Quede claro al inicio de este texto que los efectos de cualquier salto económico, que siempre va de la mano del asunto tecnológico, ya han sido debidamente evaluados a lo largo de la historia. Sirva como referente el suceso trágico de la influencia de aquel grupo de economistas que se hacía nombrar como si fuese una banda de rock emergida en una de las múltiples ciudades sosas que recorren el territorio estadounidense: los Chicago Boys. Como si se tratase de un laboratorio funesto por los presagios que produce, aquellos hombres trajeados decidieron que era una buena idea accionar todos sus vómitos intelectuales en un país tan alargado como indefenso, como era el Chile post-Allende. En realidad, era algo que podía haber sucedido en cualquier punto del mundo. Porque la potencia militar del emisor era tan rotunda que la contrariedad de los ciudadanos elegidos para ser ratas de laboratorio podía oírse como un susurro cualquiera en un búnker donde resonaban las bombas del exterior.

Como en tantas otras ocasiones, da la sensación de que el referente acabará por ser superado por el futuro. La inteligencia artificial ha amanecido con la promesa de un nuevo mundo que amenaza con destruir todo lo anterior. Con el alarde propio de quienes se creen inimputables, esta tecnología, holística por su capacidad para afectar a todo lo conocido y por conocer, se ha propuesto como el principio de todo por su capacidad para controlar aquello que el ser humano ha tratado de dominar desde sus lamentables comienzos: el saber.

Para hacerlo, se presenta como un ente neutro, aséptico como el vestíbulo de un hotel, indeterminado y con la apariencia falsa de no ser hijo de nadie ni de nada. Parece haber surgido mágicamente como un hongo, producto de un lenguaje oculto de la naturaleza combinado con unas condiciones atmosféricas específicas. Sin cuestionarnos nada sobre su nacimiento o desarrollo, hoy todos abrimos nuestro portátil, encendemos nuestros móviles o atosigamos con estúpidas preguntas a esas cabezas parlantes llamadas Alexa para inquirir a ese ser mágico que parece tener respuesta para todo. Sin ir más lejos, para estas 350 palabras que alcanzo en este momento ya he utilizado media docena de veces esta tecnología.

Son muchas las voces, tanto las institucionales como las que corresponden al pálpito de la sociedad y que se escuchan en las terrazas o las barras de los bares, las que se preguntan hoy qué será del mañana. Qué ocurrirá con los empleos, con nuestra privacidad o con la organización académica del saber cuando la inteligencia artificial domine por completo la realidad humana. Sin embargo, se reflexiona poco sobre la uniformidad que puede traer consigo la especialización de estas herramientas tecnológicas. Unas herramientas, por cierto, que nacen con la impronta de la eternidad. Es decir, se podrán matizar, cambiarán las leyes que las regulan o se tratará de censurarlas, pero su presencia es tan absoluta en el tiempo futuro como la montaña que tenga más próxima el lector.

Con la advertencia de su perpetuidad, ¿se imaginan lo que supondrá la hegemonía de fuentes, datos, informaciones y perspectivas en la creación cultural, el comportamiento social y la organización del saber? La inteligencia artificial acabará por erigirse como los centros comerciales de nuestras ciudades, diseñados bajo las necesidades de las sociedades de consumo y similares en cualquier ciudad del mundo, con sus mismas tiendas de moda en la primera planta y la zona de restauración en la segunda.

Centroamérica y América del Sur buscan métodos y argumentos que les permitan subsistir en la vorágine de este tipo de inteligencia, de la que aún solo vemos el principio. Es por ese motivo que los representantes políticos y capitalistas, valga la redundancia, se reúnen en congresos y debates públicos para levantar la voz sobre los efectos medioambientales, el empleo o la desigualdad en sus países.

Pero, ¿se han cuestionado lo que ocurrirá con un ritmo musical residual como el joropo en el océano de información que promueve la inteligencia artificial? ¿Qué pasará con la poesía dirigida a lo local, con las acciones comunicativas comunitarias, con la sostenibilidad de ríos como el Mapocho en Chile, que languidece por la mano humana, o con la reflexión sobre los pueblos indígenas por parte de ellos mismos? ¿Cuál es el destino de las lenguas, siempre condenadas a la muerte, pero que en el caso de las que pertenecen a los pueblos indígenas corren el riesgo de acabar como códigos ignotos e imposibles de descifrar?

La utilidad determinará absolutamente todo lo que busquemos, investiguemos o escribamos y, en ese caso, los márgenes volverán a desprenderse infaliblemente por el sumidero de los servidores que mantienen esta tecnología y que serán fabricados por las manos de quienes desaparecen con el crecimiento de su uso.

La inteligencia artificial es totalizadora por su propia esencia. Los países latinoamericanos ponen hoy el foco en los efectos en sus economías tratando de subirse al tren de mercancías para quedarse con una pieza menor del pastel. Pero existe otra opción: visualizar esta tecnología como una banda de salteadores que espera agazapada para dar el gran golpe final de alcanzar un mundo cultural de hegemonía capitalista donde no existan fronteras.