La cita fue un sábado por la mañana en mi hotel de Bucarest. Yo esperaba en la puerta. Las dos bajaron de un coche blanco de gama media: Ivana, alta y delgada, unos 45 años, de aspecto juvenil, larga cabellera rubia, vestida con traje-chaqueta beige recién planchado, y Clara, 20 años escasos, morena, con camisa blanca y minifalda rosa ajustadas perfilando redondeces. Ivana saluda formal, sonríe, me repasa de arriba abajo y deja escapar una mirada perversa; Clara dibuja con sus labios una sonrisa pícara.

Después de los saludos nos hemos metido en el auto y salimos de Bucarest hasta la ciudad de Bran. Enfilamos pronto la autopista rumbo a Transilvania —en el siglo XI llamada ultra silvam o «más allá del bosque»—. Un rato después nos hemos desviado hacia los Cárpatos; la carretera penetra entre altas montañas, es angosta, con más curvas que rectas. Oscurece. La luna llena proyecta largas sombras. La humedad cae, el coche patina en los recovecos.

Ivana agarra fuerte el volante, conduce firme con la mirada fija al frente. Clara —la traductora— nos acompaña sentada atrás, domina muy bien la lengua española, dice que aprendió mientras traficaba con las divisas que los emigrantes rumanos repatriaban a su país; juega con su teléfono móvil.

—Digo que soy de nacionalidad serbia, para que la policía rumana no pueda quitarme el carnet de conducir, aunque nací en las afueras de la capital en tiempos de Ceausescu. —Ivana habla despacio, solo en rumano y en serbio; Clara traduce.

—Era profesora de educación física cuando escapé cruzando el Danubio a nado con mi marido, que tuvo menos suerte... Durante la guerra de los Balcanes aproveché mi experiencia para ayudar a otras personas a cruzar el río de uno lado para otro, siempre de noche. —Ahora es guía turística.

Cuanto más nos acercamos más se estrecha la carretera, altos abetos, pinos y hayas cierran el paso a ambos lados. Los coches que bajan en dirección contraria trazan con sus focos figuras fantasmagóricas. Las retorcidas curvas en S, la neblina, las penumbras, dejan correr la imaginación. Cuentan que el conde Vlad Tepes, el Empalador,1 (1428-1477) colgaba a sus adversarios en esos árboles luego de empalarlos, para que los enemigos vieran qué les esperaba. La niebla cae, tapa el suelo. Todo se torna oscuro. En la radio se escucha un bolero:

Bésame, bésame mucho
Como si fuera, esta noche, la última vez...

Por el retrovisor interno observo a Clara arreglándose el maquillaje, retocando sus cejas con un grueso lápiz negro, repasando las pestañas; sus largas uñas pintadas en rojo a juego con los labios juegan con su nuevo teléfono móvil.

Después de largas horas por rutas y caminos hemos llegado a Bran, la ciudad aloja uno de los famosos castillos del conde. Es noche cerrada, llueve. El Drácula Market —que brinda servicios de comida y habitaciones— nos espera; Ivana es prima del dueño. Saludos y presentaciones. El aroma que venía de la cocina nos abrió el apetito. De fondo sonaba un tango, —La cumparsita2— tocado lento con acordeón. Llegamos hasta el comedor, la mesa ya estaba preparada: mantel blanco de algodón con platos, cubiertos y copas para cuatro personas. Al terminar la cena (Ciorba-sopa, Tacanita-estofado de carne, acompañados con pan de maíz y vino tinto) nos ofrecieron alojamientos: una habitación para Clara en el edificio principal, y un bungaló alejado para nosotros dos.

