La relación entre humanos y animales fue en otro tiempo una relación de proximidad, un mundo compartido de miradas, gestos y reconocimientos no verbalizados. Con el auge del capitalismo moderno, esta cercanía se ha ido desmantelando progresivamente. Los animales han sido apartados de la vida cotidiana y absorbidos en sistemas de producción, consumo y exhibición, transformados en mercancías, espectáculos e imágenes. En Por qué miramos a los animales, John Berger reflexiona sobre esta transformación, describiendo una ruptura sutil pero profunda: los animales ya no son encontrados como contrapartes sintientes, sino que son objetivados, gestionados y consumidos dentro de un orden económico que prioriza la eficiencia y el beneficio por encima de la relación.
En Un monde à part, la pintora belga Sabrina Dufrasne (n. 1976, Braine-l’Alleud) abre un espacio que pertenece ante todo a los propios animales, resistiendo esta lógica de la mercantilización. Sus pinturas recurren al vocabulario formal de los frescos funerarios etruscos: planos de color saturado, bordes ornamentales y figuras suspendidas en movimiento lateral. Se apropia de este lenguaje visual para invertir las jerarquías establecidas, permitiendo que las figuras humanas adquieran rasgos animales, como en ¡Olé! (2026), que remite al fresco del salto del toro en Knossos, Creta, Grecia.
Animales y seres híbridos recorren las superficies pictóricas de manera independiente, mientras que las figuras humanas –como el buceador de la 'Tomba del tuBatore' en Mes petits canards d’amour (2026)– aparecen solo en los márgenes de este mundo. A menudo quedan atrapadas en momentos de exposición o peligro, al borde de ser devoradas o deshechas. Aquí, lo humano deja de ser el centro organizador y pasa a ser una presencia contingente dentro de un ámbito que resiste la apropiación y el control.
Realizadas en yeso sobre lino grueso y envejecido –soportes que conservan huellas de desgaste, fragilidad y tiempo–, las obras evocan fragmentos más que escenas completas, como frescos desplazados o restos de un orden simbólico trastornado por la modernidad.
Los animales en estas obras no son ni decorativos ni ilustrativos; se mantienen firmes. Sus gestos estilizados afirman su presencia y agencia, contrarrestando los roles pasivos asignados a los animales en la cultura visual capitalista. En lugar de presentar a los animales como objetos de observación o consumo humano, las pinturas de Dufrasne proponen un mundo propio –un monde à part– en el que las presencias humanas y animales se cruzan sin reconciliarse. Lo que emerge es una forma de mirar que resiste la posesión, atenta en cambio a la distancia, la autonomía y la persistencia de formas que existen más allá de la lógica del capital.














