Hoy en el mundo están sucediendo cosas sumamente complejas que cuesta terminar de entender. En el ámbito político-social e ideológico están teniendo lugar acontecimientos que hace unos años parecían inconcebibles. Nos referimos al vertiginoso avance de un discurso de ultraderecha que, sin prisa pero sin pausa, se va extendiendo por diversas regiones de todos los continentes.
¿A qué se debe esto? Y más aún: ¿qué hacer ante este avance? Porque, definitivamente, algo debemos hacer. ¿O nos quedamos impávidos respecto a la frase de Hitler: “Ante Dios y el mundo, el más fuerte tiene el derecho de hacer prevalecer su voluntad”?
El presente texto intenta comenzar a entender este multifacético y enredado fenómeno, tratando de dar algunas pistas de cómo afrontarlo. Porque, sin dudas, se trata de enfrentar algo sumamente pernicioso para la convivencia de toda la especie humana. Lo que se creía enterrado para siempre en la historia —habiendo sido vencido militarmente luego de la Segunda Guerra Mundial en 1945, convenientemente juzgado y sentenciado en los históricos juicios de Núremberg, y extirpado de las conciencias con profundos trabajos ideológico-culturales que, en mayor o menor medida, barrieron todo el globo—, hoy vemos que retorna con fuerza creciente. “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”, podría aplicarse aquí, retomando a Pierre Corneille. ¿Qué está pasando que retorna virulenta y desafiante esta ultraderecha con aroma fascistoide?
Por cierto, lo que hoy está difundiéndose por buena parte del planeta no es exactamente el fascismo y el nazismo de los años 30 del siglo pasado, cuando se daba otra coyuntura internacional y la preocupación fundamental de los poderes dominantes era la lucha contra la organización de la clase trabajadora y el ideario socialista que crecía. Pero en sus valores más profundos, el actual avance de las ultraderechas comporta grandes similitudes con aquellos movimientos.
Asistimos hoy a un proyecto ultracapitalista que desprecia visceralmente cualquier opción de izquierda o que cuestione, así sea muy tímidamente, el orden establecido, con un marcado racismo, supremacismo, misoginia patriarcal, absoluto desprecio por las diferencias (homofobia recalcitrante), un discurso avasallador contra lo distinto que se sale de una consabida normalidad moralizante, con fuerte presencia de discursos religiosos, ultranacionalismo con características xenofóbicas, cultura autoritaria, engañosa apariencia democrática y una coordinación global de todas estas tendencias. Contribuye grandemente a la difusión de todo esto la perspectiva digital, con un marcado uso de la tecnología y las redes sociales. Hoy día los medios masivos de comunicación se encuentran en el ámbito digital, en cada teléfono móvil que nos acompaña las 24 horas del día, que nos bombardea de forma ininterrumpida.
Algo que resulta trágicamente patético es el crecimiento de estas tendencias en las grandes masas, en especial las juventudes, por lo que las ultraderechas están llegando a ocupar los poderes políticos de los Estados con el voto complaciente de amplias mayorías populares. Dicho de otro modo: la gente vota alegremente por sus verdugos, sin tener clara conciencia de qué está apoyando.
Todo esto no es casual; hay un entrecruzamiento complejo de causas que lo explica. Como mínimo podría apuntarse:
La caída de los socialismos reales a fines del siglo pasado —desintegración de la Unión Soviética y paso a mecanismos de mercado en China— y la crisis de las izquierdas, que no encuentran caminos viables para promover cambios estructurales.
Largas décadas de políticas neoliberales con su fuerte prédica individualista (“¡sálvese quien pueda!”), fomentando salidas personales desconectadas totalmente de propuestas comunitarias y solidarias.
La crisis general del sistema capitalista, que no termina de reponerse del crack de 2008, sin encontrar opciones válidas para grandes contingentes de población, en especial jóvenes.
Un proceso de robotización e incorporación de tecnologías de avanzada, como la inteligencia artificial, que comienza a hacer prescindir de la gente, la cual puede reaccionar buscando propuestas salvadoras y mesiánicas en líderes carismáticos y muy envolventes que prometen el cielo en la Tierra.
Una tendencia cultural-político-ideológica generalizada en términos globales que va normalizando prácticas y propuestas que décadas atrás hubieran sido impensables, funcionando como “moda” a repetir (“¿Por qué votaste por Milei?”, preguntan a un joven argentino; “¡porque es cool ser fascista!”).
El auge de políticas redistributivas de un capitalismo con rostro humano que, al no brindar reales salidas sostenibles en el tiempo para grandes masas, sin buscarlo provoca el corrimiento de las mismas hacia posiciones que ofrecen más seguridades, con discursos encendidos poniendo siempre a alguna otredad como chivo expiatorio.
Todo lo anterior, solo para mencionar algunas de las facetas que se hacen presentes en este complejo fenómeno.
¿Qué hacer ante este avance?
