Los análisis de los factores de éxito en proyectos de desarrollo en todo el mundo demuestran una y otra vez que la participación proactiva de la sociedad civil de interés público en dichos proyectos es determinante para su impacto sostenible final.
El contexto
En la actualidad, el principal obstáculo para esa participación proactiva es de carácter político. Por lo tanto, no es descabellado afirmar que el paradigma de desarrollo dominante ha llegado a un callejón sin salida, principalmente porque ha ignorado el potencial de protagonismo de la sociedad civil. Otorgar un papel más central a la sociedad civil en los asuntos de desarrollo sostenible es, por lo tanto, uno de los principales retos a los que nos enfrentamos todos.
Al hablar de la sociedad civil surgen al menos dos preguntas clave:
En primer lugar, ¿de dónde obtienen su mandato estos grupos organizados (comunitarios) (y cómo afirman haberlo obtenido)? Y,
En segundo lugar, ¿en qué tipo de actividades de desarrollo de capacidades, promoción, movilización social y empoderamiento de sus comunidades se involucran?
Lamentablemente, gran parte de las respuestas a estas preguntas dependen del punto de vista de quien las formula. Sin duda, existen muchos tipos de estos grupos con diferentes propósitos que atienden a diferentes colectividades (o afirman hacerlo); muchos de ellos se centran en un ‘tema único’ (el sida, el aborto, la desnutrición, el medio ambiente, etc.), mientras que otros tienen ámbitos de acción más amplios en materia de desarrollo.
Para empezar, el consenso mínimo necesario en la sociedad civil sobre el que deben basarse al participar en actividades de desarrollo consiste en ponerse de acuerdo sobre:
una ciencia determinada (que nos dice lo que se puede hacer),
una ética determinada (que nos dice lo que se debería hacer), y,
una postura política determinada (que nos dice lo que se debe —o no se debe— hacer, cómo, con quién y contra quién se podría hacer mejor, seguida de la participación efectiva en tal acción).
De hecho, la ciencia, la ética y la política se integran en marcos conceptuales que describen los diferentes niveles de las causas del subdesarrollo (desde las causas inmediatas hasta las subyacentes y las estructurales). Es necesario compartir dichos marcos conceptuales para que las diferentes organizaciones y movimientos trabajando en asuntos de desarrollo puedan ponerse de acuerdo sobre lo que se puede, se debe y se tiene que hacer en un contexto histórico determinado. (“Sin entendimiento común, no hay acuerdo sobre la acción”).
Ponerse de acuerdo sobre la ciencia en el trabajo de desarrollo no es un problema frecuente; la evidencia es abrumadora. El consenso ético ha avanzado mucho en la breve historia del desarrollo sostenible. Pero ponerse de acuerdo sobre la política —más allá de declaraciones éticas— es el verdadero reto si lo que se debe hacer es llevarlo a cabo de la manera que los titulares de derechos de desarrollo consideren más adecuada. Encontrar ese núcleo unificador para estas organizaciones de la sociedad civil en el ámbito político es el tema principal de este artículo.
Los antecedentes
La cuestión del poder (sobre todo la falta del mismo para llevar a cabo cambios en pro del desarrollo sostenible) sigue ocupando un lugar central en el desafío que enfrentamos para avanzar el desarrollo. El problema sigue sin resolverse en gran medida — o, mirándolo desde la perspectiva opuesta, en realidad está muy resuelto, pero en contra de los objetivos del desarrollo sostenible.
El reto que nos queda por delante es determinar qué habrá que hacer durante la transición hacia un nuevo paradigma de desarrollo sostenible basado en la nueva ética del desarrollo que está surgiendo. Promover y fomentar el crecimiento de organizaciones de la sociedad civil de interés público, con un mandato y un liderazgo genuinamente populares, a la vez que animarlas a crear redes y a unirse en movimientos con un poder social y político creciente, es el núcleo de este desafío (y parece ser la única salida).
La ética ya no debe considerarse algo secundario al desarrollo, ya que “el desarrollo tiene la obligación de ser intrínsecamente ético”. La nueva ética exige trabajar con las personas empobrecidas como protagonistas y no meramente como receptoras de bienes y servicios; exige salvaguardar sus derechos; y exige que las personas planifiquen con autonomía y, al hacerlo, politicen las acciones en pro de un desarrollo sostenible.
¿Qué compromisos son necesarios, entonces, más allá de la ética?
- Un clima de cambio es algo que ayudamos a crear, no algo que se encuentra ahí fuera; tenemos que crear los tiempos en lugar de seguir el ritmo de los tiempos.
Imponer un nuevo paradigma de desarrollo más sostenible es una tarea política, no ética. Trabajar en un conjunto común de nuevos valores éticos y, de hecho, imponerlos es, sin duda, un acto político.
