Alfio Alfredo Spampinato nació en Gravina, Italia, en 1925. Llegó a la Argentina al año siguiente y pasó su juventud en Avellaneda. A finales de los años cuarenta, estudió pintura con Pedro Domínguez Neira y luego con Enrique Policastro, que fue su gran maestro. Policastro lo citaba en la estación Retiro y juntos tomaban el tren hasta Muñíz, donde se dedicaban a pintar paisajes. La influencia que tuvo el maestro en Spampinato se evidencia en el motivo de las amplias llanuras desoladas, en la apreciación de la simpleza y la soledad, en el meticuloso tratamiento del color y en la obsesión por capturar la luz. En cambio, hay poco de ese Policastro interesado en la marginalidad suburbana, los interiores sombríos o el trabajador abatido. El desarrollo del estilo propio fue una decisión muy consciente para Spampinato. Solía relatar que un día, al ver sus obras tempranas, pensó que si les cambiaba la firma podría venderlas como si fueran de Policastro, y eso lo impulsó a realizar su propia búsqueda.
La maduración de su estilo coincidió con su establecimiento en José C. Paz hacia 1953, donde compró un terreno junto con su esposa, Francisca, después de casarse y vivir previamente en el barrio porteño de Liniers. En ese entonces, al igual que gran parte del actual conurbano bonaerense, la localidad comenzaba a dejar atrás su condición de pueblito mediante el loteo de barrios destinados a los nuevos trabajadores industriales y la expansión de la infraestructura pública. Spampinato era contrastador de medidores en SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires) y todas las mañanas se levantaba a las cinco para ir a trabajar a capital. Volvía a las cuatro de la tarde, merendaba, a veces dormía una siesta y luego se encerraba a pintar hasta la noche. El paseo de los domingos era salir a caminar con sus hijas, Ana y Susy, y apreciar el paisaje que retrató en sus pinturas. Es casi imposible pasar por el caótico centro de José C. Paz e imaginar que hace no tanto todo eso no era más que campo. En cierto sentido, las pinturas de Spampinato adquieren un carácter documental del paisaje pampeano que empezaba a desaparecer frente al crecimiento urbano.
Las décadas de 1950 y 1960 fueron en las que Spampinato tuvo mayor inserción en los circuitos porteños de legitimación artística, expuso individualmente en galerías como Witcomb, Rubbers, Alcora y Dinasty, además de en varios salones. Contrario a esta idea de un pintor solitario, ajeno a las pretensiones económicas o al reconocimiento, en aquella época hizo un gran esfuerzo por difundir su obra. Los jueves o viernes viajaba a las inauguraciones y llegaba a su casa en tren a las diez u once de la noche, donde lo esperaba Francisca para que le cuente cómo le fue. Si bien pintaba por gusto y tenía la costumbre de regalar sus obras, Spampinato también tenía la intención de venderlas. En privado decía estar convencido de su valor, aunque admitía que el reconocimiento y el dinero probablemente le llegarían recién a sus nietos. Merendando una tarde en Polvorines, su hija Ana me comentó: “durante su auge él se involucraba, iba a las exposiciones, conocía a todo el mundo, era un tipo muy entrador. Entonces serían los años 50 a los 60, 70 hasta… hasta el 86, 88. ¿Cuándo se infartó? En el 86, no, 88...”
El infarto cambió todo. Con algo más de 60 años y un corazón que quedó funcionando con un cuarto de su capacidad, Spampinato debió dejar su trabajo y hacer un cambio rotundo en su estilo de vida. Consecuentemente dejó de ir tanto a la capital y de frecuentar el ambiente artístico de la misma manera. Pero siguió pintando, casi compulsivamente. Pintó tanto que se llenaron los estantes de su taller, después los caballetes, después el piso, hasta quedar tan repleto de obra que la mayoría del espacio se volvió inaccesible. Ana me dice: “Yo creo que se salvó y vivió 20 años más de su vida porque pintaba. Era su cable a tierra”. En sus últimos años, desde aproximadamente 2010 hasta su muerte en 2012, pintar con óleo lo cansaba demasiado así que se pasó a las acuarelas, que desplegaba más cómodamente sobre una mesa.
