¿Sabías que hay 3 partes del cuerpo que te relacionan con el ambiente que te rodea y son clave para mantener un buen estado de salud integral?

Cuando el Dr. Peter Millard (1937-2018), brillante profesor londinense de geriatría, hablaba sobre el más importante de los capítulos de la disciplina, les decía a sus alumnos que sean eficaces, refiriéndose a la prevención de la dependencia y las enfermedades que acompañan al envejecimiento. En resumen, decía: “No pierdan su tiempo ni dinero de los pacientes y de la sanidad pública multiplicando pruebas paraclínicas de identificación de enfermedades si el paciente que está envejeciendo, o ya es mayor, es asintomático. Por el contrario, le harán un gran favor si se dedica a examinar detenidamente su visión, su audición y sus pies”.

El envejecimiento normal se define como el conjunto de procesos moleculares, histológicos, fisiológicos y psicológicos que acompañan al avance de la edad. Es el resultado de la interacción de factores genéticos y de factores del entorno cuyos efectos son acumulativos a lo largo del tiempo.

Como es sabido, la expectativa de vida viene hace años en aumento. Es por esto que es fundamental hacer hincapié en aspectos referentes a la prevención y centrarse, sobre todo en los factores que son modificables por nuestra parte: alimentación, ejercicio, eliminar hábitos tóxicos, disposición de las cosas en el ámbito domiciliario para evitar lesiones, utilizar a conciencia dispositivos auxiliares para la movilización (bastón, andador, etc.), controles con profesionales de la salud según el área que se requiera, entre otros.

Sin embargo, se puede describir una triada que en la tercera edad puede hacer la diferencia entre una buena o mala calidad de vida: la visión, la audición y los pies. Estas tres partes del cuerpo reagrupadas (ojos, oídos y pies), representan las vías fundamentales de interacción del individuo con el medio ambiente que lo rodea, y cuya pérdida se paga muy caro en términos de aislamiento y dependencia de terceros.

Paradójicamente, no suelen ser los puntos que más se observan en una consulta de rutina, o a los que se les preste la atención que merecen: se atienden los órganos nobles y los síntomas que el paciente refiere, a través de un sinfín de estudios, derivación a subespecialidades y prescripción de medicamentos, generalmente cuando el problema ya está instalado.

El envejecimiento propio del sistema nervioso central, se acompaña entre otras cosas con afectación de los ojos: reducción de la acomodación (presbicia) que altera la visión de cerca, opacificación del cristalino (cataratas) que provoca sensación de visión borrosa y deslumbramientos con la luz.

En cuanto al oído, se produce disminución de la agudeza auditiva que afecta principalmente los sonidos agudos (presbiacusia), se puede ver afectado el sistema del equilibrio, ya que éste último depende de la interacción oído/vista/sensaciones corporales (sistema propioceptivo). De modo que el oído aporta orientación espacial mediante mecanismos especiales. Si estos mecanismos se desestabilizan, producen mareos, vértigos, inestabilidad, a veces náuseas y/o vómitos, zumbidos y hasta sordera total.

Los pies, los cuales forman parte del aparato locomotor, sufren cambios como disminución de la masa muscular, disminución del número y calidad de las fibras musculares y estructuras ligamentarias, cambios en la calidad y densidad de la masa ósea y todo ello en su conjunto puede derivar, si es que ya no lo traía como afección de salud desde la niñez/adultez, en deformidades y patologías del pie, determinantes también para desplazarse de manera óptima o no por el medio ambiente.

El desempeño de la podología en la tercera edad, tiene que tener en cuenta, además del estado general físico, metabólico y psíquico del paciente, estos 3 puntos como fundamentales al momento de evaluarlo. Estos 3 “órganos” lo conectan con el suelo y el entorno.

