EE.UU., esto ocurrió con la decisión del Tribunal Supremo de 2010, Citizens United v Federal Election Commission, mediante la cual se hizo posible financiar sin límites la actividad de los partidos. Esa liberalización fue acompañada de la posibilidad de ocultar el origen de la financiación a través del llamado «dinero oscuro».
Si bien la influencia del capital en la política ya se superponía en el pasado a otras influencias, en particular a la de los sindicatos, a partir de entonces pasó a ser absolutamente dominante. Así se abrieron las compuertas para que el universo de los valores económicos absorbiera a la larga el universo de los valores ético-políticos. Es decir, a partir de entonces se hizo posible que en política todo se compre y todo se venda, tal y como ocurre en la economía. La gran corrupción desapareció porque se legalizó. La pequeña corrupción se volvió sistémica porque, entretanto, el ethos del servicio público y del celo por el bien común había desaparecido de la memoria y de la práctica de la gran mayoría de los agentes del Estado.
La sentencia del Tribunal Supremo fue el golpe de gracia a la democracia estadounidense. Hoy en día no hay democracia en EE.UU., hay una oligarquía con elecciones periódicas para decidir qué grupo oligárquico gobierna. Los ciudadanos tienen muy poca capacidad para decidir sobre lo que realmente importa y es importante para el libre desarrollo del capitalismo. Por lo tanto, el país que más promueve el cambio de régimen (el infame “regime change”) es el país que primero se sometió a ese cambio, con el resultado de que el resto del mundo conoce: aumento de la desigualdad social, guerra civil, criminalidad despolitizada, desinformación sistémica a través de la concentración mediática corporativa, fragmentación de la cohesión social. Este es el espejo más cruel de EE.UU., el país del “regime change” original.
De ello se desprende una lección y una constatación. La lección es que la liberalización y la opacidad de la financiación de los partidos políticos suponen la sentencia de muerte de la democracia. En Portugal, ese certificado se está redactando con la justificación de la protección de datos (la misma que —en combinación con la libertad de expresión protegida por la primera enmienda de la Constitución— determinó el suicidio de la democracia estadounidense). La constatación es que no puede sorprender que EE.UU. apoye hoy fundamentalmente a gobiernos y políticos de extrema derecha. Son los gobiernos y los políticos que mejor sirven a los intereses de la oligarquía estadounidense y que más se identifican con su ideología.
El interregno: ¿El fin de la democracia tradicional, el comienzo de qué?
Vivimos en un período de interregno gramsciano: la vieja constelación democracia liberal/capitalismo aún no ha desaparecido por completo y lo nuevo que le seguirá aún no se ha configurado plenamente. ¿Cuáles son las principales características de este interregno?
La ambigüedad de la pulsión antisistema
El neoliberalismo ha ido borrando de la memoria de las clases populares y también la eficacia de la democracia para defender sus intereses o mejorar sus condiciones de vida. La crisis final de la constelación democracia liberal/capitalismo abre el espacio para el incremento de la pulsión antisistema. A la luz de lo anterior, esta pulsión es ambigua en la medida en que, en el pasado, las fuerzas antisistema fueron la extrema izquierda y la extrema derecha. La pulsión antisistema no es más que la manifestación de un malestar sin solución a la vista en el sistema actual. Corresponde a una condición existencial individual y colectiva que se manifiesta como un exceso de miedo, sin la compensación de ninguna esperanza de grandes cambios.
De hecho, podemos decir que la pulsión antisistema benefició al presidente Gustavo Petro de Colombia en las elecciones de 2022. A pesar de ser un político del sistema, con una brillante trayectoria como senador, tenía un pasado de extrema izquierda que hacía creíble la posibilidad de que, finalmente, a través de él, se devolviera algo de esperanza a los desheredados de la constelación democracia liberal/capitalismo. Y esa expectativa no se vio totalmente frustrada. Al contrario, hubo mejoras en las condiciones de vida de las clases populares; hubo una voluntad real de reconciliar a la nación con el plan Paz Total; se distribuyeron tierras a los campesinos pobres; a través de intervenciones memorables en los foros internacionales, en particular en la ONU, el presidente Gustavo Petro devolvió a millones de colombianos el orgullo de ser colombianos tras décadas de la insultante ecuación: colombiano = narcotraficante.
