El humanismo evolutivo sostenía que la evolución humana abandonaba su escala natural para orientarse hacia un nuevo objetivo: la conciencia intelectual de los seres humanos. Por tanto, su desarrollo es producto de su estado de conciencia. En otras palabras, la evolución no depende únicamente de los principios biológicos propios de un organismo vivo, sino también de todos los elementos que permiten hacer consciente dicho progreso.
Si nos enfocamos en el aspecto de la arquitectura de ciudades, templos y muros, estas construcciones evocan las costumbres y las condiciones de sus sociedades. En perspectiva, la arquitectura se irá adaptando a la calidad del arte, de manera similar a una escultura, pero sin caer en un individualismo absoluto, pues carga con una herencia que le otorga propósito, efecto y subordinación a la variedad y al contraste. Por tanto, ninguna sociedad será considerada realmente rica para su época si cae en personalismos extremos; de hacerlo, perdería la virtud de observar en su plan de construcción las imágenes tridimensionales que primero surgen en el ojo y luego en la mente del arquitecto durante el diseño individual.
De hecho, la arquitectura deja de ser un simple instrumento para la construcción de fortalezas o sistemas defensivos en los poblados para convertirse en parte fundamental de la economía europea y de las decisiones gubernamentales. Así adquiere importancia cultural y simbólica en la vida de las comunidades. Durante el Renacimiento surge una arquitectura moderna, un estilo de construcción no orientado a la guerra sino concebido como arte social, convertido en instrumento esencial para la evolución cultural. En este proceso, la arquitectura comienza a separarse de la ingeniería civil, tradicionalmente vinculada a la defensa, el transporte y las grandes estructuras.
La arquitectura académica, especialmente la italiana, coqueteaba con la ciencia, el arte y la filosofía. Así se conformó un sistema de ideas que permitía distanciarse de los métodos estrictos y del control ejercido por los ingenieros. Sin embargo, existieron también construcciones destinadas a poblaciones rurales, y desde los comienzos del periodo clásico la planificación se originó en torno a ideas vinculadas a costumbres, creencias y religión. Es decir, no se podía planificar completamente por adelantado: cualquier proyecto surgía de una organización fundada en una idea. Por tanto, toda concepción arquitectónica se desvincula primero de una observación local para pasar a ser regional, y luego esa planificación se difunde al mundo.
Hubo periodos históricos, sin embargo, en los que la planificación se distanció de esta lógica racional. En ocasiones se centró en la creación de barrios bajos y zonas rurales deterioradas, y en otros momentos, especialmente durante la industrialización, las ciudades produjeron obras particulares impulsadas por la codicia económica. La ingeniería, como profesión, se separó cada vez más de la arquitectura, y para comienzos del siglo XX esta brecha ya era prácticamente irreversible.
Otro fenómeno significativo fue la pérdida del buen gusto en muchos diseños: el arte fue quedando relegado, y en la mayoría de los casos predominaban obras mediocres creadas con el objetivo de obtener beneficios financieros rápidos, sobre todo en los países industrializados. Las regulaciones que exigían respetar el entorno dejaron de ser centrales, y así se heredó una notable ausencia de forma y armonía. Aquellas obras que sí las conservaban eran comúnmente asociadas con la aristocracia.
No obstante, en todas las épocas los arquitectos han intentado explicar en sus obras algo de sí mismos, algo de los hombres y de la sociedad. En última instancia, sus proyectos se convierten en edificios utilizados y observados por las personas. Hoy la construcción es organizada y planificada, además de artística, y por tanto la arquitectura es un producto colectivo, aunque pueda surgir de una idea individual; siempre responde a un sistema social que la produce.
En cada expresión de la arquitectura podemos encontrar la economía, la religión y las estructuras de poder reflejadas tanto en los diseños monumentales de la antigüedad como en las grandes obras concebidas para perdurar, como represas hídricas, carreteras y puentes. Todas ellas son muestras de la adaptabilidad humana frente a los cambios, del mismo modo que en los pueblos antiguos las creencias moldearon los templos, las mezquitas y las pirámides, donde la unidad y la correspondencia entre forma y entorno resultaban evidentes. El arte, en este sentido, se fusiona con la unidad del objeto diseñado y su medio físico.
En la actualidad, la arquitectura enfrenta nuevos desafíos que ponen a prueba esta visión humanista. El crecimiento acelerado de las ciudades, la presión demográfica y la crisis ambiental obligan a repensar los principios tradicionales del diseño. Ya no se trata únicamente de embellecer o de simbolizar la identidad cultural, sino de responder de manera ética a las necesidades de un planeta que exige sostenibilidad. La arquitectura contemporánea, por tanto, tiene la responsabilidad de equilibrar funcionalidad, tecnología y sensibilidad humana. Solo así podrá recuperar su integridad original.
En todo caso, tanto la arquitectura como la integridad del artista deben presentarse como expresiones del arte o de la tecnología que contribuyan a otorgar a la humanidad un sentido de realización e integridad. Y es aquí donde conviene reflexionar: la evolución humana está profundamente vinculada a la conciencia individual y colectiva, esa que crea, utiliza y finalmente transforma o desecha.















