La visita del presidente Donald Trump a China, realizada del 14 al 15 de mayo de 2026, fue la primera de un presidente estadounidense en casi una década. El mismo Trump había estado en China durante su primer mandato en 2017.

A partir de la Cumbre del pasado 14 de mayo de 2026 que se realizó en Beijing entre el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo de China Xi Jinping, la relación entre ambas superpotencias ha experimentado una evolución compleja y llena de matices transitando desde la confrontación arancelaria extrema hasta una interacción diplomática que algunos analistas han calificado de “estabilidad constructiva” y otros de “viraje pragmático y transaccional”.

Trump viajó al gigante asiático con Marco Rubio, su secretario de Estado, y una comitiva presidencial, además de una nutrida lista de grandes líderes empresariales estadounidenses encabezados por Elon Musk y Tim Cook.

Desde la llegada de Trump al aeropuerto internacional de Beijing, se le recibió con alfombra roja, amplias filas de jovencitas con mensajes de bienvenida y una de ellas entregándole un ramo de flores en una ceremonia que contó con la participación del vicepresidente de China y otras autoridades del país anfitrión. Fue un buen comienzo desde el punto de vista de las formas diplomáticas.

Luego se le atendió con las más elevadas normas de protocolo en las ceremonias frente al Gran Palacio del Pueblo en la Plaza de Tiananmen que incluyeron la revisión de las tropas y la entonación de los himnos nacionales.

El programa continuó en la noche con el gran banquete de Estado entre los dos mandatarios y sus comitivas. En general, un clima de hospitalidad, discursos amistosos y cortesía efusiva. Las largas filas de niñas y niños saltando y cantando con las banderas de los Estados Unidos y de China impresionaron especialmente al invitado.

Incluso Xi invitó a Trump a visitar el Complejo de Zhongnanhai, la residencia privada de Xi en Beijing y el equivalente del Kremlin o de la Casa Blanca en China. En términos de protocolo, la excelencia de las atenciones fue inobjetable.

Sin embargo, desde el principio el jefe de Estado Xi estableció las líneas rojas de la Cumbre destacando que China considera a Taiwán como el asunto más importante de la relación bilateral con los Estados Unidos y que ve a la isla como parte de su territorio, por lo que rechaza cualquier apoyo a la independencia taiwanesa. También Xi advirtió de una confrontación o colisión en el estrecho de Taiwán. En general, Taiwán fue el asunto más delicado, sensible y controversial de la visita.

En respuesta, Trump se mantuvo en la posición tradicional de los Estados Unidos, según la cual se adhiere al statu quo en el estrecho de Taiwán y se opone a cualquier intento de cambio o amenaza a la paz y la estabilidad, sea por medio de una intervención militar de China en la isla como de la declaración de independencia por parte del gobierno de Taiwán.

A la vez, se mantuvo en general conforme a los postulados ya clásicos de ambigüedad estratégica, según los cuales no dice si apoyaría o no militarmente a Taiwán en el caso de una intervención militar de China en la isla.

Sin embargo, conforme se fue desarrollando la Cumbre entre los dos jefes de estado, el propio Trump fue suavizando la postura estadounidense sobre Taiwán, llegando a criticar los riesgos de un conflicto armado a miles de kilómetros de distancia de su país y congelando temporalmente ciertos paquetes de venta de armas a la isla.

Más concretamente, dejó en pausa la aprobación de un paquete de 14.000 millones de dólares para Taiwán, tema que está en discusión en el Capitolio desde el año pasado. Sin embargo, Trump no estuvo de acuerdo en cancelar definitivamente la venta de armas estadounidenses a Taiwán. Es decir, que se limitó a ofrecer cortésmente una pausa.

Y empezó a utilizar la ayuda militar a Taiwán como una ficha de negociación para obtener ventajas para Estados Unidos en temas de agricultura y comercio. Según algunos analistas, tal posición debilita las 6 Aseguranzas aprobadas durante la era Reagan en relación con Taiwán, las cuales prohibían a los Estados Unidos consultar con Beijing sobre la venta de armas a la isla.

A estos cambios de Trump se les ha calificado como un giro en temas de seguridad. Es decir, que conforme a su visión pragmática y transaccional de los asuntos de Estado, Trump comenzó a utilizar a Taiwán y la venta de armas a la isla como parte de una negociación para obtener ventajas de China en otros aspectos de la agenda en discusión durante la Cumbre.

Incluso durante la reunión Trump llegó a afirmar que en Taiwán “tienen en el gobierno ahí y ahora a alguien que quiere ir hacia la independencia”, con clara referencia al presidente Lai Ching-te.

Lo cual se interpretó como un importante guiño hacia el jefe de Estado Xi Jinping y también como un coqueteo con la oposición en Taiwán representada por el Kuomintang (KMT) o Partido Nacionalista Chino que aspira a regresar al poder en las próximas elecciones presidenciales.