La ambigüedad del impulso antisistema puede identificarse en diferentes lugares y contextos. Por ejemplo, en las regiones de Alemania que durante la vigencia de la Unión Soviética pertenecían al universo comunista, la entonces República Democrática Alemana es donde más crece la extrema derecha (AfD, Alternative für Deutschland). En las últimas elecciones federales, este partido obtuvo el 34,5 % de los votos, mientras que en las regiones de la entonces Alemania Occidental solo obtuvo el 17,9 %. Resulta que estos mismos votantes, cuando se les pregunta por su valoración del régimen comunista, están, en su mayoría (aunque de forma condicional), favorables a él. Lo que recuerdan de él con nostalgia son beneficios como estos: seguridad laboral, vivienda y sistema sanitario gratuitos, ausencia del consumismo desenfrenado impulsado por la publicidad, la posibilidad de una vida familiar estable, un mes y a veces más de vacaciones al año. Lo que, naturalmente, rechazan es la policía secreta, la ausencia de libertad de expresión, la censura, la prohibición o la extrema dificultad para viajar al extranjero. Se desilusionan al concluir que tal vez querían tener lo mejor de dos mundos y que eso es imposible.
Podemos concluir que, debido al violento desgaste impuesto a la constelación democracia-liberal/capitalismo en las últimas décadas, la pulsión antisistema es hoy legítima y puede orientarse en dos direcciones políticas opuestas: la extrema derecha y la extrema izquierda. El problema es que, en este momento de interregno, la única orientación presente es la de la extrema derecha, y la posibilidad de que ese impulso se oriente hacia la extrema izquierda es hoy la pesadilla tácita de quienes detentan el poder. Por eso, hacen todo lo posible y con el máximo extremismo para evitar que tal orientación se produzca, utilizando para ello los medios más sofisticados de manipulación de las conciencias, el silenciamiento de las voces que pueden revelar su juego, la construcción de crisis permanentes para que resulte imposible a los gobernantes pensar más allá de la coyuntura y a los ciudadanos comunes, pensar más allá del día siguiente. La generación de crisis permanentes, la amenaza incesante de guerra o de intervención extranjera paralizan la posibilidad o la voluntad de pensar, de actuar y de resistir.
En Colombia, podemos decir que la pulsión antisistema orientada hacia la extrema izquierda ha sido agotada por Gustavo Petro y no está disponible para Iván Cepeda. A los colombianos solo les queda elegir entre la izquierda y la extrema derecha. En este contexto, Colombia está a punto de producir un punto de inflexión en el interregno cuya importancia va mucho más allá de Colombia.
El colapso de la candidata de la derecha tradicional en Colombia es tan marcado que exige una lectura de la compleja formación de la pulsión antisistema. En este período de interregno, la derecha tradicional solo tiene una opción: la de unirse a la extrema derecha con la esperanza de poder salvar el sistema que durante décadas ha servido a sus intereses. Resulta que la candidata de la derecha, Paloma Valencia, pretendió mezclar dos señales incompatibles del impulso antisistema. Por un lado, su genealogía uribista apuntaba hacia la extrema derecha, pero, por otro lado, al elegir a un vicepresidente abiertamente homosexual (Juan Daniel Oviedo Arango), dio una señal de impulso antisistema no solo hostil hacia la extrema derecha y la derecha conservadora, sino también identificada con la izquierda, que ha venido legitimando las diferentes sexualidades. Con ello confundió a sus seguidores y muchos se habrán sentido incluso traicionados. Por eso, desertaron de su campo y se entregaron al campo de la extrema derecha —abiertamente misógina, homófoba, transfóbica, xenófoba.
Los extremos solo ven extremos
El objetivo de la pulsión antisistema nunca es la construcción de un sistema alternativo. Esto explica que, cuando llega al poder, la extrema derecha solo sabe destruir, nunca construir. El objetivo de un extremismo es imaginar otro extremismo y convertirlo en enemigo. Con el enemigo no se dialoga, solo hay que destruirlo.
Para la extrema derecha no hay derecha ni centro, salvo para absorberlos y, sobre todo, no hay izquierda. Toda la izquierda es extrema izquierda. En esto consiste la falsa polarización con la que la política actual nos engaña. Las poblaciones no están polarizadas, son sus teléfonos móviles los que lo están. Es decir, nos encontramos ante una fabricación masiva de polarización basada en el supuesto de que solo producirá extrema derecha. La fabricación del enemigo adopta hoy dos formas, una secularista y otra religiosa.
