Washington es Jerusalén
y Nueva York, Nuevo Belén;
allá está el rey de los banqueros
sangre del oro sus dividendos.("Los magos del petróleo" Víctor M. Arbeloa – Luis Pastor) 1
La letra original de esta canción la oí por vez primera en 1972; la cantaba el grupo teatral Tábano en el marco de un espectáculo rupturista para la época: Castañuela 70. Acosados por la censura y celebrados por un público entregado y entusiasta, los componentes de ese teatro alternativo, que marcó toda una época, se vieron desbordados, arrollados casi por el éxito obtenido.
En plena crisis energética, que tantas y tan graves consecuencias tendría para Occidente, y especialmente para España, la dimensión global de la industria petrolera quedó patente al marcar el carácter de nuestro desarrollo. Desarrollo que, desde entonces, no ha hecho otra cosa que depender cada vez más de las energías fósiles en detrimento de las energías renovables y de la economía verde. A día de hoy, y ante la emergencia del cambio climático, los diferentes polos de poder se resisten a aceptar lo que no es sino una evidencia para cualquiera: el petróleo, junto con el gas y el carbón, tiene los días contados. Son energías en trance de extinción. Pero es precisamente en esa agonía, donde lo viejo aún subsiste y lo nuevo no acaba de nacer, donde florecen toda clase de pesadillas que, arraigadas en el ámbito de la economía, despliegan sus flores malignas en las esferas de nuestra cultura: política, social, psicológica, etcétera.
Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución del Bloque del Este, el mundo entró en una dinámica que, prometedora al principio, se ha tornado con el paso del tiempo en una ciclogénesis que amenaza con arrastrarnos a todos a una tormenta de dimensiones apocalípticas.
Aquel actor que pretendía ostentar la hegemonía del mundo globalizado por la embestida de un capitalismo desregulado de signo neoliberal, los EE.UU., ha entrado en una crisis sistémica que compromete gravemente los cimientos de su dominio. Una deuda impagable, así como la crisis demoledora de un crecimiento insostenible, hacen de ese modelo un paradigma inviable.
Lo sensato para cualquier dirigencia en esa situación sería emprender un análisis cuya base científica, contrastada con la información obtenida desde otras instancias, proyectara un futuro verosímil. En lugar de diseñar los contornos de una fantasía arraigada en antiguos réditos y beneficios ya periclitados, el momento exige una clase dirigente capaz de aprender de sus propios errores, insuficiencias y limitaciones. Errores, insuficiencias y limitaciones que, al quedar asumidos en el propio análisis, podrían liberar un potencial creador extraordinario en la preparación de una nueva estrategia de desarrollo practicable.
Sin embargo, queda claro una vez más que el hombre es el único animal que tropieza no una, sino mil veces en la misma piedra. Piedra hecha de arrogancia, orgullo, estupidez y egoísmo suicida. Así, por ejemplo, el actual equipo que pilota desde la Casa Blanca los destinos de nuestro planeta.
El análisis inteligente de cualquier consejero —y no el producido por ese engendro denominado Inteligencia Artificial (IA) — dictaminaría un cambio de rumbo en la derrota de la nave norteamericana: integración, a través de las Naciones Unidas, de un Centro de Control de lucha contra el cambio climático; creación de una tasa universal para implementar programas de crecimiento en países atrasados; planificación familiar acorde con las necesidades del planeta; cooperación con las potencias emergentes para un efectivo desarme termonuclear y convencional; construcción de una plataforma que impulse la economía verde y las energías renovables; recuperación de la capa terrestre, así como de toda la biomasa contenida en ríos y mares, por la vía de una descontaminación acelerada; progresiva pacificación de todos los conflictos presentes y/o latentes en nuestro mundo.
Sin duda habrá quien diga que todo cuanto acabamos de sugerir, y aun afirmar, como una perentoria necesidad para sobrevivir al caos y confusión que hemos producido, no es otra cosa que un sueño. Desde luego… un sueño que dentro de poco devendrá exigencia universal, objetiva e inaplazable, si de lo que aquí se trata, en verdad, es de conjurar los fantasmas de autodestrucción que hemos convocado mediante una acción política irresponsable. Asimismo, no faltarán voces que digan que los tiros no van por ahí, no, sino en la exacta dirección contraria; que pongan en tela de juicio una pretensión que, en el mejor de los casos, será tachada de naíf, cuando no tildada como carente de juicio.
