La noticia hizo el efecto de un cubo de hielo paseándose desde la nuca hasta la ranura que divide en dos hemisferios la protuberancia “nalguera”, perineo incluido: Warren Buffett, el mago de las finanzas, se retira.
Tú ya sabes, Warren, apodado el Oráculo de Omaha, hijo de un hombre de negocios y senador (a menudo las dos cualidades van juntas...), que nunca le trabajó un día a nadie, gracias a lo cual se hizo multimillonario rápidamente. Como dice Wikipedia “acumuló una masiva fortuna gracias a sus éxitos como inversionista”:
Forbes la calcula en algo más de US$160.000 millones, lo que la convierte en la quinta persona más rica del mundo. ¡”Alabao”!
Para eso, de entrada, tenía con qué invertir. Logró controlar una empresa existente —Berkshire Hathaway— y de ahí en adelante pedaleó cuesta abajo.
En la actualidad, sus intereses son tan diversos como los seguros y servicios financieros, la energía, la manufactura o la venta al por menor.
Lo mejor de todo es que Wall Street le adjudica a Warren el don de la adivinación, el don de la presciencia (que consiste en conocer el futuro), amén de la cualidad de la infalibilidad: con Warren no te acuestes porque serás madre.
Desde luego, todo arranca de técnicas milenarias, infinitamente más pedestres, como el sahumerio o bien la quema de Palo Santo que sirve para limpiar energías negativas y crear ambientes relajados propicios a la meditación.
En nuestra asombrosa modernidad aquello recibe el nombre de información privilegiada, manipulación del mercado de valores o estar por dentro, término este último que no debes confundir con tenerla adentro, que sería más bien el equivalente a estar por fuera.
No por nada la Bolsa de Valores es una suerte de casino en el que –excepto si eres gitano– no te puedes ver la ídem. Allí se practica la especulación, un jueguito en el que ganan los que están por dentro. Esto viene de una muy seria publicación financiera europea (“Le nouvel Économiste”, París):
Los resultados trimestrales de los gigantes de la tech desataron una vez más una avalancha de anuncios sobre las inversiones en los centros de datos para la IA: Meta consagrará al menos 70 mil millones de dólares este año, Google proyecta más de US$ 90 mil millones, y Microsoft prevé doblar la talla de sus data centers en 2026. Lo que hace la fortuna de Nvidia, cuyo valor bursátil alcanzó la semana pasada U$ 5 billones, y de la superstar OpenAi, valorizada en U$ 500 mil millones... “sin haber constatado jamás el menor beneficio” (profit).
Sin osar escribir la palabra “burbuja”, los analistas de Goldman Sachs dieron la alerta, evocando “un riesgo de sobreinversión”.
Esto, en buen romance, quiere decir que la trampa para ratones funciona a todo dar, y que millones de boludos se precipitan para comprar acciones o bonos, cada vez más caros, sin que nada justifique su precio.
En el caso de “Nvidia”, su fundador Jensen Huang vio aumentar su fortuna a US$ 180 mil millones y posee sólo el 3,6 % de las acciones de la empresa: las demás las vendió; por eso es multimillonario.
Servidor, que apenas posee las suelas de sus zapatos, recibió una llamada telefónica personal:
“Aló, ¿Sr. Casado?”
—Sí, diga...—
“*Le llamo porque tenemos una espectacular oferta de inversión que multiplicará sus ahorros...’”
Fue el momento en que sentí que el indeseado interlocutor intentaba jugar con mi musculus sphincter ani internus, como cualquier proctólogo llamaría al pequeñín, y lo paré en seco:
—¡Primero tendría que tener ahorros, cabrón!—
Perdí mi tiempo: se trataba de un robot, ese artilugio que hoy en día te llama una y otra vez, incansablemente, para venderte cualquier chorrada.
Se trataba de lo que llaman un chiringuito financiero, operado por gurús como el que describe otra seria publicación europea (“Cinco Días”, Madrid).
Henry Jones fue un prolífico actor estadounidense fallecido en 1999 que trabajó, entre otros, para Alfred Hitchcock en Vértigo. También es el nombre del padre del archiconocido aventurero de ficción Indiana Jones. Y así se hace llamar un supuesto experto financiero con aura de oráculo, que promete hacer ricos a los que depositen su confianza (y, claro está, su dinero) en un oscuro entramado.
Este grupo se compone de dos pilares. De un lado, está “TSQ Investment”, una plataforma que reúne a inversores a los que se les dan charlas, formaciones y recomendaciones del mercado de criptomonedas; de otro, “Hellobit”, una página web y plataforma que canaliza estas operaciones.
El sistema se basa en un supuesto gurú financiero llamado Henry Jones, capaz de predecir si las criptomonedas subirán o bajarán en un momento exacto. Poco se sabe de él, más allá de que comparte nombre y apellido con el actor y con el personaje de ficción. No hay contacto. No hay fotos. Solo un discurso en la web de TSQ destacando su gran trayectoria académica.
Jones se mantiene en las sombras pese a su sorprendente habilidad para que sus señales de inversión acierten un 99,5% de las veces al combinar “computación cuántica e inteligencia artificial”, según explican en su web. Los poderes de adivinación de Jones, con todo, no son ilimitados; solo puede hacer premoniciones cinco veces al día (ni una más ni una menos), y siempre a horas muy concretas.
Los inversores de TSQ reciben las señales por Telegram y solo tienen que replicar ese movimiento en Hellobit. De esta forma, sin tener conocimientos de inversión de ningún tipo, es posible, en teoría, ganar dinero gracias a opciones binarias que operan sobre criptoactivos. Las opciones binarias son un derivado financiero cuya comercialización está prohibida en España por la CNMV (Comisión Nacional del Mercado de Valores) a causa de su extremo parecido a un juego de azar o una apuesta deportiva.
Como precisa la publicación, “Hellobit” cobra una comisión de entre el 45% y el 50% por cada operación. Un negocio aún mejor que el de Uber, que les cobra a sus taxistas en torno al 30%.
Si andás buscando laburo, cambia de idea: ahora se usa hacerse millonario sin producir un cuesco. Pero para eso... tienes que estar por dentro...















