Si alguna vez existió un fotógrafo que capturó la felicidad a través de su objetivo, ese fue sin duda el danés Sven Türck (Copenhague, 1897 – 1954), una figura clave en la cultura visual del ocio moderno en Dinamarca, cuyo trabajo anticipó una nueva forma de mirar y consumir el bienestar.

Con un variado y cuidado repertorio compuesto por más de 70.000 negativos, siempre buscó plasmar la belleza, la libertad y el disfrute en sus fotografías.

Bucear en su archivo ubicado íntegramente en la Biblioteca Real de Dinamarca sorprende no sólo por la gran variedad y calidad de su producción donde se documenta la vida cotidiana, las calles y el disfrute del tiempo libre, sino porque nos encontramos al primer instagrammer avant la lettre. Türck entendió antes que nadie el concepto de lifestyle: sus fotografías capturaron el ”postureo” elegante de la época en los balnearios de Klampenborg, donde el diseño del arquitecto danés Arne Jacobsen servía de escenario de lujo. Al igual que un creador de contenido moderno, Sven sabía que no bastaba con mostrar un lugar; había que transmitir la sensación de libertad, sol y bienestar que todos querían consumir.

Trabajó toda su vida como fotógrafo publicitario, documental y de prensa, y esto hizo que muchos daneses de los años 30 vieran sus imágenes en revistas y periódicos para decidir a dónde ir de vacaciones o qué ropa usar, tal como seguimos hoy a los influencers de viajes.

Sin embargo, estas pantallas donde el consumo es un scroll infinito, frenético y desechable nos han robado, hoy en día, este disfrute analógico que conlleva el álbum de recortes o fotografías con que construíamos de una forma más auténtica nuestra identidad. Porque hay algo casi meditativo en el ritual de las manos, al escuchar el sonido del papel al pasar de página, la resistencia del folio, el olor de la tinta y ese acto casi quirúrgico de recortar una foto para pegarla en un álbum. Hay en este acto un proceso físico, irreversible y lento.

Sven fotografiaba cuerpos desnudos, mujeres que mostraban sus pezones o dejaban entrever las nalgas bajo sus vestidos haciendo de improvisadas mecánicas de automóviles mientras los cuerpos se insinuaban bajo bañadores reposando sobre arenas doradas sin ningún tipo de censura. Documentaba igual a niños jugando a la rayuela en el patio que a los compradores navideños en una calle nevada de Copenhague. Captaba la luz del sol y el ambiente dominical bajo el follaje de Dyrehaven, un parque al norte de Copenhague, y tomaba numerosas fotografías de edificios históricos, arquitectura, puertos, puentes y otras infraestructuras modernas.

Bellavista, ciudad de vacaciones

Si Sven Türck capturó la alegría danesa con su cámara, la Playa Bellevue fue, sin duda, uno de sus mejores escenarios. Situada en Klampenborg, a unos 10 kilómetros del corazón de Copenhague, esta franja de 700 metros de arena no es solo un balneario; es el manifiesto físico de la modernidad danesa. Lo que antes de 1932 era un simple rincón de baño informal, se transformó en un lugar glamuroso gracias a la visión de Arne Jacobsen (1902-71), figura central del funcionalismo nórdico y quien diseñó el imaginario espacial de esa felicidad moderna que Türck supo capturar.

Jacobsen no solo construyó edificios; creó una atmósfera distendida. Bautizó el complejo como su "Ciudad Blanca", un conjunto cohesivo de estructuras funcionalistas con exteriores encalados y detalles de rayas azul claro y blanco que parecen sacados de una postal. Su visión integral, muy influenciada por la Bauhaus y por la Exposición de Estocolmo de 1930, abarcaba desde el diseño de los tickets de acceso hasta la creación de un universo estético completo: rompiendo con el funcionalismo rígido para abrazar una joie de vivre estival, evocando un anhelo de luz mediterránea en el norte de Europa.

Este paisaje arquitectónico jugaba con formas inspiradas en la naturaleza: puestos de helados que emergen como olas de la arena, cabinas de socorristas suspendidas en el aire. El cénit fue el Teatro Bellevue, donde el techo retráctil permitía que el cielo formara parte de la función, y Bellavista, cuyas terrazas escalonadas capturan una diagonal de mar. Jacobsen logró que la arquitectura no fuera solo útil, sino profundamente divertida y libre.

En las fotografías de Türck, la arquitectura de Jacobsen es un telón de fondo. Mientras los bañistas ocupan el primer plano, al fondo emerge la silueta blanca de Bellevue Strandbad, sus volúmenes horizontales y torres de socorrismo rayadas ordenando el horizonte.