Sí, es evidente que los acontecimientos no van en la dirección adecuada. Y así nos va.
En lugar de emprender una política de profunda corrección del sistema, de aceptar la existencia de un mundo multipolar en el que nadie podrá ostentar una hegemonía absoluta, los EE.UU. se han lanzado a una carrera que refuerza el complejo militar-industrial, niega el cambio climático, despliega una política de carácter neo-colonial con relación al resto de América y pretende, en el límite de lo imposible, sojuzgar al continente europeo mediante el chantaje que supone la propuesta americana relativa a la OTAN: Si no aceptamos incrementar notablemente el presupuesto en armas y bagages que EE.UU. nos suministre, quedaremos a merced de Rusia en la guerra que se libra, por quinto año consecutivo, en tierras de Ucrania. Es decir, que Donald Trump se lavará las manos si Putin decide emprender una acción bélica de mayor envergadura contra los países bálticos o contra aquellas naciones que, otrora, integraban el Pacto de Varsovia.
Paralelamente a esta ofensiva, la suerte de la humanidad libra una batalla decisiva en Oriente Medio. El eje Washington-Tel Aviv, no contento con el genocidio emprendido en Gaza, la constante sangría en Cisjordania y la invasión del Líbano, prepara una limpieza étnica que liquide, de una vez por todas, la presencia de cualquier palestino en su patria. Es la política que en España conocemos bajo el rótulo de «Gaza, ciudad de vacaciones», toda vez que los planes del emperador no son otros que los de construir un inmenso complejo residencial en ese territorio.
No terminan ahí los despropósitos de la actual administración estadounidense. La política de alianzas mantenida con las grandes compañías tecnológicas pretende entronizar la Inteligencia Artificial (IA) como el fundamento a partir del cual el futuro se desplace hacia esa maquinaria que, sin custodia alguna, determine la evolución y el ulterior destino de nuestra especie. Ahí es nada.
Frente a esa política desequilibrada, escasas voces —en realidad, muy pocas— son las que desentonan en el coro funesto del Nuevo Orden Global (NOG) que nos preparan para el inmediato futuro. De entre todas ellas, dos, sin duda, son las más importantes en nuestro hemisferio. La primera ha sido la del Papa de Roma, quien, preocupado ante el sesgo que toma el orbe que hasta hoy hemos conocido, condena sin paliativos la deriva que nos quieren imponer mediante una Inteligencia Artificial (IA) desregulada, librada a su propia lógica y para la cual la humanidad, en un momento dado de su devenir, no será otra cosa que un estorbo. Un estorbo del que habrá que desembarazarse para que el mundo sólo pertenezca a los nuevos dioses, los cuales poca cosa tendrán ya de humanos: máquinas-herramientas destinadas a producir replicantes que, superado el umbral de la muerte, alcancen las cotas últimas de la inmortalidad, que es, en verdad, el fantasma que alimenta esta desquiciada empresa.
La segunda voz, de menor rango en el ranking del mundo mundial, no es otra que la del Primer Ministro español, Pedro Sánchez, quien, harto de las baladronadas y desplantes del emperador y sus acólitos, además de nombrar y condenar el genocidio que, a cielo abierto, tiene lugar en Palestina y Líbano, no se aviene a las razones que los EE.UU. quieren imponer en nuestro suelo: razones propias de un despotismo errático, que, para garantizar su dominio sobre los demás, necesita desesperadamente controlar toda la energía disponible, así como la voluntad de sus socios europeos hasta reducirlos a la condición de súbditos.
Hastiado, pues, de una política que trata a Europa como si fuera lo que parece, es decir, un protectorado de los EE.UU., Pedro Sánchez ha iniciado una vía exploratoria que nos lleva a otra posibilidad, quizá más estimulante en la media y aun larga distancia: China.
«Me voy a China / para orientarme un poco/», escribió Blas de Otero.
Siguiendo, pues, la estela del bardo, Pedro Sánchez ha decidido orientarse un poco en las aguas turbulentas de nuestro mundo yendo a China no una, sino varias veces. Lo cual ha colmado la paciencia del mandatario norteamericano junto con la negativa, por parte del actual Gobierno de España, de no autorizar el despegue de aviones de combate, o bombarderos, de base española alguna contra Irán.
