Argentina se precia de ser el país que inventó el sistema de identificación por huellas dactilares, el bypass coronario, el dulce de leche (más que un invento una gesta culinaria), el bolígrafo descartable y, entre otras cosas por las que su gente se siente muy orgullosa, un perro que –erróneamente– se cree el más peligroso del mundo.

Los perros, esos animales –o mejor dicho habría que decir seres– maravillosos e increíbles, y quizá los mejores amigos del ser humano. Descendientes directos del lobo, los perros han acompañado la evolución del hombre desde los tiempos de las cavernas, cuando aun en su forma lobuna comenzaron a crear una sociedad perfecta con los nómades, cuidándolos a ellos de los depredadores, y aprovechando las sobras de comida que les iban dejando. Es decir: no se pueden entender el uno sin el otro.

Se calcula que de las más de 400 razas de perros que se tiene registradas, sólo entre 10 y 20 son consideradas antiguas o basales, lo que significa que son descendientes directos del lobo, cuya evolución se ha dado de forma casi natural. El resto han sido creadas o modificadas artificialmente por el ser humano. A través de los tiempos se fueron sumando nuevas razas, y en el siglo XIX donde explotaron, sobre todo en la Inglaterra victoriana, cuando se comenzó a experimentar –casi con ese afán mesiánico de querer no sólo controlar sino crear la vida misma– con el objetivo de inventar razas para trabajos u objetivos específicos, como pastoreo, guardia, compañía o sólo por estética.

Y es así como hoy vemos toda esa paleta de colores, formas, tamaños y modos de comportamiento que diferencia a las distintas razas de perros, pero todos, en mayor o menor medida, siguen teniendo eso que los hace tan especiales y únicos para la gente: el amor y fidelidad incondicional hacia su dueños, su capacidad para leer nuestras emociones, su olfato infalible, su memoria afectiva inclaudicable, su alegría contagiosa y el amor sin condiciones que nos prodigan.

Por supuesto, todo depende como se los trate, porque si se los trata mal, es muy posible que no tengan esos atributos. Hoy, por ejemplo, se pueden clonar, pero eso no significa que un perro clonado se comporte igual que el original si no vivió todas y cada una de sus mismas experiencias, aunque haya un presidente en Argentina que piense que su can clonado es el mismo que murió (Conan), así como los otros cuatro que clonó, aunque no se sepa bien si tiene uno, cuatros o miles de perros clonados (o imaginarios).

El dogo argentino: industria nacional

Argentina es un país que en algún momento de su historia apuntó a la grandeza a la que apuntaron –y lograron– algunos países en el siglo XX. En cierto lapso de su historia estuvo cerca, siendo la séptima 7 economía mundial, aunque esa riqueza fuera sólo para muy pocos, y la desigualdad reinante en el país fuese enorme e inadmisible. Y sí, “pasaron cosas”, diría otro de sus presidentes, uno de los más indignos y olvidables. Y en el medio de esa hermosa locura argenta, el Dr. Antonio Nores Martínez, junto a su hermano, Agustín, oriundos de la Provincia de Córdoba, en la década de 1920, se dieron a la tarea de crear una raza de perro que fuera insigne y símbolo del país: el dogo argentino.

Utilizando al perro de pelea cordobés como base, otras razas como el pointer, para otorgarle mejor olfato, tuvieron por idea crear un perro capaz de cazar jabalíes, pecaríes y pumas. Otras razas que usaron fueron el gran danés, el bóxer, bull terrier, bulldog inglés, mastín español, dogo de burdeos y otras. Un verdadero Frankenstein perruno que cobró vida con la forma de un enorme, blanco, inexpresivo, silencioso y fortísimo perro que, cuentan las leyendas, es capaz de caer por un barranco sin dejar de morder el cuello de su presa y morir con él si es necesario, aunque eso le lleve la vida.

El Dogo Argentino tiene una apariencia ambigua. Por un lado, tiene esa imagen imponente y temible, donde debido a su blancura, ojos chiquitos y aparente impavidez, y sobre todo gran tamaño y su tremenda musculatura, que provocan respeto, e incluso desconfianza y hasta miedo. Sin embargo, detrás de esa fisonomía, y de la mala fama de agresivo, es un perro leal, valiente y protector, y como todo perro, si se lo socializa adecuadamente desde cachorro, es un compañero afectuoso, confiable y tierno.

