Espacio Mínimo presenta la sexta exposición individual del artista Antonio Montalvo en su espacio. Siempre, todavía, compendia la idea de que lo eterno se manifiesta a diario en lo cotidiano; es la convicción de que el presente es inagotable, el único lugar donde la realidad ocurre, y en ella se aglutina su última producción pictórica.
Desde que abrazara la pintura del natural, una disciplina en la que pintor y tema comparten un vínculo emocional, el artista ha encontrado un tono quedo y silente en el que la belleza emerge tras un aura de misterio y melancolía. “Es posible que no se puedan alcanzar ciertas profundidades desde un estado diametralmente opuesto al melancólico. No obstante, aspiro a que en mi trabajo haya un tono esperanzador, restañante”, nos comenta Montalvo. Los títulos de sus obras son sencillos, Karim, pájaro, cardos, el balcón del estudio, el modelo, mujer marroquí, describen lo que se ve, pero sin atribuirse el monopolio del significado, porque como apuntara Francisco Baena en el texto para la exposición de Antonio Montalvo Bajo un sol de ceniza, “Existe un pensamiento estrictamente visual. Ésa es la idea del pintor: no es necesario verbalizar para simbolizar; su tarea consiste en hallar formas de expresión para lo indecible.”
Despojados de todo artificio, los temas de sus obras, nunca buscados, aparecen de modo natural y casual pero necesario. Los géneros de la pintura, figura, paisaje, bodegón, siempre presentes en su repertorio, se alternan en el espacio expositivo evidenciando el tour de force que supone aligerar y desmaterializar lo representado hasta llegar a la mínima expresión, al vacío, al silencio, porque al igual que el silencio es música, el vacío también es pintura. Óleo muy diluido, sin apenas materia, sin brillo y veladuras evanescentes generan una atmósfera liviana y trascendente. “Estos cuadros parecen hechos con lo más próximo a la nada: no ya la luz, sino su envés primero, la sombra, que es lo primero que la luz generosamente nos concede.” nos dice el artista. “Hay en ellos algo de paño de la Verónica —o de sudario de Turín—, como si no hubieran sido pintados, sino recibidos; como si la imagen no hubiera sido pintada, sino emanada.”
Nos encontramos ante una pintura despojada, atemporal que anhela lo esencial. Ubicada en un tiempo detenido, vanitas en el que el artista nos convoca a la celebración del instante. “El instante, a pesar de su fulgor (o precisamente por él) está teñido de dolor: ¿No debe todo lo que existe parte de su belleza al hecho de estar ya marchitándose?”.
















