Lo confieso: en mi época juvenil –hablo del milenio pasado- una mujer ilustrada era aquella que había leído libros (no solo novelas de Corín Tellado), que le gustaba el arte e incluso tenía ideas propias. Algunas usaban foulards al estilo suicida de Isadora Duncan, otras escondían su belleza tras anteojos y trenzas… Recuerdo que a mediados del siglo pasado Ray Bradbury escribió un excelente libro, El hombre ilustrado, luego llevado al cine.

Se trata de 18 historias diferentes que se unen con la figura de un vagabundo con su cuerpo tatuado, en teoría por una mujer viajera del tiempo, y cada tatuaje, animado, cuenta una historia diferente. Bradbury, luego, también escribió un cuento sobre La mujer ilustrada.

Claro, ni la caja boba ni los celulares eran aún el epicentro de las actividades sociales, y la gente se reunía en tertulias en salones, bares, clubes sociales, fábricas, comités políticos… para conversar, intercambiar ideas.

Uno se entera, casi al final de la segunda década del tercer milenio de la era cristiana, que hoy una mujer ilustrada, es una fémina con profusión de tatuajes. Muy ilustrada, por cierto, y no puede esconderse detrás de un foulard o unos anteojos. Lo peor es que llevarán (¿ostentarán?) su ilustración toda la vida (si no se someten a alguna operación de rayos láser, claro).

Y para que no se me acuse de discriminación de género, también había hombres ilustrados. Pero aquellos que eran ilustrados con tatuajes, eran los castigados de las sociedades, señalados como criminales.

Cuando quisimos hacer un trabajo científico sobre las causas del tatuaje, las respuestas parecieron prefabricadas: Es una forma de expresión, un símbolo de identificación, incluso un estilo de vida, fue la respuesta más común. El tatuaje no es sólo una moda; la expresión del arte sobre la piel supone el reflejo de la filosofía rebelde, contestataria, una forma de expresar visualmente las convicciones y una manera de integrarse o, más bien, de ponerse frente a frente con la sociedad; es ser moderna, respondieron otros.

Es llevar una marca de un determinado momento de la vida que sin duda nos marcó y queremos verlo ahí cada vez que nos hace falta: Es arte en mi cuerpo, me siento más linda, y son lo único que me voy a llevar a la tumba. Sirve para cerrar o saldar alguna cuenta pendiente con uno mismo. Es una comunión contigo mismo y el dibujo. Me tatué el nombre de mi abuelo en la espalda para que me cuide la espalda para siempre y el de mi madre en el pie para que guíe mi camino, son otras de las respuestas conseguidas.

Y también algunas reflexiones ¿filosóficas? como: hacerse un tatuaje es como un corte de pelo permanente. Es un reflejo de lo que mi corazón no se puede expresar con palabras. No te puedes arrepentir de algo que estuvo una vez tan dentro tuyo que decidiste hacerlo eterno. Las personas tatuadas somos arte. Los tatuajes son cicatrices que yo elijo. Son poderosamente adictivos. Lo mejor de nuestra piel es que nos deja huir.

Pero lo cierto –y lo malo es que quienes se tatúan no lo sepan- es que ha sido utilizado en la historia como símbolo de humillación o de control social, como protesta en la época punk y convirtiéndose casi en un complemento de moda en la actualidad, mucho más que como estilo de vida: ir tatuada/o de verdad no es para todo el mundo.

¿Modernidad? Los primeros indicios de la existencia de tatuajes se descubrieron en una momia glaciar de 5.300 años, probablemente, de un ritual.