Hasta fama y échate a ladrar

Quien haya oído hablar de los dogos argentinos, sabrá que hay historias no muy agradables de algún ataque de esta raza a personas, incluso mortales, y están documentados. Pero eso pasa también con otras razas, incluso consideradas dóciles y no violentas, pero todo depende de cómo se hayan educado, y a cuidado de quién estuvo, porque también es verdad aquello de que todo perro se parece a su dueño. Y es que aunque se tiene la falsa idea de que es el más peligroso del mundo, por ejemplo, en una encuesta mundial realizada entre 2008 y 2014, se lo considera en la posición 28 más peligrosa (siempre por detrás del pitbull, el rottweiler y el ovejero alemán), aunque otros números indican que está en la 20 y la 10 según informes de ataques y demandas, en Estados Unidos. De hecho, esta raza y muchas otras están prohibidas en varios países.

El dogo argentino es un perro que puede ser como un bebé. Obviamente, su brutal fuerza y poder de mandíbula lo hacen potencialmente peligroso. Pero su peligrosidad dependerá de la sociabilización y el entrenamiento que haya tenido. Incluso se pueden ver en redes sociales videos de dogos que son más mansos y cariñosos que un beagle, porque se los crio con amor y confianza, dándoles el espacio y tiempo que necesitan. A fin de cuentas lo mismo pasa con otros perros si sucede lo contrario, e igualmente con los seres humanos. Además, ellos no tienen la culpa de ser lo que son: el sueño un poco vanidoso, otro tanto ambicioso, y quizá hasta soberbio, de alguien que pretendió crear, jugando a ser Dios, y evocando la imaginación de Mary Shelley, una bestia para matar, pero inocente de su origen. Un animal de sangre caliente que sólo busca amar y ser amado.

Entrenamiento y cuidado

El dogo argentino no es el perro más peligroso ni más agresivo del mundo; sin embargo, sigue siendo una raza que requiere de dueños responsables, socialización precisa, un entrenamiento adecuado y alguien de preferencia fuerte para manejarlo. Y sobre todo tiempo, espacio y amor. Eso pasa con todos los perros, y que amamanten por tres meses, porque es la madre la que les enseña hasta esa edad los límites que deben de tener. El dogo necesita una convivencia segura armoniosa y responsable, y tener el compromiso inquebrantable por su bienestar. ¿No es lo que todo ser vivo necesita?

Pero al ser un perfecto atleta canino de alto rendimiento, necesita hacer ejercicio todos los días, eso es vital para canalizar su enorme energía contenida. No se lo recomienda en espacio urbanos ni estar cerca de bebés o niños chicos, pero no porque vayan a atacarlos, sino porque por su gran tamaño, con esa cabezota cuadrada y cuello robusto, pueden causarles daños inconscientemente. Y cuando se habla de socializarlos desde chiquitos, incluye con otros perros, porque tiene naturalmente un temperamento dominante y territorial, y cuando se enfrascan en una pelea, difícilmente se detengan.

El dogo necesita un espacio amplio y seguro para correr, Y cuando se habla de un correcto entrenamiento, no incluye castigo físico, como con ningún animal, y sobre todo esta raza, porque cuando descubre el comportamiento violento es difícil de controlar. Cuando uno lee lo anterior, y en lugar de poner ‘dogo’ y otra raza se pone ‘ser humano’, se podría decir que sucede exactamente lo mismo. Y bueno, cabe recordar que al ser un híbrido de tantas razas, su salud sufre de “efectos secundarios”, que en este perro se manifiestan en problemas que pueden surgir con la edad, como displasia de cadera, sordera y dermatitis de varios tipos, además de que son muy sensibles al sol.

Parábola de la grandeza

La historia del dogo argentino no deja de ser una parábola de los sueños rotos –¿o mejor dicho delirios?– de grandeza de una Nación que presume tener el río más ancho, la calle más larga, las mujeres más lindas, el mejor jugador –o dos– de fútbol del mundo, y cositas más así, que quizá tienen su importancia, pero no dejan de ser intrascendentes. Sin embargo, en la búsqueda de lo más grande, de ese más y más, a veces se puede caer desde lo más alto, y el golpe puede ser muy duro, tanto que se pudiera pensar que el sueño de llegar ahí no valió la pena, porque al final el daño puede ser irreversible. Es como el movimiento libertario argentino, ese delirante y suicida experimento político social y económico en marcha, que en sólo un año y medio destrozó el país, con consecuencias inimaginables, y eso que este ‘monstruo’ recién da sus primeros pasos.

Sin embargo, el dogo argentino no es Conan –ni de la raza mastín español–, que aunque una (im)perfecta pieza de ingeniería genética, es un ser vivo que existe, con virtudes y defectos, y que está entre nosotros. Y como la creación el Dr. Frankenstein, no tiene la culpa de haber sido creado de la forma en que fue hecho. Por eso es bueno saber cómo y por qué es así. Un perro que más allá del objetivo por el cual fue concebido, preferiría simplemente amar y ser amado. Como cualquier perro. O como cualquier ser humano.