Los tiempos actuales no son favorables al cambio social. Por el contrario, son épocas de conservadurismo extremo. Los ideales socialistas de solidaridad y confraternidad, de momento, han sido sacados de escena. Más precisamente aún: las actuales son épocas de un fomentado y manipulado odio, de mucho odio contra la idea de cambio, contra cualquier cosa que se muestre como novedosa y alternativa. Las juventudes fueron llevadas a estar más atentas —queriendo imitar— a influencers que a propuestas de cambio social (¿el auge monumental de las drogas tendrá que ver con esto?). Los únicos cambios posibles son los que el sistema permite y puede absorber sin que cuestione sus raíces.
Sin quitarle el más mínimo valor a cualquier lucha, sabemos que la fragmentación de la protesta social en pequeñas parcelas (lucha contra el patriarcado por un lado, contra la discriminación étnica por otro, por la diversidad sexual por allá, por el ecologismo más acá, todas separadas y sin perspectiva clasista) sirve al poder, al mantenimiento del sistema. La tendencia actual es, a lo sumo, permitir pequeñas válvulas de escape, en muchos casos alentadas y financiadas por los grandes poderes, dando la sensación de cambio pero impidiendo realmente cualquier modificación profunda (grandes fundaciones filantrópicas —Soros, Gates, Ford, Rockefeller, Susan Buffett— pagando por los progresismos...: como mínimo suena sospechoso).
Por el contrario, vivimos hoy un momento de oscurantismo, de represión ideológico-cultural mayor que durante la Guerra Fría. En vez de marchar hacia el comunismo científico y una sociedad sin clases sociales, volvemos hacia las oscuridades medievales, a las hogueras de la Inquisición y hacia el esclavismo primitivo.
Los látigos ahora son electrónicos, regidos por inteligencia artificial y difundidos —y aceptados alegremente— por las redes sociales. Varios autores (Cédric Durand, Shoshana Zuboff, Yanis Varoufakis) han estudiado pormenorizadamente las nuevas formas del capitalismo, llegándose en algún caso a hablar de “tecnofeudalismo”, una modalidad que remeda las estructuras feudales del Medioevo europeo donde las big tech (las megaempresas de tecnología digital de Silicon Valley) harían el papel de señores feudales con un poder de dominio omnímodo sobre los usuarios —los siervos de la gleba—, dependientes totalmente de las plataformas digitales, ofreciendo gratuitamente cantidades astronómicas de sus datos personales que sirven para seguir promocionando el consumo (y para el control poblacional con visos de inteligencia militar). ¡No pareciera que el mundo, tal como van las cosas, marche hacia el comunismo sino hacia el feudalismo! Se va perdiendo la jornada laboral de ocho horas —conseguida con heroicas luchas— y ahora se pide la “milla extra”.
Ante esta visión ultraindividualista y avasalladora del otro, es necesario levantar un nuevo ideario, otro sistema de valores que vuelva a poner en el centro de la escena al ser humano, sus glorias y sus desdichas. No hay nadie mejor que otro: todas y todos somos mortales igualmente importantes. Nadie vale más que nadie. Debemos desterrar de una vez y para siempre la insostenible y enfermiza idea de “raza superior”.
Siguiendo a Jesús Javier Urueña podemos afirmar que:
«Frente a la desvalorización del humanismo y la destrucción de la Tierra, frente a la exaltación del odio y el nihilismo moral, podemos volver a la Ilustración. Podemos proponer que solamente un socialismo democrático, feminista y sinceramente ecologista es la base para espantar a los demonios del pasado.» (Urueña, 2023).
En cualquiera de sus variantes (el supuestamente democrático o esto que vivimos ahora: neofascismos en el marco de elecciones democráticas), el sistema capitalista sigue siendo siempre lo mismo: despiadado. Prefiere la guerra, que ve siempre como una salida para sus crisis, a compartir equitativamente los beneficios del desarrollo con las mayorías. El capitalismo no ofrece soluciones a la humanidad; solo las da, a regañadientes, a un pequeño grupo acomodado —digamos un 15% de la población mundial que consume sin mayores problemas (capas medias y trabajadores del Norte)— y a un pequeñísimo grupo que constituye la élite dominante. Lo demás (el 85% restante) es sufrimiento, penas y sobrevivencia.
Sin dudas hoy, con este auge de la extrema derecha supremacista, pareciera que no hay caminos para el cambio. Pero habrá que seguir buscándolos. Deberán inventarse nuevas rutas, la izquierda deberá reinventarse, porque, siguiendo a Rosa Luxemburgo:
Friedrich Engels dijo una vez: “La sociedad capitalista se halla ante un dilema: avance al socialismo o regresión a la barbarie.” [...] Hemos leído y citado estas palabras con ligereza, sin poder concebir su terrible significado. [...] Así nos encontramos hoy, tal como lo profetizó Engels hace una generación, ante la terrible opción: o triunfa el imperialismo y provoca la destrucción de toda cultura [...] o triunfa el socialismo, es decir, la lucha consciente del proletariado internacional contra el imperialismo, sus métodos, sus guerras.
No caben dudas: “¡Socialismo o barbarie!”.