Es hora de irnos a dormir, Clara se queda encaramada sobre el primo, cuerpo a cuerpo, haciéndose carantoñas; nosotros cruzamos el patio sin luz pisando charcos. El bungaló es diminuto: una sala con una cama pequeña, un lugar para el aseo y un ventanuco. La compañía aérea había perdido mi equipaje, yo llegué con lo puesto y un pijama corto que pude comprar en la carretera. Los truenos me despertaron. Las gotas de lluvia azotan fuerte el tejado de chapa. Diluvia. No puedo dormir, escribo estas líneas. Los relámpagos alumbran el habitáculo, dibujan siluetas diabólicas por el techo y en las paredes. Suenan 12 campanadas, es media noche. Una sombra de mujer camina sonámbula, se acerca, sus largos cabellos flotan revueltos azotados por el viento que penetra por las rendijas del ventanuco: es Ivana, viene desde el cuarto de aseo, se tiende a mi lado ofreciendo su cuello pálido y desnudo. En los silencios, un búho soltero canta buscando copular. Hubo tormenta toda la noche.

La mañana amaneció soleada. Nosotros dos nos hemos levantado tranquilos; los cuatro nos habíamos citado para desayunar juntos, pero Clara y el primo no aparecieron, seguían disfrutando alegrías. El desayuno fue tradicional rumano (tortitas de requesón, tostadas con ahumados, Papanasi, Sirniki y café con leche). Al terminar, nos hemos dirigido a pie hacia el castillo de Vlad. Cruzamos el cementerio, a esta hora desierto. En las afueras, decenas de comerciantes esperan a los turistas para vender souvenirs —igual que en cualquier otro acceso a reclamos turísticos— y decenas de extranjeros impacientes hacen cola en la taquilla para comprar las entradas al castillo.

Subimos por una tortuosa pendiente con espesa vegetación y árboles a ambos lados que, en un día soleado, oscurecen el paisaje; es fácil imaginar aquí a los empalados colgando desde lo alto. Pisamos las hojas caídas del otoño, algún reptil se escurre entre la hojarasca. Hemos entrado al castillo. Es una construcción fortificada construida en 1217 por la Orden de los Caballeros Teutones; alterna formas irregulares —redondas y cuadradas— alrededor de un patio central con su pozo de los deseos y una escalera que baja hacia las mazmorras. El recorrido es irregular, con pasillos apretados y espacios a diferentes niveles, caótico, interrumpido por la multitud de visitantes. Hemos venido desde Bucarest tras las huellas del conde. Hemos explorado el castillo, los pasillos, todas las habitaciones, todos los rincones. Estamos en el patio junto al pozo de la suerte; una escalera tortuosa invita a bajar hacia las mazmorras, una pequeña puerta de hierro fijada con un candado oxidado cierra el paso.

El conde Vlad Dráculea —Vlad III de Valaquia— perteneció a la Casa de los Draculesti (que es el apellido «Dragones» en rumano), tuvo 2 hijos —Minea y Eva—; dicen que pasó las ultimas noches de su vida encerrado en este castillo antes de ser decapitado por sus opositores en el invierno de 1476-1477. Bram Stoker no se inspiró en él para escribir Vampiro, el no muerto (1897), luego cambió el título porque la palabra «Drácula» le sonaba mejor; novela que adquirió fama mundial tras pasarla al cine en Nosferatu (1922). Según National Geographic:

Algunos historiadores sugieren que Stoker no se inspiró en la oscura y brutal vida de Vlad III el Empalador, sino que en realidad sus ideas estaban influenciadas por el folclore irlandés.

Drácula fue escrita en plena época victoriana y trata de algo muy insólito en esa época: el deseo sexual. Y no lo hace solo cuando se refiere a los escarceos amorosos del conde, sino también cuando habla del «consentimiento» de las víctimas, cuando éstas permiten la entrada del vampiro en su dormitorio.3

Un cartel anuncia: Este castillo es propiedad de la autoridad municipal desde 1400, nunca estuvo habitado.

Huele a tierra mojada. A los pies del castillo un lago romántico rodeado de abetos invita a pasear bajo el bosque; sus aguas tranquilas, como un espejo, reflejan dos cuerpos que se miran cogidos de las manos. Fue un domingo de octubre.

Notas

1 Vlad Tepes o Vlad Dräculea.
2 La cumparsita.
3 Sadurni, J. M. (2023). Bram Stoker, el Padre de Drácula. National Geographic. Abril, 17.