Acostumbrado y expectante siempre al pedido de algún trabajo periodístico, editorial o alguna corresponsalía, suelo escuchar la propuesta antes de negarme, aunque al principio pareciera algo en lo que no estoy tan acostumbrado o que considero que no es mi campo. Lo hago porque muchas veces puedo prepararme con anticipación, tomarlo como un desafío y, si no es posible, recomendar a alguien del equipo bajo mi responsabilidad.
Así fue como me contactó un grupo editorial que enviaría a un joven periodista a Londres para realizar un trabajo sobre el famoso estadio de Wembley. Les advertí que mucho de fútbol no sabía, más allá de haber cubierto algún evento y organizado equipos de trabajo para mundiales sin participar directamente. Pero me dijeron que el joven no hablaba inglés y que yo, con varias visitas previas a Londres, podría asistirlo como guía y traductor. Eso ya era distinto: la parte futbolística quedaba para él, y la logística y el idioma, para mí.
Por esas coincidencias agradables, justo tenía que encontrarme en Londres con un grupo de artistas ingleses en una galería cerca de la Catedral de San Pablo, construida entre 1675 y 1710 por Sir Christopher Wren tras el Gran Incendio de Londres, es una joya barroca con una cúpula de 111 metros, una de las más grandes del mundo. Ha sido escenario de bodas reales, funerales de Estado y celebraciones nacionales. Desde su galería exterior se obtienen vistas panorámicas incomparables.
Así que nos reunimos, nos tomamos un café y le expliqué mi papel: ayudarlo con terminología futbolística en inglés —que, dicho sea de paso, tiene mucho “españolizado” gracioso—, aunque aclarando que mi verdadera pasión era el rugby. Entre bromas y anécdotas, nos fuimos entendiendo.
El joven me comentó que tenía viáticos para moverse en taxi, pero le advertí que el tráfico londinense podía ser un caos. Yo, que en Buenos Aires me había acostumbrado al subte, le propuse el Underground, como llaman al metro de Londres, un sistema que es casi una institución nacional. Inaugurado en 1863, el London Underground fue el primer ferrocarril subterráneo del mundo. Comenzó con la Metropolitan Railway, uniendo Paddington y Farringdon con locomotoras de vapor. Con el tiempo, se expandió a una red que hoy supera los 400 km y 270 estaciones. Su icónico mapa, diseñado por Harry Beck en 1931, es un símbolo londinense, al igual que su logotipo circular rojo con la barra azul. Viajar en el metro es recorrer la historia de la ciudad.
Ese día, entre transbordos y charlas, tuvimos que recoger unas credenciales en el otro extremo de la ciudad. En total, estuvimos cerca de hora y media bajo tierra, enlazando líneas y haciendo alguna parada para un café. La conversación giraba entre fútbol, rugby y anécdotas viajeras… hasta que empezamos a notar algo curioso: mucha gente con raquetas de tenis y ropa deportiva muy ¿Wembley?
—Debe haber un torneo de tenis hoy —le dije—. Quizá el estadio también se use para eso.
Por altavoz, anunciaron la próxima estación: Wimbledon. El periodista me miró, incrédulo.
—¿Wimbledon? —preguntó—. ¡Pero íbamos a Wembley!
Y ahí entendí la confusión: para mí, Wembley y Wimbledon sonaban parecido, y como sabía lo mismo de fútbol que de tenis, no reparé en la diferencia. Así que estábamos rumbo al templo del tenis, no al mítico estadio de fútbol.
Tuvimos que improvisar: bajar, retomar líneas y acelerar el viaje hacia nuestro verdadero destino. Corrimos por túneles y escaleras como si fuéramos a saltar al césped para jugar la final. Llegamos con apenas un minuto de retraso a la cita con el representante del, por supuesto, estadio de fútbol.
El Wembley Stadium original abrió en 1923, famoso por sus torres gemelas y por albergar la final de la Copa del Mundo de 1966, donde Inglaterra levantó su único título mundial. Durante décadas fue el escenario de finales de FA Cup, conciertos históricos y eventos olímpicos. En 2003 fue demolido y reemplazado por el nuevo Wembley, inaugurado en 2007, con capacidad para 90.000 espectadores. Su arco blanco de 133 metros es visible a kilómetros y se ha convertido en su sello distintivo. Además del fútbol, acoge rugby, NFL y conciertos monumentales.
Ya en Wembley, los nervios del joven periodista se calmaron y mi vergüenza por la confusión inicial también. Hicimos las traducciones pertinentes, entrevistamos a personal del estadio y él pudo obtener sus notas. Luego, entre risas, me dijo:
—¿Cómo pudiste confundir Wembley con Wimbledon?
Le respondí que, a la distancia, una pelota de fútbol y una de tenis son igual de redondas. Pero si me hubieran dicho de ir a Twickenham, la catedral del rugby, ahí no habría margen de error. La "guinda" es diferente.
Al final, confirmé que en Londres uno puede recorrer siglos de historia, saltar de un templo deportivo a otro y perderse entre catedrales, estaciones y estadios… siempre que sepa distinguir entre césped rectangular, césped con red y césped con palos en forma de H. Porque si no, acabas aplaudiendo a Novak Djokovic cuando ibas a entrevistar a Lionel Messi, o pidiendo fish & chips en un pub que solo sirve sushi.
Posdata: esto me recordó que una vez confundí Wyoming con Wisconsin… pero esa es otra historia que, por suerte para mí, todavía no incluye correr con una pelota ovalada por el aeropuerto de Milwaukee.