A menudo se estudia la modernidad danesa a través de los planos de Jacobsen o de las crónicas sociales de la época. Sin embargo, existe un diálogo invisible y fascinante entre su rigor arquitectónico y la lente vitalista de Türck: mientras el arquitecto proyectaba espacios donde la vida moderna debía desplegarse con orden y funcionalidad, enseñando cómo disfrutar el tiempo libre y relacionarse con el mar y la colectividad, Türck registraba cómo esos espacios eran habitados y, sobre todo, disfrutados. La playa estaba diseñada para acoger entre 12.000 y 15.000 personas diarias; Jacobsen diseñó para la multitud, pero nunca imaginó que la multitud acabaría siendo el problema.

La cámara de Türck convirtió esa arquitectura en deseo. Sus fotografías no documentan únicamente edificios o bañistas: construyen una narrativa de felicidad moderna donde la claridad funcional se transforma en aspiración colectiva.

Sin la arquitectura, las imágenes serían escenas aisladas de ocio. Sin la fotografía, la arquitectura sería una promesa abstracta. Juntas consolidaron un imaginario donde el verano dejó de ser una estación para convertirse en identidad.

Veranos idílicos: entre la vanguardia y la tradición

El legado de Sven Türck no se detiene en la sofisticación de la "Ciudad Blanca"; su objetivo también capturó la esencia de un verano más pausado y rústico, donde la modernidad de la moda contrastaba con escenarios de una Dinamarca más tradicional. En estas capturas, el foco se desplaza hacia la calidez de las casas características de la zona con pueblos costeros cercanos como Klampenborg o Ordrup , con sus casas de verano, algunas de ellas con los tradicionales techos de paja daneses ("stråtag") y con sus muros de textura irregular y fachadas adornadas por flores silvestres que trepan junto a las ventanas, integrando la arquitectura tradicional con el paisaje costero.

Es en estos rincones donde la cámara de Türck nos regala estampas que destilan una libertad absoluta. Resulta fascinante observar lo contemporáneas que lucen las mujeres de sus fotografías; sus atuendos, que van desde pantalones de talle alto y motivos marineros hasta vestidos con estampados geométricos, que no desentonarían en absoluto en cualquier ciudad actual. Este aire de modernidad se ve reforzado por sus impecables cortes bob, un símbolo de independencia y estilo que Türck supo inmortalizar con maestría.

La bicicleta, más que un medio de transporte, aparece como el gran símbolo del ocio dominical. Vemos a grupos de amigas recorriendo senderos empedrados o posando frente a cercas de madera, siempre con una sonrisa que parece traspasar el tiempo. No falta tampoco la imagen de los amigos compartiendo juegos en la arena o charlando despreocupadamente desde los marcos de las ventanas, recordándonos que el entorno era solo el escenario para una vida que ya latía con fuerza. Estas fotografías nos invitan a un viaje por una Dinamarca eterna, donde lo nuevo y lo viejo conviven en perfecta armonía.

Tras la calma llegó Weserübung

Durante años, se ha reprochado a Sven Türck haber mostrado una Dinamarca luminosa, ajena al conflicto. Pero el archivo completo cuenta otra historia. En los últimos años de la guerra, documentó sabotajes, ruinas y tensiones soterradas. Incluso en sus imágenes más brillantes, a veces aparece una leve fisura: una sombra oculta, una expresión escéptica en el margen, un cuerpo que no encaja del todo en la coreografía de la felicidad.

Entre esas imágenes, hay una que paraliza especialmente; un desfile nazi avanza por la calle, en el contexto de la ocupación alemana iniciada durante la Operación Weserübung en 1940. La bandera con la esvástica corta el aire danés que pocos años antes parecía pertenecer solo al sol, al ocio y a la arquitectura blanca. En medio de la multitud destaca una niña vestida de blanco. No sonríe. No participa. Solo mira.

Esa mirada altera retrospectivamente todo el imaginario anterior, una amenaza que se instala en las calles. Sven Türck, maestro de la composición, supo registrar ese instante exacto donde la felicidad y la tensión coexistían. La niña en blanco no rompe la escena: la fija. Nos recuerda que, incluso en los lugares más luminosos, el peligro siempre puede irrumpir en la felicidad.

Si en el siglo XX esa amenaza podía identificarse, señalarse y, en última instancia, fotografiarse, hoy se ha vuelto más abstracta, más difícil de encuadrar. Ya no desfila ante nosotros: se integra silenciosamente en los mecanismos que producen nuestras propias imágenes. Hoy en día, el peligro sigue irrumpiendo en el encuadre de nuestra felicidad, aunque ya no lleve uniforme. Habitamos un flujo de imágenes donde el ocio y la tragedia ya no se oponen, sino que se yuxtaponen sin jerarquía: una playa soleada puede sucederse, con un simple gesto, a la devastación más absoluta de una guerra. Incluso los escenarios contemporáneos del lujo y la evasión, concebidos como burbujas ajenas al conflicto, revelan su fragilidad cuando la historia irrumpe y deshace esa ilusión de distancia. Pero, a pesar de todo, por muchos años que pasen, nadie debería poder arruinar aquel idílico verano del 33.