El extremismo secularista
Para la extrema derecha procedente de la derecha tradicional secularista, toda la izquierda es extrema izquierda: es comunista, neocomunista o castro-chavista (un neologismo inventado por el antiguo presidente de (extrema) derecha de Colombia, Álvaro Uribe). En un contexto mediático completamente dominado por la derecha, ser de izquierdas se convierte en un insulto, una estigmatización que genera repudio, mientras que ser fascista es, por ahora, un término tabú, que solo se utiliza en privado y entre correligionarios.
El extremismo religioso
En América, y cada vez más en África y la India, el uso político de la religión es un instrumento cada vez más eficaz para inculcar el extremismo. En América, el evangelismo, sobre todo el pentecostal defensor de la teología de la prosperidad, es, en gran parte, responsable del actual charme indiscreto de los multimillonarios. El evangelismo pentecostal es hoy una fuerza política poderosa, tanto en el ámbito del poder legislativo como en el ejecutivo y el judicial.
Mientras que para el extremismo secularista la izquierda es comunismo, para el extremismo religioso la izquierda es la encarnación del diablo.
El fin de los golpes blandos
La primera característica del interregno que vivimos es la producción masiva de extremismo político. La segunda es la interferencia intensa, violenta y violadora de toda la normativa internacional por parte de la potencia hegemónica en la política interna de los países situados en su área de influencia. Tras el fin de la Unión Soviética, EE.UU. se convirtió en la única potencia hegemónica a nivel mundial. Su área privilegiada de injerencia siempre ha sido América Latina. La injerencia siempre ha existido, pero en los últimos tiempos ha adoptado dos formas que disfrazaban sus verdaderos objetivos con la supuesta defensa de la democracia. Al mismo tiempo, sus objetivos se llevaban a cabo de manera que se ocultara la violencia del impulso que los movía.
Esas dos formas fueron las revoluciones de colores y los golpes blandos. Mientras que en Europa y el norte de África predominaron las revoluciones de colores, en América Latina predominaron los golpes blandos. Se denominaron así por ser golpes de Estado llevados a cabo dentro de una aparente normalidad constitucional y recurriendo a las instituciones democráticas. El objetivo real de todos ellos fue provocar la destitución o destitución de presidentes de la República elegidos democráticamente, pero considerados hostiles a los intereses de EE.UU. La manipulación del sistema judicial fue fundamental para llevar a cabo con éxito los golpes blandos. El primero tuvo lugar en Honduras en 2009 con la destitución del presidente Manuel Zelaya. Le siguieron los golpes en Paraguay en 2012, para destituir al presidente Fernando Lugo; el golpe en Brasil en 2016, para destituir a la presidenta Dilma Rousseff; y el golpe, también en Brasil, en 2018, para inhabilitar al candidato a las elecciones Lula da Silva.
La Nueva Política de Seguridad de EE.UU., adoptada durante el segundo mandato del presidente Donald Trump, dejó de lado los golpes blandos y pasó a legitimar injerencias más violentas y que violan explícitamente el derecho internacional. Estas injerencias tienen dos pilares fundamentales: el pilar militar y el pilar financiero.
El pilar militar reside, por ejemplo, en la omnipresencia de buques de guerra en las costas de los países objeto de intervención, la neutralización de la información por satélite necesaria para activar las defensas antiaéreas, el refuerzo de las bases militares existentes en el continente, el bombardeo de lanchas de pescadores que navegan en aguas territoriales de esos países, la captura y el secuestro de presidentes elegidos democráticamente y su traslado a prisiones de EE.UU. donde serán sometidos a juicio. Para uso interno de EE.UU., se inventó el término «Estado narcoterrorista» para legitimar estas injerencias violentas. En los últimos tiempos, el país que ha sido más violentamente afectado con la mayor variedad de medidas ha sido Venezuela.
El pilar financiero incluye embargos, congelación de activos y reservas en el extranjero, aranceles, sanciones a empresas del país objetivo y de otros países que comercien con ellas, e interferencia en los sistemas financieros nacionales con el pretexto de una posible corrupción o la existencia de fondos procedentes del narcotráfico. Cuba es el país que, desde el inicio de la Revolución cubana, ha sido objeto de más golpes militares y financieros durante más tiempo.
