Lo primero que recuerdo de Carl Sagan es la miniserie de televisión Cosmos: Un viaje personal, que transmitía la hoy día cerrada en Venezuela Radio Caracas TV temprano todos los domingos durante 1982 cuando yo iniciaba mis estudios universitarios en Cumana. La serie ya había salido al aire inicialmente en 1980 en los Estados Unidos, su encanto inicial era esa música cautivadoramente emotiva de Vangelis, las imágenes animadas del espacio y cómo se explicaba la ciencia en términos amenos.

Recuerdo que me gustaban de más joven otras series de conocimiento y naturaleza como El Ascenso del Hombre de Jakob Bronowski (1973) y La vida en La Tierra de David Attenborough (1979). Las dos series anteriores tenían como narradores a dos europeos, por el contrario, Carl era norteamericano y realmente trajo un estilo más digerible de conocimientos tan enciclopédicos como la historia de la ciencia, las contradicciones del hombre y las leyes físicas que rigen el universo.

Luego de la serie Cosmos, entre algunos admiradores de Caracas y Cumana, buscamos el libro. Y de allí sus otros textos como: Los dragones del Edén: Especulaciones sobre la evolución de la inteligencia humana (1977), El Cerebro de Broca: Reflexiones sobre el apasionante mundo de la ciencia (1979), Contacto (1985 su novela de ciencia ficción llevada al cine en 1997, este libro en inglés me acompaña en mi carro) y, El Mundo y sus demonios (1995), solo por nombrar los leídos. En realidad, Carl produjo y fue coautor de centenares de miles de artículos tanto científicos como ensayos políticos, humanistas y filosóficos, e incluso sobre su defensa del consumo de Cannabis expresada en el libro Marihuana reconsidered (1994).

Sagan se convirtió en nuestro referente de quien queríamos ser, si la mayoría de mis amigos en la década de 1980 eran candidatos a biólogos, en el fondo nuestra admiración por la astronomía, física y matemáticas era inmensa. Pero escalar a esas ciencias más altas se hacía fácil de la mano de Carl. También conocer de los pioneros del conocimiento universal como los antiguos atomistas y escépticos griegos, su elogio a Hipatia de Alejandría y esa legendaria biblioteca del Egipto tolemaico amenazada ante el fanatismo religioso con poderes autocráticos y muchedumbres ignorantes (mucho de esto se ve en la película Ágora de Alejandro Amenábar (2009), el renacer de la ciencia a finales de la Edad Media y lo que logramos a fines del siglo XX con los inicios de la era espacial, no obstante, la Guerra Fría.

Estas ideas me llevaron a leer más de historia universal, entender mejor mi carrera, ya que también Sagan era un gran divulgador de la evolución orgánica como de la tecnología y las sociedades humanas. Quizás la cúspide de sus logros era explicar el origen del universo y cómo llega a ese gran concepto clímax de que somos materia originada en las estrellas que alcanza la conciencia de su propia existencia a través de 13 mil millones de años de evolución cósmica.

Y lo anterior nos lleva a sus no creencias místicas, ya que la mayoría de los seres humanos prefieren no explicar su universo o únicamente atribuir todo fenómeno a una determinación predestinada por dioses intangibles que desde el origen del hombre hasta nuestros días ha limitado e incluso castigado el avance del conocimiento. Carl siempre criticó la visión ingenua del viejo omnipresente sentado en las nubes, pero también a quienes recientemente conforman una nueva religión científica. Sagan decía: “No tiene mucho sentido rezarle a la Ley de la Gravedad”.

Uno de mis grandes amigos vio una charla suya en los Estados Unidos a finales de 1980 y cuenta que era realmente cautivador. Su otro gran tema expresado en esa charla era la búsqueda de inteligencia fuera de la Tierra, para ello se inició en la década de 1950 con el fenómeno OVNI que determinó junto a investigación académica rigurosa que estos reportes no tenían bases científicas. No obstante, su enfoque fue más allá al expresar ideas e incluso ecuaciones matemáticas (Probabilidad de Drake) donde se calculan estimados de posibles civilizaciones en el universo que hayan alcanzado o superado el nivel de la especie humana en la Tierra. Ese es el tema de su libro Contacto.

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Sus errores son pocos y están señalados en las redes, más por sus enemigos políticos y religiosos. Pero también se debe ubicar a Sagan no solo por su tiempo, sino también por sus criterios personales. El padre de Carl era un inmigrante ucraniano y su madre norteamericana; ellos vivieron la Primera Guerra Mundial y la Gran Depresión. Mientras que el joven Carl tuvo una infancia en el Brooklyn de Nueva York durante la Segunda Guerra Mundial.

Los grandes logros de Sagan fueron reconocidos en su momento y aún sigue siendo ejemplo de gran científico divulgador. Es portador de la Medalla de la NASA, Premio Pulitzer, Emmy, Hugo, Humanista del Año 1981 y Bienestar Público, entre muchos otros.

Una muestra de gran sabiduría del profesor Sagan fue sugerir y liderar la idea de colocar un mensaje grabado en un disco de oro a bordo de las dos naves Voyager que tenían la misión de salir de nuestro sistema solar mientras exploraban los planetas más cercanos. Estos discos representan lo mejor de la humanidad, e incluso cuando la misión salió de nuestro sistema estelar, Carl sugirió que las cámaras del Voyager tomarán una última imagen de la Tierra. La foto se llama Un punto azul pálido y de ella surgió una reflexión sobre nosotros, nuestra historia mundial, nuestros avances, batallas, amores y triunfos, pidiendo que seamos más gentiles.

A Carl se le diagnosticó Mielodisplasia en 1994, y a pesar de los tratamientos murió dos años después a sus 62 años en su natal Nueva York siendo enterrado en el Cementerio LakeView. Su legado es inmenso, un año luego de su muerte salió la película Contacto con Jodie Foster como la astrónoma protagonista principal Ellie Arroway, en los 2010 se recargó la serie Cosmos: Una odisea de tiempo y espacio, por uno de sus discípulos Neil deGrasse Tyson, quien como muchos de nosotros tratamos de seguir sus enseñanzas y propósitos.