Ríos de tinta se han utilizado para escribir sobre cuál es el factor determinante en la génesis del delito. Tradicionalmente, la comisión del delito se ha explicado mediante la interacción entre el criminal y la víctima, y en algunas ocasiones, poniendo especial atención al grado de predisposición, precipitación, ingenuidad o incluso culpabilidad de la víctima.

Pesos pesados de la criminología y la victimología, como Hans von Hentig, Benjamín Mendelsohn o Menachem Amir, que defendían, a su manera, que el delito se originaba porque la víctima generaba las condiciones idóneas para que el crimen (robo, violación, asesinato, agresión…) se produjera. Mendelsohn hablaba de víctimas ideales o culpables mientras que Amir hablaba de la precipitación victimal.

Estos postulados se solían argumentar con ejemplos bastante maniqueístas: una víctima que se deja la puerta de casa abierta o las llaves del coche puestas precipita y genera el robo tanto como el ladrón; o una víctima que provoca e insulta al portero de una discoteca puede precipitar o provocar una agresión tanto como el propio agresor. Sin embargo, el crimen se origina de maneras mucho más ambiguas y complejas en las que esos conceptos podrían conducir a la culpabilización de las víctimas. Especialmente cuando entramos en el campo de la violencia sexual.

Afortunadamente, esa idea sobre la forma en la que el delito se origina se desechó en pro de otras teorías que tenían en cuenta otros factores. Concretamente, el espacio y el tiempo. Los crímenes no se distribuyen de manera aleatoria en el espacio y el tiempo, sino que hay lugares y momentos donde uno tiene más papeletas para ser víctima de un delito.

Esta nueva concepción del origen del crimen también podría recaer en el viejo vicio de teorías anteriores y volver a culpar a la víctima. Ya que, al tener en cuenta el factor espacio temporal, para muchos es inevitable tratar el estilo de vida de la víctima como un factor clave en su propio proceso de victimización. Algo realmente peligroso, en tanto en cuanto a que puede terminar derivando en la culpabilización de la víctima.
En cualquier caso, es un hecho que, como bien dicen Brantingham y Brantingham, el delito consta de cuatro dimensiones: la dimensión legal, la dimensión del criminal, la dimensión de la víctima y la dimensión espaciotemporal.

Esta afirmación es realmente relevante para la lucha contra el crimen, puesto que multiplica por cuatro la capacidad preventiva de la delincuencia. Se puede luchar contra el crimen y prevenirlo desde la esfera de la legislación, cazando y encerrando al criminal y protegiendo a la víctima; pero también se puede prevenir la delincuencia trabajando con los elementos urbanos y arquitectónicos.

Eso es la criminología ambiental, la rama de la criminología que centra su estudio en el medio físico-urbano-arquitectónico y en cómo este se relaciona con el delito. Cualquier elemento arquitectónico puede favorecer o dificultar la comisión de un delito. La disposición de los edificios, la presencia o no de farolas, e incluso la disposición de las ventanas en la fachada de un edificio. Cualquier cosa puede influir en que un robo, un asalto, una agresión sexual o un intercambio de drogas se produzca o no.

La cultura popular está plagada de ejemplos donde, sin hablar de criminología ambiental, se pone en valor la importancia del medio y el entorno para con la delincuencia. Dos ejemplos claros son Ciudad de Dios (2002), donde queda claro que la favela y su configuración es clave para la proliferación del crimen; e Irreversible (2002), la famosa película donde Mónica Bellucci es violada durante más de 10 minutos en un paso a nivel subterráneo. Es violación, no se podría haber dado si en lugar de construir un paso subterráneo para cruzar la carretera, se hubiese hecho un puente peatonal sobre la misma o simplemente se hubiese colocado unos semáforos y un paso de cebra.

De entre los numerosos ejemplos en los que se evidencia la importancia de la criminología ambiental, hoy quiero profundizar en el que probablemente sea el más bizarro y distópico de todos ellos. Y es que la prevención del crimen desde un enfoque espacial se puede aplicar hasta en las matanzas escolares que se dan frecuentemente en los Estados Unidos.

Volviendo a lo ya mencionado, es indiscutible que el crimen y su génesis se componen de cuatro dimensiones, y que, en consecuencia, se puede prevenir atacando a cualquiera de esas cuatro. Pero también es cierto que en algunos delitos una de esas cuatro dimensiones tiene mucho más peso y relevancia en cuanto a la prevención. En los tiroteos escolares en Estados Unidos la dimensión del agresor, generalmente estudiantes con problemas mentales, de bullying o de integración, es la más importante y a la que más atención se debería prestar.

Ahora bien, ¿cómo es un colegio a prueba de tiroteos o que busca dificultar la labor del asesino múltiple?

Lo primero, se terminaron los pasillos rectos. El típico corredor de instituto norteamericano, plagado de taquillas, recto y largo hasta borrarse en el horizonte, es un chollo para el asesino múltiple y una condena para las víctimas, que solo pueden correr y alejarse del criminal, pero siempre dentro del campo de visión del criminal y su arma. Los pasillos curvos son la solución; si la víctima huye corriendo, terminará por salir del campo de visión del asesino.

Algunos colegios eliminan incluso las icónicas taquillas de sus pasillos y las reubican en una suerte de zona común/salón fuertemente vigilado. Idealmente debe reducirse la vegetación en la zona exterior de la entrada para facilitar la vigilancia aumentando el campo de visión.

Además, para minimizar aún más la peligrosidad de los pasillos, hay que llenarlos de pilastras y muretes que supongan un lugar de cobertura para los estudiantes. Algunos colegios como el Shelbyville High School disponen incluso de bombas de humo colocadas en los techos de los pasillos con las que intentan entorpecer la visión del tirador.

Un solo acceso al edificio y a través de un control de accesos donde se registra e identifica a cualquier persona que ingresa al colegio o instituto.

¿Y las aulas? Puertas blindadas con bloqueos desde dentro, ventanas y cristales antirrotura, control de accesos, ángulos muertos donde el tirador no pueda ver a los alumnos desde las ventanas y, lo más demencial, pizarras antibalas —whiteboard shield—.

Sabemos que el país de las barras y estrellas soluciona las cosas a su manera. Y en este caso, una de las ocurrentes soluciones que han tenido para la problemática de las matanzas es diseñar colegios anti-tiroteos. Una forma de prevenir el delito que busca minimizar daños una vez ya se ha iniciado y que se aleja de la mentalidad europea centrada en evitar que un adolescente tome la decisión de llevar a cabo una matanza.