Las rivalidades imperiales agudizadas
El fin de los golpes suaves se debe a la agudización de las rivalidades imperiales. Como ya he dicho, tras la caída de la Unión Soviética, EE.UU. se convirtió en el único país hegemónico del sistema mundial moderno. Esa soledad duró poco tiempo. Las contradicciones propias del capitalismo han llevado a que China se haya desarrollado exponencialmente en los últimos treinta años y se haya convertido en lo que es hoy: la fábrica del mundo. Ya sea de forma aislada o en el contexto de los BRICS, China se ha ido convirtiendo en una potencia hegemónica rival. La rivalidad se ha ido intensificando y adopta diversas formas. En Europa, la guerra de Ucrania tiene como objetivo impedir el acceso de China a Europa y debilitar a su mayor aliado, Rusia. En Oriente Medio, la conversión de Israel en un Estado tecnofascista subimperialista pretende cortar el acceso de China al Mediterráneo y privarla de los recursos naturales de Oriente Medio.
En América Latina, la mano dura es particularmente severa porque China se ha convertido en este continente en el principal socio comercial de muchos países. Además, en América Latina se encuentra uno de los principales países fundadores de los BRICS, Brasil. El símbolo más reciente de la mano dura es la creación de una nueva alianza militar entre EE.UU. y los países “amigos” del subcontinente, una alianza celebrada de manera significativa en Miami en 2026. En este momento, el Escudo de las Américas está formado por 12 países: Argentina, Bolivia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Trinidad y Tobago y EE.UU. Destacan por su ausencia tres importantes países de desarrollo intermedio: Brasil, Colombia y México. Estos son los países que deben permanecer en alerta máxima si no quieren caer en manos de la extrema derecha (y de EE.UU.) en los próximos tiempos.
El extremismo de alta tecnología
Tras el impulso antisistema, el fin de los golpes de Estado suaves, el uso de la religión política y el recrudecimiento de las rivalidades imperiales, la característica más importante del interregno en el que vivimos es el uso de las tecnologías más sofisticadas de manipulación de la conciencia por parte de la extrema derecha, ahora con el recurso masivo a la inteligencia artificial y a la forma en que los algoritmos logran dirigirse a millones de personas como si se dirigieran a cada una de ellas de manera individual y personalizada con mensajes personalizados. Se trata de algo mucho más sofisticado y eficaz que la infame Cambridge Analytica, la máquina informática de manipulación de la deliberación política responsable del Brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea).
Este tipo de inversión capitalista en los partidos y candidatos de extrema derecha tiene un coste y eso explica, en parte, por qué los partidos de extrema derecha son, en general, los mejor financiados. El caso de Colombia confirma plenamente este hecho. La orgía de alta tecnología de Abelardo de la Espriella está bien descrita en el artículo de Lucas Ospina publicado en La Silla Vacía el 29 de mayo de 2026. Se trata del mismo proceso que llevó al poder a otros políticos de ultraderecha o de extrema derecha en América Latina después de Trump en Estados Unidos (2016): Bukele en El Salvador (2019), Bolsonaro en Brasil y Milei en Argentina (2023), Noboa en Ecuador (2023), Mulino en Panamá (2024), Asfura en Honduras (2025), Kast en Chile (2025), Fernández en Costa Rica (2026). En estos días es posible que a este grupo se sume Keiko Fujimori en Perú.
La eficacia del extremismo de alta tecnología no puede subestimarse en absoluto. En las elecciones de Colombia de 2022, muchos comentaristas consideraron que, si la campaña electoral hubiera durado una semana más, tal vez el candidato de extrema derecha, Rodolfo Hernández, habría ganado las elecciones.
La suerte está echada
En otro texto abordaré el futuro de la izquierda en este nuevo contexto en el que se ha convertido en el único baluarte de defensa de la democracia frente a la extrema derecha. Será importante preguntarse entonces: ¿cómo construir una concepción de la democracia que no se suicide al elegir recurrentemente a fascistas?
