En el arte siempre es un error exprimir un concepto hasta extraer sus conclusiones lógicas.
No nace de un razonamiento correcto sino de la unión de las contradicciones de la razón en las ambigüedades de la metáfora.(Harold Rosemberg)
Suponemos que la pregunta última que frente a una obra cualquiera se plantea el espectador vendría a ser ¿Es esto bueno?
Para resolver esta duda se le proporciona un texto que le ayude a juzgar. Si el texto es inteligente, si remite a ideas que conoce, si aporta conceptos en los que no había pensado, si está bien expresado y/o es bienintencionado, entonces, con suerte, ese espectador estará más predispuesto a dar a la fastidiosa pregunta una respuesta afirmativa.
Pero quizá, digo yo, quizá es más productivo aceptar que el arte se sitúa en el terreno de la incertidumbre, la perplejidad, la indefinición. Acaso no hay que intentar abrazar certezas a toda costa y sea mejor abandonar nuestra zona de confort, ese mundo de las ideas en donde nos resulta más fácil juzgar.
Cuando doy una explicación de lo que hago me resulta tramposa por lo parcial y anecdótica, en realidad estoy distrayendo la atención a otra cosa. Yo creo que para disfrutar plenamente del arte hay que abordarlo de otra manera.
Nos empeñamos en una conversión que no es posible sin caer de lleno, y en el mejor de los casos, en algún tipo de reduccionismo. Se trataría, en cierto modo, de desandar el camino que se sigue al crear. Pero ese camino no se puede recorrer más que en un sentido.
Tampoco es preciso que reaccionen de inmediato. A veces necesitamos algo más de tiempo para que las impresiones se decanten, se reposen, y ese juicio crítico alcance la madurez.
Yo les animo a que abran bien los ojos, miren con curiosidad e ignoren al contemplar mis obras el ruido que, por defecto, mete la razón. Déjense llevar, como lo hacen, seguro, cuando escuchan música.
Gracias por su atención.
(Texto de Marta Barrenechea, 2026)
