Y además pasó a la carga contra la industria de semiconductores de la isla al afirmar que: “Taiwán le robó el negocio de chips a Estados Unidos hace décadas”, un negocio que ahora representa el 90% de los semiconductores del mundo. Al mismo tiempo, repitió su fórmula de trasladar la industria de los semiconductores al territorio estadounidense. Aquí el giro ya no fue solo en seguridad sino también en temas industriales.

Tal tipo de giros realizados durante una cumbre con Xi en China sí constituyó una abierta forma de distanciarse del gobierno del Partido Democrático Progresista (DPP) de Taiwán y de acercarse todo lo posible a la superpotencia china.

Incluso al final de la reunión, Trump lanzó a la opinión pública mundial su advertencia:

Espero que Xi tome Taiwán cuando yo ya no esté en el cargo.

Lo cual, además, se puede interpretar por algunos como una forma de ir legitimando una futura intervención militar de China en Taiwán.

Sin embargo, los giros y los guiños de Trump en su política exterior hacia China y hacia el Kuomintang (KMT) no representaron un cambio radical en la posición de los Estados Unidos hacia Taiwán, que se mantiene fiel a sus líneas básicas. Incluso en el momento menos pensado, Trump puede cambiar de línea y aprobar la venta de los 14.000 millones de dólares en armas para Taiwán, según sea la respuesta del gobierno chino a sus variadas demandas económicas, agrícolas y comerciales.

Si cabe agregar que el viraje pragmático y transaccional de Trump hacia China ha generado respuestas en otros actores geopolíticos del Indo-Pacífico. Es interesante, por ejemplo, la respuesta de Japón que ha consistido en:

1.Duplicación del presupuesto de asistencia en defensa a los países ribereños del Mar de la China Meridional.

  1. Armamento y blindaje del eje Filipinas-Japón.

  2. Reactivar la producción de armas y la base militar autónoma en el territorio japonés.

Es decir, respuestas que apuntan hacia un rearme de Japón y que impulsa su actual primera ministra, la señora Sanae Takaichi, conocida como la Dama de Hierro de Japón, con una posición dura en materia de defensa y seguridad frente a los eventuales avances de China.

Así, Tokio empieza a fortalecer sus propios presupuestos y políticas de seguridad y defensa, en vez de depender únicamente de los Estados Unidos. Aunque siga siendo el aliado estratégico más importante de Washington en Asia y uno de los principales miembros del selecto grupo del Quad, integrado por Estados Unidos, Japón, India y Australia.

Obviamente, durante la cumbre de Xi con Trump en Beijing se trató una agenda amplia de asuntos entre los cuales podemos mencionar los siguientes:

  • China acordó comprar aviones Boeing a los Estados Unidos: se habló inicialmente de unas 200 unidades, pero luego al final de la reunión no se precisó el número.

  • Cooperación en inteligencia artificial: al final, China contestó que sí está de acuerdo, pero con un lenguaje diplomático estándar.

  • Acuerdo agrícola: China aceptó, pero sin especificar detalles.

  • Compra de petróleo estadounidense: China no dijo ni sí ni no y se concentró en promover la paz en el Golfo Pérsico y en Medio Oriente.

  • Tierras raras: se habló del tema, pero no se detallaron acuerdos.

  • Reapertura del estrecho de Ormuz: sin acuerdos para no herir los sentimientos del gobierno de Irán que estaba negociando el tema.

  • Exportaciones de chips: sin acuerdos precisos.

  • Derechos humanos y caso Jimmy Lai: rechazo contundente al tema por parte de China, que considera que son asuntos internos del país.

  • Importación de carne estadounidense: China dijo que sí, pero el tema se traslada a las aduanas para que lo ejecuten.

En general, durante la reunión se acordó una prórroga de la tregua arancelaria que se había acordado en octubre de 2025 en la cita de Busán, Corea del Sur, y se confirmó la distensión comercial. En otros términos, las dos superpotencias ya no se encuentran en una situación de guerra arancelaria o comercial extrema.

Es posible que durante la reunión China haya estado de acuerdo en comprar aviones Boeing, carne y algunos productos agrícolas, pero sin precisar montos para el público. En este tipo de reuniones entre jefes de Estado hay que distinguir entre lo que se acuerda en privado y lo que se comunica al público.

Probablemente hubo algún tipo de acercamiento en temas muy sensibles tales como cooperación en inteligencia artificial y venta de tierras raras a los Estados Unidos.

En general, la relación entre ambas superpotencias pasa por un momento de estabilidad, diálogo y comunicación cordial, aunque la Cumbre no ofreciera demasiados resultados tangibles en temas de interés mutuo.

Hacia el final de la visita y de la Cumbre, el presidente Trump invitó a su homólogo Xi Jinping a realizar una visita de Estado a los Estados Unidos el próximo 24 de setiembre de 2026. Es una excelente ocasión que tendrán para dar seguimiento a los diferentes temas que caracterizan la agenda de la relación bilateral entre ambas superpotencias.

En fin, la cumbre entre ambos jefes de Estado continuará en la ciudad de Washington en septiembre.