En el contexto actual estadounidense y europeo, a los demócratas no les queda otra opción que votar por el partido o el candidato presidencial de izquierda. La extrema derecha utiliza la democracia para llegar al poder, pero, una vez en él, no tiene ninguna intención de ejercerlo democráticamente. El populismo es hoy su mejor disfraz. Por ejemplo, en Portugal, el partido Chega, el segundo más grande, es de extrema derecha. En el momento de escribir estas líneas, se opone a la reforma de la legislación laboral propuesta por el gobierno de derecha tradicional actualmente en el poder. Pero es evidente que, una vez en el poder, el partido Chega propondrá la misma ley u otra aún más perjudicial para los trabajadores. Ante esto, votar hoy a la izquierda significa, ante todo, salvar lo que queda de la democracia para luego intentar fortalecerla de modo que pueda resistir con más convicción frente a los falsos demócratas. Si la izquierda “olvida” la condición de fortalecer la democracia, estará cometiendo un suicidio.
En el futuro habrá que abordar otros temas. ¿Cuál será el futuro de la izquierda si la derecha tradicional desaparece por completo? ¿Cómo construir una concepción de la democracia que no se suicide al elegir repetidamente a fascistas? ¿Cómo será la izquierda del futuro? Son los temas de un próximo texto.
Por ahora, la opción que se impone a los demócratas se expresa en dos mensajes que han dirigido personalidades importantes a los candidatos que disputarán la segunda vuelta de las elecciones en Colombia.
El mensaje de Donald Trump al candidato Abelardo de la Espriella en su red social:
¡Felicidades al candidato presidencial colombiano, «El Tigre», Abelardo de la Espriella, un líder inteligente, fuerte y decidido, por su victoria decisiva en la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas! Abelardo lucha incansablemente por su gran país y por su pueblo, y los ama, al igual que yo en los Estados Unidos de América. Como presidente, Abelardo tendría un gran éxito liderando a Colombia para hacer crecer la economía, crear empleo, promover el comercio, frenar la inmigración ilegal, combatir el crimen y las drogas, y restaurar la Ley y el Orden. Abelardo se enfrentará a un marxista de extrema izquierda en la segunda vuelta, el 21 de junio; los resultados de estas elecciones son muy importantes para el futuro de Colombia y para su relación con Estados Unidos. Debido a sus enormes logros en la vida y a su apoyo político hacia mí, personalmente, es un honor para mí brindar a Abelardo mi apoyo total e incondicional. «El Tigre» Abelardo de la Espriella no decepcionará al maravilloso pueblo de Colombia!
(Presidente Donald J. Trump)
Mensaje a Iván Cepeda del padre jesuita Pacho de Roux, quien fue presidente de la Comisión de la Verdad creada tras los Acuerdos de Paz con la guerrilla en 2016, y a cuyo Consejo Asesor tuve el honor de pertenecer:
Iván, no soy quien para darte consejos, pero va esta palabra, amiga.
Felicitaciones. Has hecho muy buena campaña.
Has mantenido la esperanza.
Has entregado la vida.
Es el momento de aceptar la verdad de la realidad.
Está bien que hagan el recuento de los votos, pero ese no es el punto, la verdad que entregan las urnas es el grado de postración moral y de oscuridad en gran parte de nuestra sociedad, independiente de cuáles sean las manipulaciones o los miedos que causan esta situación.
Y hay que avanzar desde esa verdad.
Tú tienes razón cuando hablas de una revolución moral, de un cambio de conciencia.
El momento tuyo es ahora, para convertir la verdad del resultado en una llamada a retomar con entusiasmo lo que tú encarnas:
La pasión audaz y la esperanza, con el desafío y la generosidad, y la perseverancia en medio de las dificultades como lo has hecho; y en este momento crucial, esa misma pasión ética se desinfla si usas su valor para atacar al contrincante por su bajeza moral de mafioso y corrupto que bien conocemos.
No dejes que tu pasión se vaya hacia allá, porque no vas a cambiar al corrupto, ni vas a mover la conciencia oscura de quienes lo siguen, al contrario, los vas a empecinar en el mal.
Tu integridad moral, tu entusiasmo por la causa, tu llamada a la Esperanza, tu discurso transparente ético positivo valiente, es lo necesario ahora.
Tú lo tienes. No rebajes tu grandeza moral haciendo campaña contra el abismo moral, dedica estas tres semanas a entregar a todas y todos lo más grande de ti mismo.(Pacho de Roux, padre jesuita)