Semejante comportamiento no ha gustado nada en Washington. Tampoco en Tel Aviv, donde un airado Netanyahu, descompuesto, amenazó a España con pagar muy caro su actual línea política.
Como si las Moiras hubiesen puesto en marcha una orden surgida del vientre del averno, de pronto, una serie de resortes se han desatado contra el actual Gobierno de España: denuncias de corrupción, sospechas de tramas mafiosas, comportamientos indignos por parte del antiguo presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, han inundado las portadas de los diarios, emisoras de radio y televisión, tertulias del más variado signo… y juzgados.
Al parecer, respaldadas las investigaciones por revelaciones procedentes de Washington, el expresidente Zapatero, uno de los más firmes apoyos del actual Ejecutivo, ha sido descubierto poco menos que como el peor villano del Reino. Corruptor, y corrompido hasta la médula de los huesos, su persona no sería sino la punta de lanza de un sistema criminal de ramificaciones internacionales cuya matriz, Venezuela, estaría en el origen de la red descubierta por los servicios de información de los EE.UU.
Haciendo caso omiso de la presunción de inocencia, la oposición y sus aparatos de propaganda, piden la convocatoria inmediata de elecciones generales. Elecciones que, claro está, sólo ellos pueden y deben ganar.
Conocemos el guion de esta película. La misma se desarrolló en Brasil contra Lula da Silva. También él fue acusado de estar en el origen de un sinfín de corruptelas. El magnífico resultado que dieron esta y otras artimañas parecidas precipitó su salida del Gobierno y la asunción del mismo por parte de Jair Bolsonaro, personaje cuya figura se comenta por sí sola. Al final, todo se demostró como un gran montaje para tumbar al Gobierno del Brasil, cuya política no era grata a los ojos de Washington.
¿Se acuerdan?
Podríamos recordar, asimismo, lo sucedido en Italia durante los años de plomo. La novela de Leonardo Sciascia, El contexto, nos pone en la pista de los juegos del Poder para evitar que Gobierno alguno lograse alterar el orden establecido por la lógica de la Guerra Fría. De esa novela se hizo una magnífica adaptación cinematográfica, Excelentísimos cadáveres (1975), de Francesco Rosi, la cual, en ciertos aspectos, resalta mediante imágenes de gran impacto aquello que el texto evoca con el ritmo propio y diferente de la narración de Sciascia.
Novela y película, ambas, las recomiendo vivamente a quien quiera comprender mejor todo cuanto ocurre hoy, tanto en España como en el resto del mundo. Las tramas del Poder, sus mecanismos y resortes esenciales, son puestos al descubierto por el gran narrador de Racalmuto (Sicilia), para quien la indagación de la verdad era una de las tareas esenciales del quehacer literario.
Esa trama, en la actualidad y en España, exige defenestrar del Gobierno a un presidente tan comprometido con la reforma del Estado como es Pedro Sánchez. Con ese propósito, tanto fuerzas internas como exteriores están desplegando medidas que tratan de desprestigiar, por la vía de la difamación, todo aquello que no han podido alcanzar a través de las urnas.
Poco importa la «presunción de inocencia». Se trata, sobre todo, de crear un clima irrespirable; un clima que genere un sentimiento de alarma general que se extienda como una mancha de petróleo en el océano, hasta que prenda el gran incendio. Porque si el ejemplo que está dando España se contagia a otros países europeos, la política de la extrema derecha internacional no podrá someter Europa a los designios del Imperio.
Esta es la clave de bóveda que sostiene toda la estrategia de Washington, cuya larga mano puede neutralizar, de no actuar a tiempo, el proyecto europeo. Un proyecto que sólo podrá existir contra el asalto a la Razón y por la libertad de quienes contemplan el mundo desde otra mirada que no es, por cierto, la de un expolio imperecedero.
Nota
1 El último verso es una interpolación que partió, tal vez, del grupo Tábano. Lo transcribo tal y como lo recuerdo de memoria. El verso escrito es este otro: «Cantan los ángeles sus dividendos».















