Estamos atravesando uno de aquellos períodos internacionales más extraños y, por cierto, más incomprensibles. No es una afirmación sin fundamento y son muchos los que procuran analizarlo desde sus diferentes puntos de vista, inspirados por sus conocimientos y experiencias, según sus especialidades. Prácticamente todos llegan a una misma conclusión: pese a tantos avances, no es posible anticipar nada.
Las consecuencias son inmediatas. En primer lugar, hay que considerar que la presente situación incidirá decisivamente en todos los proyectos de las relaciones entre los Estados y sus respectivos gobiernos, marcados por la incertidumbre, lo que se traduce en cómo enfrentar, para empezar, dos factores decisivos: los recursos siempre limitados y las exigencias crecientes de la población. Conjugar ambos resulta todavía más difícil si no hay ninguna certeza sobre lo que vendrá. Simplemente se transforma en una adivinanza y los márgenes de error son inmensos.
Durante más de ochenta años se fue construyendo un orden internacional que se creía suficientemente robusto, basado en un sistema cuidadosamente elaborado y reflejado en la Organización de las Naciones Unidas, su Carta tan trabajosamente redactada y protegida por un derecho internacional evolutivo que contempla todas las relaciones entre los Estados. El modelo parecía perfecto y, no obstante, algunas excepciones infaltables, así funcionó por ocho decenios.
Paralelamente, se creó una multiplicidad de organismos internacionales especializados que atienden aquellos campos que el mundo ha venido desarrollando progresivamente, integrados al gran sistema mundial y que han podido dar respuesta institucional a los extraordinarios progresos tecnológicos aceleradamente desarrollados en los últimos años y que están a la vista.
Han sino muy variadas las razones para que este gran sistema mundial haya podido sobrevivir tanto tiempo, sobresaliendo una de ellas por sobre las demás: los países más poderosos respetaban el equilibrio acordado como base fundamental de todo el sistema. Fuere por realismo o por necesidad, cada una de estas potencias sabía perfectamente que sus objetivos podían ser alcanzados respetando las reglas previstas y en la medida en que no sobrepasara los intereses de otra gran potencia. Vale decir, siempre que se ajustaran al sistema vigente.
No todo fue perfecto, existiendo numerosas oportunidades en que hubo confrontaciones muy graves, pero no de manera directa, sino a través de terceros países que alguno de esos grandes respaldaba. Con todos los riesgos existentes, finalmente el realismo y la diplomacia podían jugar su papel e imponerse en la solución pacífica de los diferendos, evitando toda acción bélica directa entre los más grandes. Ese equilibrio se imponía, pues la amenaza de una mutua destrucción estaba muy presente y había que conservarlo. A grandes rasgos, aunque con excepciones importantes, se mantuvo, pues el sistema fue respetado y podía funcionar.
Sin embargo, algo cambió definitivamente cuando una de las grandes potencias rompió el sistema y su corresponsabilidad en su mantenimiento, agrediendo a un país vecino. Lo hizo Rusia a Ucrania y persiste por casi cuatro años. El sistema no pudo funcionar porque era una situación inédita. El frágil equilibrio del sistema se rompió definitivamente. Las consecuencias no se hicieron esperar, ni aquellos imitadores tampoco. Si uno de ellos podía hacerlo impunemente, ¿no podrían acaso los otros hacerlo también? Se añade a lo anterior el armamentismo actual desatado, el que puede ser utilizado si no hay límites que lo controlen.
En consecuencia, entramos en la incertidumbre incomprensible y en el temor que crece como resultado de que el sistema que había funcionado por tantos años ha dejado de hacerlo. Ya no es posible, objetivamente, pretender que el andamiaje se podría recomponer y volver a regir la antigua conducta entre los Estados. Formalmente sigue su rutina: Naciones Unidas celebra anualmente sus reuniones de alto nivel. Los inspirados discursos prosiguen, las advertencias se hacen explícitas, los diagnósticos son acertados. Pero hay algo que ya no funciona como antes y no solo es cosa de repararlo, como quien cambia una pieza esencial. La culpa no es del sistema; más bien está en quienes gobiernan aquellas potencias, que han sabido aprovechar en su favor que el tan desafiado sistema pasado ya no es eficaz, al acabarse el equilibrio que lo sustentaba.
Los progresos tecnológicos prosiguen sin pausa y ya tenemos plenamente instalada, sin vuelta atrás, la Inteligencia Artificial, con sus innumerables ventajas y con sus inquietantes alcances, a ser utilizada dentro o fuera un ordenamiento debilitado. Tal vez lo que más preocupa es no contar todavía con el marco jurídico necesario, a objeto de normativizar su uso y, en especial, su abuso. El actual dilema es si dichas normas estarán vigentes antes de que la IA alcance dimensiones incontrolables. Tampoco hay respuesta conocida.
Por su parte, las conductas de los mayores líderes no auguran un resultado positivo. Día a día aumentan su poder interno, controlándolo todo, buscando prolongar indefinidamente ese poder y, en consecuencia, también maximizar su poder exterior. De poco sirven las instituciones; predomina el personalismo omnipresente. Sus decisiones pueden alcanzar límites insospechados de bruscos cambios de humor y sus correspondientes decisiones, muchas veces súbitas e inesperadas. Hemos vuelto a los caprichos de los señores feudales y de esos poderosos reyes o emperadores que nos enseñó la historia, pero en la actualidad.
Con todos estos elementos que considerar, no resulta extraño que vivamos este período con una incomprensión creciente.