Una falla en esa conexión puede desencadenar en problemas por demás graves: caídas que implican golpes, dolor agudo y/o crónico, heridas generalmente tipo desgarros (por la fragilidad que presenta la piel), problemas de cicatrización e infecciones agregadas, fracturas que pueden ser de gravedad, como por ejemplo una fractura de cadera que requiere de cirugía mayor, prótesis y posibles complicaciones asociadas a los riesgos propios de la edad avanzada. Golpes a nivel craneal que pueden ir desde un simple hematoma externo a uno grave interno, fracturas, secuelas neurológicas y hasta la muerte en el acto.

Estas afecciones, en oportunidades, podrán significar la hospitalización o la postración en domicilio (cama o silla de ruedas), con total o parcial dependencia de terceros, sean personas del entorno familiar o personas contratadas con la correspondiente carga física, emocional y económica que ello implica.

La estancia en cama, a su vez, acarrea múltiples problemas de salud: inmovilidad, mayor pérdida de masa muscular, rigidez, estreñimiento, alteración del apetito y el sueño, dificultad para las actividades de eliminación intestinal y urinaria, afectaciones respiratorias y circulatorias, posibles infecciones, alteraciones del ánimo y afectación general de la salud mental.

Se alteran las relaciones sociales, interpersonales y las diversas actividades que la persona realizaba (salidas, trabajo, talleres, actividad física, paseos, viajes, etc.).

Todos estos datos nos permiten comprender la importancia de mirar a la persona en su conjunto.

No solo desde la ciencia médica las tendencias aconsejan la mirada integral y preventiva. Desde el punto de vista religioso, también se contempla este enfoque: el Rabino Menachem Mendel Schneerson, conocido como el Rebe de Lubavitch en sus consejos y cartas para la vida, enfatizó constantemente la importancia y la preferencia que han de tener los profesionales de la salud en la medicina preventiva, criticando los enfoques que se centran en la enfermedad y la medicina curativa, ya que es más favorable volcar los esfuerzos humanos y materiales a consolidar una salud estable, previniendo la enfermedad y sus consecuentes sufrimientos. Nuestro objetivo no debería empezar con atender problemas, sino con una mentalidad que fomente hábitos que los prevengan.

Cuando atendemos a la persona de la tercera edad en el sillón podológico, debemos ir más allá, sin centrarnos únicamente en los pies exclusivamente; Además de interrogar a la persona, debemos hablar con los familiares, si es que asisten a la consulta, interiorizarnos sobre el ambiente donde vive, esto es, si el entorno está adaptado a las capacidades del individuo: (estructuralmente: tiene escaleras, alfombras, muchos muebles, soportes auxiliares en el baño, etc.); como es la autonomía de la persona: se vale por sí misma o necesita ayuda parcial o total.

De nada vale recomendar el mejor calzado o las mejores zapatillas, si cuando se desplaza por la casa se tropezará con el tapete del living o de la habitación. De nada vale que le enseñe a higienizarse correctamente los pies, si no cuenta con una baranda para sostenerse en la bañera y termina resbalando en ella.

Tratando ahora de llevar el enfoque desde lo general, a uno de los componentes de la tríada en particular –los pies– (y valga casualidad con el juego de palabras, que el pie es un “trípode” dentro de la “triada” que estamos describiendo), atenderemos los puntos en los cuales tenemos que tener especial atención si estamos involucrados en el cuidado de esta parte del cuerpo tan noble que nos “conecta” con el ambiente, tanto para los profesionales, las personas que transitan la tercera edad, los familiares y cuidadores.

Higiene e inspección

Este es el momento ideal para detectar anomalías. De la coloración, de la temperatura, si aparecen lesiones o heridas, u objetos incrustados (pensemos en una persona que deambula descalza en un piso de madera. O si se ha roto un objeto de vidrio que no se limpió correctamente). Muchas veces se requiere de ayuda con cepillos y/o esponjas con mangos largos para llegar o acceder a uñas, espacios interdigitales, plantas y talones. De lo contrario se va acumulando la suciedad a la que no se puede acceder fácil directamente con la mano. Usar jabones cremosos. Guardar en el lavadero el mito del jabón blanco de la ropa para lavar las partes del cuerpo. Aceptar que es un agente abrasivo, cáustico. La piel en esta edad es frágil.

