El primero de abril de 2026, la misión Artemis II, iniciada en el Centro Espacial Kennedy, logró lo que no se ha visto desde hace más de cincuenta años: presencia humana en los alrededores de nuestra Luna. Si eso fue positivo o negativo para el bienestar del universo será algo que los historiadores juzgarán, pero de lo que no puede quedar duda es que aquello ha sido un muy bienvenido regreso a una visión del futuro que ya estaba atrofiada. Esa es de los sueños grandes y esperanzadores. Una visión quizás ingenua en estos días de adicción al móvil y amenaza de guerra mundial, pero al menos una que permite imaginar lo que podría llegar a ser de nuestra especie si las cosas aquí abajo no se salen de control.

A la nave Orion le tomó algunos días llegar al satélite. A pesar de viajar a varios kilómetros por segundo, la Luna no deja de estar a 384.400 km de la Tierra, por lo que no fue sino hasta el seis de abril que la tripulación estuvo lo más cerca posible. A poco más de 7.000 km, que fueron suficientes para que los cuatro astronautas a bordo pudieran observar algunas curiosidades, como una misteriosa coloración entre verdosa y café en el cráter de impacto Aristarco. También detalles a todas luces nuevos en la superficie del lado oculto de la Luna, que por aquel entonces pasaba por el periodo diurno de su ciclo día-noche. Más impresionante aún: tras recorrer aquel lado oscuro y emerger por fin del silencio para volver a casa, un eclipse total de sol causado por la alineación de nuestra estrella con nuestro planeta, un fenómeno que solo esos cuatro exploradores, allá arriba, han visto en toda la historia de la humanidad.

A falta de un alunizaje como los ocurridos durante el programa Apolo, este tipo de aventuras deberán bastar por el momento para abrir el apetito de lo que está por venir. De marchar bien las cosas, la misión Artemis III se encargará de que una nueva tripulación ponga pies sobre la Luna entre 2027 y 2028, quizás iniciando así una etapa más industriosa en la historia de la exploración humana del espacio. Una en la que el resto del sistema solar no sea simple decorado, sino destino.

Eso es —hay que ser honestos— si en un par de años sigue habiendo una humanidad con la capacidad tecnológica de enviar gente a caminar sobre esas tranquilas arenas de plata.

No es bonito escribir estas cosas. Desde luego que no es esperanzador. Pero es difícil mantener la careta del optimismo cuando hace tanto calor en esta cocina. Mientras que Victor Glover, uno de los tripulantes a bordo de Orion, daba un muy sincero y emotivo discurso sobre la humildad de observar a nuestro planeta como una piedrecita azul y verde entre la oscuridad sedosa del espacio, aquí abajo cierto cabecilla de Estado barajeaba la posibilidad de destruir a toda la civilización de Irán, luego de que los persas se negaran a desbloquear el Estrecho de Ormuz. No vale la pena entrar en detalles. Todos sabemos quién provocó a quién, y quién hizo qué para ridiculizar a quién, pero no deja de ser irónico recordar que la misma tecnología que logró que cuatro representantes de nuestra especie se acercaran un poco más al Infinito es la misma que podría detonar cabezas nucleares al otro extremo del planeta.

A fin de cuentas, conviene no olvidar que el padre de la cohetería moderna fue Wernher von Braun. El mismo von Braun que diseñó para los alemanes los cohetes V-2 con los que causaron un infierno en Londres, en 1944. El mismo von Braun que años después diseñó para la NASA el cohete Saturn V, con el que esta logró el éxito del programa Apolo.

Que muchos piensen que el avance tecnológico es lo mismo que el progreso no es nuevo. Tampoco es una percepción que cambiará en los años por venir. Cuesta creerlo —en especial en esta época poco paciente para las sutilezas lingüísticas—, pero es posible vivir en un mundo tecnológico y científicamente avanzado, aunque moral y humanamente retrógrado. Tan posible como lo es que el aumento en la sofisticación tecnológica acompañe a un gradual embrutecimiento de una humanidad que, por desinterés o desidia —incluso por ideología—, haga a un lado las estructuras sociales que nos han permitido disfrutar de una panacea por lo demás ajena a nuestra historia.

Nadie pone en duda el progreso inmenso que se ha visto aquí abajo en materia de ética y derechos, labor en algunos casos culminada después de siglos. Pero algunas veces parece como si el rápido ir del acero, el silicón, la energía y la información no tuviera ningún interés en esperar a que nuestra naturaleza carnosa y húmeda les dé alcance. No por alguna teleología a la que esté sujeta la tecnología (aunque los habrá quienes así lo crean), sino por algo tan peligroso como la hibris de algunos monos lampiños demasiado enamorados de sus propias voces.

O tan pedestre como las ambiciones de una compañía a la que poco le importa contribuir al colapso del medio ambiente, con tal de engrosar los márgenes de ganancia desarrollando una inteligencia artificial que nadie necesita y nadie pidió. En cuanto a la materia de ética, por sí misma, la tecnología solo toma la dirección moral que le indica quien la saca a la luz. La misma ecuación que en abril puso a cuatro personas en la bóveda de las estrellas es la misma que en cualquier momento podría precipitar la primera nube de hongos de la Tercera Guerra Mundial.

Es bueno tener en mente estas consideraciones, si tan solo para templarse para lo que podría ocurrir en los años por venir. Pero tampoco es bueno dejarse seducir demasiado por el drama y el cinismo, que son mucho más sexis que la sobriedad y la esperanza. Que la nave Orion haya cruzado el vacío, llevando con ella una tripulación que se asomó por la ventanilla y reflexionó sobre el lugar que tiene en el universo esta roca en la que nos encontramos, no es solo un éxito de unos cuantos ingenieros brillantes. Es una estampa de un futuro posible para la humanidad. Si no es uno parecido a una novela de ciencia ficción, al menos sí uno consciente del basurero que se está haciendo del único planeta donde somos bienvenidos.

Quienes han estado allá arriba hablan de lo que se ha venido a conocer como el “efecto perspectiva”; un cambio profundo —y casi siempre permanente— en el sentir de quienes miran hacia el planeta que los vio nacer. A unos, como a Edgar Mitchell en 1971, los llena de una sensación de unidad con el entramado del universo. A otros, como William Shatner en 2021, los invade una sensación de desesperanza; ambas reacciones son debidas a la misma conclusión: la frágil singularidad de este mundo, el único que conocemos donde la vida puede ser.

Desde esas órbitas no se ven aquí abajo conflictos ni fronteras. Solo un esferoide en su mayoría acuoso, ajeno a interpretaciones religiosas, políticas y económicas que no existen en otro lugar que no sea la caverna de nuestras cabezas. Tampoco se ve un sistema de redes ecológicas y biológicas, sino más bien algo más cercano a un organismo, con sus cambios y sus procesos. Y al igual que cualquier organismo, sujeto a la depredación, el atrofio y la muerte. «Somos, literalmente, productos de esta Tierra», escribió Joseph Campbell. «Somos, por así decirlo, sus órganos. Nuestros ojos son los ojos del planeta; nuestro conocimiento, el del planeta».

O, como de otra manera lo apuntó Carl Sagan: somos el universo vuelto consciente de sí mismo.

Quizás la gracia del programa espacial Artemis no esté en sus logros técnicos, sino en lo que nos permite reflexionar. No tanto sobre la Luna y las estrellas, que durante milenios han sido observadas y estudiadas, sino en la Tierra y, por extensión, en nuestra propia interioridad.