Ni de lejos cerca es el título de esta exposición de Timsam Harding. Más allá del retruécano, del juego de palabras con cierto sentido paradójico, en las cuatro palabras que componen Ni de lejos cerca, tal vez de un modo inconsciente por parte del propio artista, se desliza la inexcusable dimensión corporal de su trabajo, la evocación de un cambiante lugar en el mundo, la certidumbre de conocer(se) y situarse en el espacio en función a la experimentación de distintos fenómenos a través de diferentes sentidos. De hecho, la poética de Timsam posee un fuerte componente perceptivo: la velocidad, el sonido, la vibración o la temperatura son sensaciones ligadas a su trabajo y que nos hacen descubrirnos como sujetos perceptivos a través de la vista, del oído y del tacto. Así, Timsam enuncia el cuerpo de una manera multisensorial, rebajando incluso el paradigma ocularcentrista de nuestra civilización.
Creador que viene reflexionando sobre el sonido y su transformación escultórica, en Ni de lejos cerca, Timsam parte de sus reconocibles estructuras de acero inoxidable. Éstas actúan como posminimalistas cajas de resonancia para material sonoro, reproducido por altavoces integrados. Las grabaciones nos conducen inequívocamente a la carretera, al tráfico rodado que escuchamos y que sentimos reverberado en nuestro cuerpo. La carretera también aparece visual y metonímicamente mediante las adelfas escultóricas (especie arbustiva sembrada en sus márgenes) que, desde el interior de esos armazones, responden al sonido vibrando. Sin embargo, estas estructuras sufren ahora una variación: se convierten en retablos móviles con puertas abatibles.
Si el movimiento –recuerden la alusión a la carretera- estaba incorporado en el imaginario de Timsam, ahora se hace efectivo en sus nuevas piezas, que descansan en el suelo o se sitúan en las paredes prestas a ser manipuladas, a ser abiertos y cerrados sus paneles para, de ese modo, poder acceder a lo que cobijan en el interior. Esto traslada una incuestionable dimensión fenomenológica a sus obras, con las que entramos en contacto y conocemos a través de distintos sentidos, como la vista y el tacto, así como la relación espacial con ellas: las abrimos apartando sus paneles para acceder a otro espacio posterior. O dicho de otro modo, sorteamos esa frontera visual y física, devenida umbral, para trasladarnos a otro lugar y a otra actitud.
Las puertas de esos retablos o altares móviles se convierten en una especie de celosías vegetales en las que las adelfas configuran una trama, una barrera como las de las carreteras. Abiertas esas puertas, encontramos el sonido de la carretera o la imagen difusa del paisaje que se registra fotográficamente desde el automóvil. Quien esto escribe no puede escapar de las palabras del propio Timsam en Acto-recuerdo-sentido-experiencia, un texto escrito en 2025 para su exposición en La Térmica. En él evoca esa constante interposición de barreras y accidentes que siempre se consiguen salvar:
Con ayuda del poste, es más fácil sortear la valla de aquella red metálica tan fina que enjaula las autovías. Unos pasos más tarde, tras atravesar la hilera de adelfas y en la cuneta, nos encontramos de frente con el quitamiedos; esa última valla que encierra a los vehículos. Ya solo queda un salto para el asfalto, salto que no es tan pequeño y sorprende por su altura. A un lado y a otro, esa barrera de biondas se funde en el horizonte. Comenzamos a andar; queremos encontrar un lugar para pintar y la noche ya está muy avanzada.
El relato de Timsam es sumamente fenomenológico, ya que podemos sentir ese constante desplazamiento del cuerpo y la superación de esas fronteras. Nuestro gesto de acercarnos a los retablos, abrirlos y descubrir sonora y visualmente la carretera parece replicarlo. Valla, red, jaula, adelfas, cuneta, quitamiedos, foso o biondas. Obstáculos para el cuerpo y, en algún caso, para la vista, aunque no frenan el sonido del tránsito y del viaje. En el interior de esos retablos, cobijada, se halla la carretera. La escucharemos, sentiremos cómo reverbera en nuestro interior, cómo vibra. O veremos el paisaje desde ella gracias a fotografías que nos trasladan el dinamismo de la conducción, con el paisaje deformado por la velocidad.
La palabra vibrar (del latín vibrare) significa agitarse rápidamente, temblar o reverberar: algunos retablos vibran por el sonido, mientras que las imágenes fotográficas de Timsam, técnicamente trepidadas, evidencian la agitación del tránsito. Y nosotros, sometidos al viaje perceptivo en el que nos embarca Timsam, nos hallamos en tránsito, experimentando a través del tacto, la vista y el oído; entre el objeto, esas adelfas que ocupan las puertas, y la imagen fotográfica, esa naturaleza indefinida y difuminada, tal vez resonancia de las anteriores; entre las estructuras geométricas y la filigrana vegetal; entre el no-lugar de la carretera y las poderosas formas de esos retablos que evocan la historia del arte.
En ese tránsito nos encontramos junto a Timsam.