El secado total e interdigital

Fundamental para la prevención de infecciones particularmente fúngicas, o sea, por hongos. Cuando existe invasión de las uñas por hongos, se requiere luego de mucho esfuerzo para poder erradicarlos ya que los tratamientos suelen extenderse en el tiempo. Además, terminan produciendo deformaciones y mal aspecto de las uñas, a veces siendo imposible recuperar la normalidad. Y dejando de lado lo visible o estético, pueden convertirse en una fuente de infección que asciende hacia otra región proximal al pie, sobre todo en personas con patologías crónicas como diabetes, inmunocompromiso, trastornos de la piel, etc. Las infecciones por hongos en la piel también son muy molestas: causan picazón, enrojecimiento, lesiones secas y descamativas o húmedas y son dolorosas. Aquí nos referimos al pie de atleta. Estas puertas de entrada pueden dar lugar a infecciones sobreagregadas por bacterias.

La hidratación de la piel

Normalmente durante el envejecimiento de la piel se va alterando la barrera protectora natural compuesta por lípidos y agua, con lo cual se tiende a la sequedad (xerosis). Esto hace que la piel se configure más frágil, se alteren los mecanismos locales de defensa y se exponga con más facilidad a lesiones y/o micro lesiones, que pueden ser puerta de entrada para infecciones. Es imprescindible la hidratación diaria utilizando productos de acuerdo a si se presenta mayor o menor sequedad. El podólogo recomendará el producto adecuado de acuerdo al tipo de piel. Además, tener en cuenta la hidratación a partir de beber agua.

Selección del calzado

Uno de los puntos fundamentales. El calzado se ajusta al pie y no el pie al calzado. Aquí se debe hacer caso a la frase: “la moda incomoda”; se optará por lo cómodo y anatómico y no por lo “aesthetic”. No deben ser planos, pero tampoco de tacos altos (elevación del talón no más de 2 cm); deben ser flexibles, livianos, de pala alta, sin rebordes o costuras que molesten. Que contengan bien al pie. Con cordones o velcros. El calzado es mejor comprarlo por la tarde, cuando el pie se encuentra un poco más “hinchado” de manera normal que por la mañana. No es recomendable usar pantuflas o chanclas sin sujetadores de talón.

El pie, con la finalidad de no salirse de la pantufla, realiza instintivamente un movimiento de garra con los dedos a fin de sujetarlo, configurando una mala pisada y produciendo contracturas a nivel de los músculos interdigitales. El calzado debe ser de buena calidad, ergonómico, y si fuera necesario complementarlo con soportes plantares (plantillas) que se realizan de manera personalizada por un ortopedista. Hoy en día existen tecnologías con mucha precisión para adaptarlas perfectamente a cualquier distorsión que posea el pie a fin de compensar esa anormalidad y hacer que la marcha sea lo más funcional posible. Se evitarán dolores, fascitis plantar, callosidades y más deformidades. Además, la mala relación pies/suelo se transmite hacia arriba afectando rodillas, cadera, columna y cervicales.

El corte y la limpieza de las uñas

Esta técnica debería estar reservada al podólogo ya que, en la tercera edad se combinan algunos factores que pueden propiciar prácticas incorrectas como cortes y lesiones por objetos incorrectos, viejos, no esterilizados/contaminados. Estas lesiones pueden ser producto de: la disminución de la visión y dificultad aumentada por la distancia ojo/pie, dificultad en los movimientos o agilidad/habilidad para llegar a abordar el pie con facilidad. Esto aumentado tal vez por condiciones como sobrepeso (el abdomen prominente se interpone y los brazos no llegan bien al pie) o falta de elasticidad corporal. La mayoría refiere: “no llego al pie”. Los posibles resultados: cortes incorrectos, cortes excesivos, heridas, uñas encarnadas, acumulación de residuos debajo de las uñas, acumulación de células muertas, durezas alrededor de las uñas y aquí se abre nuevamente la puerta para las infecciones tanto fúngicas como bacterianas y virales.

