Quizás el tono que más le hace justicia a la pintura de Ruffinengo es el de la pregunta. La pregunta por develar el misterio de lo que está viendo y sintiendo. La poesía de la luz que llega a los objetos no ofrece respuestas contundentes, y ese sentimiento es el que guía la búsqueda del pintor durante cinco décadas. Parece que una nostalgia invencible lo acompaña y pinta cuando sus emociones son hondas. De aquel camino nunca sabe si saldrá hacia la mágica ternura o si el drama cósmico terminará imponiéndose. Cuando logra ubicarse justo en el medio, llega a la síntesis perfecta, consigue la cromaticidad justa que lo anima desde adentro. Cuando no pinta, el tiempo es sólo la espera hasta llegar nuevamente a un estado poético confidencial.
Su aventura con la pintura comenzó de manera autodidacta cuando tenía 36 años. Guiado por la intuición, observa los rincones de su casa como si ésta fuera el mundo, sus muebles y objetos le sirven de modelo para contar una historia que todavía no sabe bien cuál es, pero le gusta. Para respirar un poco, fabrica ventanas donde imagina paisajes de ensueño con la elegancia lánguida de cipreses, montañas para curvar la llanura y deja la horizontalidad para las nubes. Sabe que no debe demorarse en la condición soñada del paisaje, debe tener los pies en la tierra y de vez en cuando sale a buscar por las esquinas de Gálvez la dulce geometría que lo tranquiliza. Busca recovas como motivo para pintar arcos, y paredones y calles con las cuales ensayar los finos matices del color y la serenidad de las sombras.
Son los años sesenta y escucha que le dicen naif, primitivo e ingenuo, pero como todo lo está conociendo, no le preocupa. Mientras se interioriza en ello, ocurre algo que lo paraliza. Los bellos días terminan cuando la muerte lo toca de cerca. Una incierta vigilia se apodera de su mente. Desde allí inicia un largo camino por entender ahora otra cosa. Todo lo que antes veía con la lupa de lo maravilloso, ahora lo ve con los ojos del fatalismo. El duelo, la soledad y el silencio —terrible silencio—, se vuelven la materia con la que se enfrenta el pintor para develar el oscuro misterio que no comprende. La década del setenta lo tomará por completo bajo estos pensamientos y en una entrevista dirá: “Soy pesimista, desde un interior, sentado en una silla, veo transcurrir mi vida sin otra perspectiva que la muerte”. Comienza a sentir más fuerte el llamado de la pintura metafísica, que quizás en él sea la voluntad para perseguir por medio del arte el enigma que anima el universo.
Acechado por lo divino se convierte en el pintor de la penumbra y desde allí, poco a poco, atraviesa las distintas horas del día y el ritmo que más logra comprender es el del crepúsculo. En la resolana de misterio de aquel momento encontrará el camino de la redención, desde donde irá levantando cuadro por cuadro la saturación de sus cielos, subido a una meditada fantasía que lo trae de regreso a la ternura. En los años noventa llegan recuerdos que vienen de lejos. Las incógnitas del suburbio ahora son habitadas por acróbatas, los primeros personajes habilitados a vivir en su paisaje. Ha dedicado tanto tiempo a la angustia que ahora, para que la pintura no se vuelva rutina, busca desatar lo mágico. Ya no puede atravesar el plano de la misma manera que lo hacía antes. Despunta el vicio de contornos nítidos, pero no fríos, en pisos cuadriculados. Cielos atrevidos, verdes y auriazules convierten a la metafísica en un juego divertido. Quiere pintarlo todo y para eso hay que olvidarse de todo.
(Texto de Cristian Osuna)