En 1815, el prócer rioplatense José Gervasio Artigas, Protector de los Pueblos Libres, lanzó la consigna de «sean los orientales tan ilustrados como valientes», visualizando con claridad que la fortaleza de una nación no radicaba solo en el coraje y las armas, sino en la educación y la cultura. Los orientales eran su pueblo, los uruguayos, pero a nadie se le dio por hacerse un tatuaje para espantar a los conquistadores españoles…

Ilústrame

Un tatuaje es una modificación permanente del color de la piel en el que se crea un dibujo, una figura o un texto y se plasma con agujas u otros utensilios que inyectan tinta o algún otro pigmento bajo la epidermis de una persona. La palabra tatuaje proviene del samoano tátau, que significa «marcar o golpear dos veces» (en referencia al método tradicional de aplicar los diseños o plantillas).

El hecho de que se pueda introducir tinta entre la piel (en la dermis, la segunda capa de piel por debajo de la epidermis) hace que la tinta se mantenga ahí permanentemente. En los tatuajes de Henna se usa un pigmento rojizo de origen vegetal; es raro que se produzca una alergia a la piel y su duración es de entre tres semanas a un mes.

El tatuaje llegó a Occidente por vía marítima, con las expediciones de Cristóbal Colón en América y del capitán James Cook a las islas de la Polinesia, cuando los marineros tuvieron contacto con los indígenas amerindios, con los maoríes y con otras tribus que les «enseñaron» el arte de tatuar. En 1846 se abrió en Nueva York lo que aparentemente fue el primer estudio de tatuaje.

Las distintas culturas que utilizaron el tatuaje lo hicieron de distintas maneras; tanto como arte, en el sentido de creación de significados rituales o simbólicos (Antiguo Egipto), para marcar o señalar a los criminales (antiguas Grecia y Roma) y se cree que, por su posición en el Hombre de Hielo (momia neolítica dentro de un glaciar de los Alpes de Ötztal, con 57 tatuajes en la espalda), las marcas cumplieron un fin terapéutico, semejante a la acupuntura

Durante la Alemania nazi (como el ejemplo más conocido aunque no es el único) se utilizó el tatuaje para marcar a los prisioneros de los campos de concentración. Y años después, los fanáticos neonazis se rapaban la cabeza para poder tatuarse la svástica en sus cabezas.

Los tatuajes han sido una marca característica en el mundo de las pandillas y los criminales y se utilizan para demostrar la pertenencia a una pandilla y también para hacer una especie de registro o historial del delincuente, sus habilidades, especialidades, «logros» y las funciones que tiene y que puede cumplir el criminal: un currículum graficado.

Los tatuajes de cuerpo completo de la Yakuza japonesa son conocidos como irezumi y representan también la capacidad para soportar el dolor y la valentía. Los de los criminales norteamericanos son los más amplios y variados, casi todos con el estilo de la vieja escuela en común: muy mala calidad, ausencia de colores y pésimos detalles. Hay varias diferencias entre los tatuajes de pandillas estadounidenses y mexicanas: las primeras emplean símbolos que fueron utilizados por los fascismos, mientras que las mexicanas tienen elementos relacionados con el día de los muertos y su cultura.

Por ejemplo, las lágrimas significan que el convicto asesinó a una persona o que han asesinado a sus seres queridos. Cruces, telarañas, serpientes, cartas, espadas, números y letras, constituyen algunos de los diseños más frecuentes en esta categoría y claros ejemplos son los de los miembros de la Mara Salvatrucha (MS13), la Hermandad Aria o la Asian Boyz.

Y cundo uno/a cree que está a la moda con sus ilustraciones, los científicos descubren los tatuajes figurativos más antiguos del mundo en dos momias de 5.000 años en Egipto: un toro salvaje y una oveja en la parte superior del brazo de una masculina, y un motivo en forma de S en el brazo y en el hombro de una momia femenina.

Los descubrimientos con rayos infrarrojos en las dos momias rescatadas en Gebelein, en el Alto Egipto hace 100 años (hoy en el Museo Británico), derrumbaron la creencia anterior de que solamente las mujeres usaban tatuajes en el mundo antiguo por razones de fertilidad o eróticas. La momia masculina probablemente murió asesinada con una herida de puñalada en la espalda: a ella posiblemente no le gustó la ilustración.