Más allá de las cuestiones de salud, resulta interesante la relación que tuvo Spampinato con las dinámicas del mercado para explicar su eventual distanciamiento de la escena. En un libro personal, se encargó de registrar a puño y letra a qué manos iban a parar cada una de sus obras (y a qué precio), con la aclaración de que no se acordaba ni sabía qué había pasado con aquellas obras realizadas entre 1950 y 1961. En esta suerte de diario íntimo, se desprenden las desilusiones y frustraciones que sufrió con los manejos del mercado del arte local. Menciona y recalca a aquellos "chantas” que se llevaron sus obras y no pagaron lo acordado, a quienes lo "cagaron”. Con el tiempo, Spampinato empezó a dudar de la honestidad de los marchantes en general, lo que profundizó su distanciamiento del circuito comercial del arte.
Hacia los años sesenta, consolidó el lenguaje que caracteriza la mayoría de su producción. El énfasis en la textura y la concienzuda materialidad de sus pinturas era uno de aspectos que más disfrutaba. Al trabajar con óleo, superponía capas de pintura, a veces de distintos colores, que luego raspaba meticulosamente, en general con espátula, para darle la textura que buscaba, especialmente a los cielos que eran su mayor obsesión. También colocaba arena sobre la pintura e incluso se dejaba una uña larga de la mano para dar los últimos toques a las obras. Si hablamos de aspectos característicos de la obra de Spampinato, inmediatamente resalta también su obsesión por el amarillo, que domina la mayoría de su producción junto al naranja. Su nieta Mariana me contaba que iba a comprarle los óleos (siempre óleos) al local de D’Alessandro y que éste al verla le decía riendo: “tenemos los ocres para tu abuelo". La predilección de Spampinato por este color era tal que le compraba diez veces más pomos de ocre que de cualquier otro. Las pocas obras con tonos bajos, verdes y azules, coincidían con momentos de tristeza o malestar en su vida personal.
La fijación de Spampinato con los ocres sólo puede entenderse al reconocer que su verdadera búsqueda era la luz. El amarillo furioso que predomina en gran parte de sus obras parece sugerir un sol feroz, envolvente. En este sentido, resulta reveladora una reseña que le dedicó el crítico Carlos María Carón, tan apreciada por Spampinato que la conservó celosamente, y que hoy su familia guarda y me la muestra, porque sentía que reflejaba las intenciones de su obra. Entre medio de un lenguaje pomposo e inundado de metáforas, el texto se concentra justamente en la relación del artista con la luz del sol:
Spampinato todo lo que pinta lo transforma en luz, aún pintando sobre cartón, tela o arpillera, logrando la magia de esas tormentas iluminadas, de esos mares convulsos en olas diáfanas, o de su misma alma, que está —al igual que su palabra— llena de luz y cristalinidad. En ocasiones la bruma, la tormenta se despejan y el campo, el mar aparecen en todo su esplendor de naranjas y amarillos, con un sol enceguecedor que impregna la tela; entonces vemos que la luz nos invade sin escrúpulos y que nos sentimos libres, pero no menos que cuando la luminosidad está —a través de tormentas y cielos apagados— invadiendo el espacio de nuestra emoción.
