Esta muestra de Marina Daiez, la segunda en la galería, la encuentra en un momento de consolidación, en el que su obra se afirma en torno a un marcado impulso narrativo. La artista concibe esta exhibición casi como una obra literaria en un formato expandido: un relato que narra las vidas de seres-plantas, organismos híbridos cuya existencia parece desplegarse en un tiempo propio. El título incorpora la palabra “ontogenia”, término proveniente de la biología que designa el desarrollo vital de un organismo desde su gestación hasta la madurez y la senescencia. Ese deseo de narrar se enlaza aquí con una reflexión sobre las formas en que la vida deviene, se transforma y se relaciona con aquello que la rodea.

Marina retoma de los escritos de Verónica Gago la noción de “cuerpo-territorio”: una perspectiva que plantea la imposibilidad de pensar un cuerpo separado de las condiciones geográficas, económicas, culturales y afectivas que lo constituyen. El cuerpo existe siempre con otros, incluidos los agentes no humanos; toda vida acontece en una trama de interdependencias. Como escribe Gago, se trata de “una continuidad política, productiva y epistémica del cuerpo en tanto territorio”, donde el cuerpo aparece como una composición de afectos, recursos y potencias que exceden lo individual.

Esta historia de seres se despliega tanto en las pinturas como en el carácter instalativo de la exhibición. La idea de recolección —y también de colección— ocupa un lugar central. Grandes figuras construidas a partir de elementos fabricados y encontrados parecen “cosechar” las pinturas, seleccionándolas según afinidades secretas. Para Marina, situar las obras dentro de un escenario habitado por estos seres, junto a flores secas adheridas a las paredes o pequeños bancos que rodean las columnas, resulta esencial. La neutralidad del cubo blanco, intercambiable y deslocalizado, es precisamente aquello de lo que busca apartarse.

Las pinturas evocan una génesis de la vida donde no existe una separación nítida entre el ser y el entorno. Las lágrimas se transforman en agua que nutre el crecimiento vegetal; las superficies vibran en una proliferación de detalles que parece desbordar los límites del marco, como si la energía de las imágenes continuará más allá del fragmento visible. Entre las obras aparecen también guiños históricos: la cita de un ombú tomado de una pintura de Prilidiano Pueyrredón, resuelto aquí mediante una pincelada más gestual, o referencias a la paleta de Raquel Forner y otras artistas surrealistas.

En la sala de subsuelo el video “Bolsa”, realizado en conjunto con Victoria Barca, constituye un experimento audiovisual que busca traducir al lenguaje de la imagen el ensayo The carrier bag theory of fiction de Ursula K. Le Guin, prescindiendo de las palabras. Frente al “relato del héroe”, la ficción entendida como “bolsa transportadora” habilita otra forma de narración: una historia de la vida basada en la recolección, la coexistencia y el cuidado. En un territorio post-agrícola, un ser camina fuera del tiempo reuniendo elementos de la naturaleza y partes de sí misma, fragmentos que la constituyen y le permiten vincularse con el paisaje que habita. La pieza propone así una narración poética que no se orienta hacia la resolución de un conflicto, sino hacia un devenir continuo de contemplación y exploración del mundo.