La evidencia más antigua de tatuajes en momias en Latinoamérica se encontró en una perteneciente a la Cultura Chinchorro en la costa de Chile (2000 a.C) y consiste en un bigote delgado sobre el labio superior de un hombre adulto.

Desde finales del milenio pasado (hace menos de dos décadas), el tatuaje ha sido popularizado e incorporado progresivamente a la sociedad y hoy día éste cumple funciones supuestamente estéticas, un modo de expresión artística que no distingue entre sectores sociales. Pero las momias están demostrando que la práctica del tatuaje es tan antigua como la historia de la humanidad.

Si bien se utilizaba en algunas tribus para diferenciarse los unos con los otros, hoy las/los ilustrados usan sus tatuajes tanto para plasmar la individualidad como para sentirse parte de un grupo. Hoy hay otras tribus que asumen el tatuaje para sentirse parte de la misma: las bandas criminales estadounidenses, rusas, japonesas; los presos, los integrantes de las maras centroamericanas; algunos roqueros, incluso contadas modelos.

Los investigadores alemanes Aglaja Stirn y Elmar Brähler (en 2006) establecieron que los individuos con modificaciones corporales como tatuajes se consideraban a sí mismos más individualistas y fuertes. Thomas Kappeler, concluyó que las personas tatuadas tienden a buscar sensaciones más extremas, más intensas y potencialmente peligrosas. La Universidad de Columbia Británica de Vancouver (2005), con una muestra de 280 estudiantes, concluyó que las personas tatuadas suelen estar más abiertas a nuevas experiencias.

«Los tatuajes mantienen ese componente de protesta y reivindicación, como una forma de decir que mi cuerpo es mío y puedo hacer con él lo que quiera», explica la psicóloga clínica Marta Lorente. «Y también aportan un gran componente de refuerzo. Todos nos movemos y nos construimos según el refuerzo que obtenemos de los demás y, haciéndote un tatuaje, fortaleces ese sentimiento de pertenencia a un grupo». O no.

Los amantes de los tatuajes no suelen conformarse con uno, y terminan decorando su cuerpo con varios dibujos. Un tatuaje suele suponer una liberación, fruto de una reflexión: se elige un diseño, se atreve a decidir dónde exhibirlo o esconderlo. «Con el tatuaje conseguimos sentirnos más auténticos, más interesantes, y de ahí que aumenten las posibilidades de repetir la experiencia buscando las mismas sensaciones… Porque nos hacen sentirnos genuinamente libres», asegura Lorente.

Estas definiciones parecen más cónsonos con un manual propagandístico de los tatuajes. Nada tiene que ver el tatuaje con un componente de protesta y reivindicación: los problemas de clase, lamentablemente, no se dilucidan con un tatuaje. La liberación nada tiene que ver con la ilustración corporal.

No existe la revolución de los tatuados (por lo menos Hollywood aún no lo comercializó)… Sí es un forma de que mucha gente –y no sólo jóvenes- se preocupe prioritariamente de su ilustración a colores, de su egocentrismo y egolatrismo, que de los problemas reales de nuestras sociedades: el cambio climático, el tráfico de armas y de almas, la tremenda desigualdad, la inequidad, los paraísos fiscales, las migraciones, la pobreza, el desempleo…

Recuerdo que uno pasaba días (y noches) descubriendo la belleza interior de una persona. Hoy parece que hay que quitarle la ropa para descubrir esa tatuada belleza interior… Asumo mi vejentud, extraño a aquellos cultos ilustrados, no me molestan –en general- los tatuajes, reivindico que cada cual puede hacer de y con su cuerpo lo que quiera (incluso decidir si aborta o no).

Hay tatuados que creen que sus ilustraciones corporales son sinónimo de libertad, sin asumir que siguen una moda que cuando pase dejará sus secuelas; o creen que son revolucionarios porque tienen la cara del Che Guevara descansando en sus bíceps. Pero de ahí a vender los tatuajes como la revolución del siglo XXI….