Deformidades en las uñas

Pueden ser congénitas/genéticas o adquiridas. Estas requieren abordajes especiales para no generar patologías sobre agregadas: lesiones en los laterales de los dedos, lesiones entre dedos, lesiones por roce con el calzado e infecciones. Además de realizar cortes anatómicos específicos para ese pie, hoy en día se cuenta con múltiples tecnologías que permiten la reeducación de las uñas a partir de dispositivos, resinas, siliconas, medicamentos, productos de cosmetología podológica, aparatología, cintas y vendajes especiales, etc.

Callosidades

Por lo general, este grupo etario, aunque no es exclusivo de él, suele poseer alguna deformidad en el pie que compromete la biomecánica y produce una defensa natural por parte del pie que son las hiperqueratosis, conocidas normalmente como callos, callosidades, ojos de gallo. Estas producen dolor, sensación de “objeto incrustado” y propenden al pie a caminar de una manera incorrecta para compensar ese malestar, conformándose un círculo vicioso. Dolor/mala pisada/mala postura/dolor. Es por eso que las hiperqueratosis deben ser tratadas y mantenidas, si no es posible erradicar la causa de base que las produce. Muchas veces un soporte plantar soluciona la problemática, y la persona puede ahorrarse muchas visitas al podólogo intentando tratar solo el síntoma.

El pie diabético

Esta condición merece una atención especial. Contiene todos los cuidados de un pie en una persona sin diabetes y más. Cuidados más focalizados y minuciosos. Inspecciones más frecuentes y específicas. Especial atención al calzado, las medias, la cosmética, prohibición absoluta de deambular descalzo, controles por parte del médico actualizados según la condición metabólica y pautas de alarma para acudir sin demoras a la guardia médica según dichas indicaciones. Una desatención en este aspecto puede desencadenar en una entidad denominada Ataque de Pie Diabético (Foot Attack), que puede finalizar en amputación de distintas magnitudes (un dedo, varios dedos, parte del pie, el pie completo o la pierna).

En resumen, la visita al podólogo, debería constituirse, entre otras, en una de las consultas más habituales del paciente en la tercera edad. Dependiendo del crecimiento de las uñas, cada 30 a 40 días deberían programarse agendas anuales, salvo una cuestión que requiera atención inmediata o antes de lo previsto.

En muchas ocasiones, la persona no puede valerse por sus propios medios, con lo cual el rol del familiar o cuidador es central. Es frecuente ver que acuden con distintas dolencias, generalmente ancianos de edad avanzada, con los pies en estado deplorable, si tener ellos mismos la posibilidad de encargarse del cuidado, lo cual denota abandono por parte del entorno que lo asiste.

En cuanto a las estrategias que el sistema salud instaura (tanto público, como privado o de obra social), se puede observar que no se le atribuye la importancia que se merece, ya que en general no son prácticas con cobertura universal, no hay programas destinados a cuidar esta parte fundamental del cuerpo, repitiendo que nos conecta con el entorno y nos ayuda a “andar” por la vida. Salvo programas específicos para un pie diabético, el resto queda a cargo de la cobertura privada. Tampoco existen programas integrales en residencias de la tercera edad, lugares donde se suelen ver los descuidos más importantes.

Y llegamos a este punto, un poco porque los pies casi ni se ven, y otro poco porque la podología en general, continúa siendo una disciplina profesional emergente en la que falta mucho camino por recorrer, con los pies, por supuesto, pero sobre todo con el estudio, con investigación, con creación y aporte bibliográfico y formación académica de calidad que forme nuevos profesionales que se quieran acercar a la disciplina. Ya no se trata de cortar uñas y ser callista. Se trata de salud para transitar por la vida.