La exposición Potosí de Miguel Mesa Posada toma su nombre de uno de los epicentros simbólicos de la modernidad colonial: el Cerro Rico de Potosí (Bolivia), cuya explotación minera articuló circuitos globales de riqueza, violencia y extracción desde el siglo XVI. Sin embargo, lejos de una aproximación historicista, la muestra propone un desplazamiento material y conceptual. El Potosí de Miguel Mesa Posada considera otros sentidos de valor y riqueza presentes en el textil: un territorio de cruces temporales y puntadas reflexivas, donde las herencias culturales de América Latina se tejen, se cubren, se desdibujan.
En la obra de Mesa Posada, el tejido opera como palimpsesto de creencias. Las formas de violencia colonial coexisten con ejercicios de traducción, supervivencia e hibridación capaces de producir nuevas epistemologías, que pueden leerse como formas de inventar nuevos pasados para sostener un futuro abierto a la miscelánea histórica.
El historiador Serge Gruzinski en su libro La mente mestiza, propone que en el encuentro entre Europa y América se habilitaron formas de pensamiento híbridas, las cuales, no obstante el despojo y abuso a las poblaciones locales, generaron insumos intelectuales y artísticos claves para un mestizaje cultural (entendido más allá de lo racial). Las mezclas que implica la colonización en todas sus formas materiales y simbólicas, pueden ser leídas como herencia creativa al caos de la “conquista”, para destacar en ese encuentro una fuerza que transformó al Viejo Mundo y es en el encuentro con el pensamiento de las comunidades autóctonas que inician las dinámicas de la globalización. Hoy, esa globalización continúa en medio de múltiples tensiones, permitiendo conectar imaginarios y saberes más allá de fronteras rígidas. En Potosí, Mesa Posada dialoga con esta perspectiva al insistir en que la memoria, la cultura material y los pasados enfrentados pueden todavía construir algo nuevo.
En la presente muestra se disuelven las fronteras entre arte e historia, entre lo popular y lo industrial, entre objeto utilitario y obra estética. Los materiales son aquí reconfigurados como campo de experimentación sensible y el gesto de Mesa Posada se aproxima al de un explorador que quiere encontrar algo nuevo.
Desde ese lugar, el mapa deja de ser mero documento geográfico para convertirse, al dialogar con el textil, en un relato abundante en capas. Las líneas cosidas sobre la cartografía se asemejan a venas por donde circula un capital material y simbólico permanentemente extraído. El brillo del metal ,presente a lo largo de la exposición, enuncia la tensión que emerge entre la sacralidad de la tierra para unos y la ansiedad histórica asociada a la extracción del oro y la plata para otros. Equivalente al uso del metal como tránsito y ofrenda para los primeros, y como fuente de acumulación asociada a la lógica extractivista para los segundos.
La confrontación entre representaciones europeas y precolombinas es clave. Mientras la cartografía moderna consolidó el territorio como superficie de control, delimitación y soberanía, muchas culturas originarias configuraron el mapa como lugar habitado, tejido de relaciones y presencia tutelar —la montaña, el altépetl, es entidad viva y eje simbólico de comunidad. En este sentido, la reflexión de Brian Harley en su libro “Mapas, conocimiento y poder” resulta iluminadora: los mapas no son instrumentos neutrales, sino documentos inherentemente políticos. Las proyecciones, los símbolos y los silencios cartográficos son seleccionados para reforzar estructuras de autoridad y legitimar soberanías específicas. El mapa, por tanto, no solo representa el mundo, lo ordena según un régimen de escritura, lectura y dominio.
En Potosí, el gesto de coser y develar los mapas no es meramente formal, es una operación crítica. La aguja y la mano que rasgan el papel interrumpen la pretendida objetividad cartesiana y la reescriben, convirtiendo estos documentos en colisiones mestizas. El textil introduce intersticios, capas y tramas aún por des-cubrir. América reaparece así como tierra incógnita, no en el sentido colonial de lo desconocido a conquistar, sino como territorio que se reescribe. Permeable y crítico frente a las narrativas que lo han fijado en el imaginario universal de abundancias.
La exposición propone, en última instancia, pensar la riqueza más allá del metal y del brillo. Si el imaginario de Potosí condensó la promesa de opulencia infinita, las obras de Mesa Posada sugieren otra forma de riqueza: la que emerge de la multiplicidad, de la memoria que no se clausura y de la capacidad de hibridar tradiciones para inventar futuros posibles basados en nuevos pasados.
Cada puntada es, entonces, un gesto mínimo pero insistente, una manera de reescribir el final de la historia desde la trama.
(Texto por María Wills Londoño)