Las escenas que pinta Spampinato son además de profunda soledad y, uno podría imaginarse, de profundo silencio. Los frecuentes girasoles y cardos, de a pocos y aislados, parecen erguirse temblando, avasallados por el sol. Salvo raras excepciones, su obra no muestra personas, y cuando aparecen, solo acentúan la soledad: figuras solitarias, sin rostro ni emoción, o humildes casas, ranchos o botes que sugieren la presencia humana sin mostrarla. Es interesante la descripción que hizo Raúl González Tuñón de su obra, no sólo por la presencia de algunos de estos elementos, sino también por haberlo vinculado con la pintura ingenua, tal como lo hizo Mujica Lainez en su influyente genealogía del arte naíf argentino:
El estilo de Spampinato, que conjuga en formas armónicas y funcionales, realidades y abstracciones con rasgos de ingenuismo auténtico, se ha ido decantando cada vez más en la línea de la profunda simplicidad, el bote, el sauce, el silencio aparecen envueltos en una luz de serena transparencia que toca a fondo en la sensibilidad del espectador.1
La inclusión de Spampinato entre los exponentes del ingenuismo local surge de su muestra individual en la galería El Taller en 1963, el mismo año en que fue inaugurada. Estaba dedicada a difundir lo que entonces empezaba a llamarse “pintura ingenua” y contaba con textos de sala escritos por Mujica Lainez, que luego fueron reunidos en 1966 en un libro que fijó los principales referentes y conceptos que definieron la corriente. Pero la idea del artista ingenuo como ajeno al mundo artístico, a la técnica o a cualquier pretensión de legitimación difícilmente se ajusta a Spampinato, que exhibía con frecuencia, participaba en concursos y había recibido formación de dos maestros. Según cita Oscar Félix Haedo en su estudio sobre la pintura ingenua argentina, el propio Spampinato no se identificaba con el término y prefería definir su obra dentro de lo que llamaba “realismo poético”. El estilo íntimo y personal de su pintura no era consecuencia de una supuesta exclusión del ámbito artístico, sino de una exploración de su propia sensibilidad.
Otro aspecto que resalta es el pequeño tamaño de sus obras, casi todas realizadas sobre hardboard, que él mismo compraba, cortaba, lijaba y preparaba con una mano de tiza y cola. También pintaba ocasionalmente sobre tela (incluida algunas arpilleras), y en su época de mayor integración al ambiente artístico institucionalizado, realizó trabajos de gran formato tras notar que las obras grandes eran las que premiaban en el Salón Nacional. Sin embargo, prefería indudablemente las obras más pequeñas, algo que se exacerbó cuando el infarto limitó la capacidad física que requería producir y mover trabajos de mayor tamaño. Pero esta predilección también respondía a su propia relación con la pintura. Alguna vez expresó que prefería que los cuadros fueran más chicos porque llevaba menos tiempo terminarlos y pasar al siguiente, porque mientras hacía uno ya estaba pensando en el otro. Como si aliviara un deseo inagotable por pintar, o como si el pintar en sí fuera un alivio inagotable.
Es imposible identificar cuándo fue la primera vez que entré en contacto con la obra de Spampinato; cuadros de él cuelgan en las casas de mi familia materna desde antes de que yo naciera. Mis abuelos fueron amigos cercanos de Alfredo y Francisca, una relación que surgió porque sus hijas eran compañeras de colegio y que con el tiempo se convirtió en un entramado de vínculos familiares, viajes, reuniones y anécdotas que se entrelazaron durante décadas. Las obras que veo en las casas de sus hijas, de sus nietas y de mis tías fueron regalos por ocasiones especiales, acompañados por dedicatorias afectuosas. Spampinato claramente comprendía el potencial del arte como herramienta de construcción afectiva, no sólo en el ámbito íntimo, sino también como una forma de manifestar el amor por su barrio. Fue un impulsor activo de la vida cultural en José C. Paz, colaboraba con el funcionamiento del Museo Histórico y organizaba concursos de pintura para niños de la localidad. Vuelvo a pensar en su maestro Policastro y en cómo casi siempre se lo define como un pintor popular, cercano a los barrios. Si bien los cuadros de Spampinato se destacan por la ausencia de gente, por su melancolía y por su quietud desolada, detrás se esconden una sensibilidad y un cariño profundo por su lugar en el mundo y por quienes lo habitaron con él.
(Texto por Juan Allermann)
Notas
1 Citado en Chierico, Osiris. La temporada plástica, 1976. Buenos Aires: Pluma y Pincel, 1977, p. 438.