La política implica la verdadera práctica de la ética y la ideología. La política es la traducción de todo nuestro conocimiento científico, ético e histórico en la gestión de la sociedad.
En el caso de la lucha por un desarrollo sostenible, entre otras cosas, esto exige:
cuestionar las actuales prácticas fallidas en materia de desarrollo;
considerar la equidad como una condición previa para la sostenibilidad;
la participación directa de los detentores de derechos para recuperar el control local, es decir, anclar el poder en la comunidad;
reflexionar de forma más sistemática sobre las causas más profundas y estructurales de la injusticia (un verdadero despertar político) como condición previa para emprender acciones ciudadanas colectivas;
que las personas se comprometan con los cambios más fundamentales que se necesitan; y,
que las iniciativas locales se aúnen en una fuerza coherente para el cambio, incluyendo el fomento de la solidaridad más allá de las fronteras nacionales.
Además, esto plantea la cuestión crucial de cómo nosotros, los trabajadores del desarrollo, a menudo nos atrevemos a hablar en nombre de la gente (!), abrazando la retórica del empoderamiento; pero cómo nosotros también, con demasiada frecuencia, actuamos principalmente como intermediarios entre los donantes y las poblaciones dependientes.
Como trabajadores del desarrollo, nos enfrentamos de este modo a un doble desafío: no solo debemos oponernos al viejo paradigma, sino que también debemos ayudar a definir el concepto alternativo necesario. Tenemos que ayudar a establecer los parámetros de ese nuevo paradigma emergente: su ética y su praxis. Ser radicales en este esfuerzo no es más que un compromiso con una línea de análisis que intenta cambiar cosas que claramente no funcionan.
El reto consiste en convencer, persuadir y movilizar a los actores potenciales a diferentes niveles, incluyendo llamamientos específicos a una acción paso a paso. En otras palabras, junto con los detentores de derechos, también tenemos que desarrollar las capacidades necesarias para intervenir. Esto requiere involucrarse en la sensibilización desde la base, la movilización social, la defensa de causas, la creación de redes, la formación de coaliciones, la consolidación de movimientos y el trabajo solidario.
Esto último pone de relieve el hecho de que la movilización social de la sociedad civil local per se es necesaria, pero no suficiente. Esta movilización debe encontrar una forma de romper la inercia global y construir coaliciones y redes más eficaces que traspasen las fronteras sectoriales y geográficas. La creación de redes consiste, por lo tanto, en desarrollar un sentido de causa común frente a la vergüenza que representa la persistencia de la pobreza extrema (en sus diferentes expresiones) en todo el mundo.
Existen al menos dos formas operativas de dirigir el proceso de transición hacia un modelo más sostenible
- Un proceso hacia el desarrollo sostenible impulsado principalmente por la ética
Al igual que ocurre con la esclavitud, existen límites éticos a la hora de tolerar la pobreza extrema. La nueva ética del desarrollo, cada vez más extendida y compartida, que aboga por trabajar con las personas empobrecidas como protagonistas y no meramente como receptores, ha seguido siendo, lamentablemente, hasta ahora, en su mayor parte, un enfoque de arriba abajo (top-down en inglés). Representa principalmente la visión de académicos, intelectuales, líderes religiosos, burócratas internacionales y de unos pocos políticos (en su mayoría de la oposición). Los beneficiarios se han mantenido en su mayoría pasivos en este enfoque, siendo considerados más bien como “el objeto” y no el sujeto del proceso. Este proceso guiado por la ética está motivado principalmente por razones éticas y asigna un papel clave a “defensores morales” que deben impulsar el proceso de transición.
La debilidad inherente a este proceso es que, para que los derechos sean respetados, en última instancia, alguien distinto de quienes se han visto sumidos en la pobreza asume la responsabilidad en cada paso de dirigir el proceso, desde un vago imperativo ético en el cual no queda clara una aplicación efectiva.
- Un proceso de desarrollo sostenible impulsado principalmente por la política
Este enfoque político es más concreto ya que se necesitan compromisos más allá de la ética. El enfoque político se adapta mejor y representa las percepciones y las acciones de desarrollo desde la perspectiva de la sociedad civil. En este enfoque, los beneficiarios son claramente los protagonistas del proceso; el proceso está motivado principalmente por razones políticas y asigna un papel clave a los “activistas sociales y defensores políticos” que deben impulsar el proceso de transición.
Aunque los enfoques de carácter ético y político representan caminos diferentes, ambos pueden contribuir —por sus propios méritos— a una senda hacia el desarrollo sostenible. Se complementan entre sí.
Cabe aquí incluir algunas observaciones finales sobre los retos orientados a la acción que plantean el trabajo en red y el asunto del liderazgo.
Trabajo en red
La movilización social no es una mera fachada para mostrar un cierto grado de participación activa de la sociedad civil. Como se ha dicho, debe orientarse a la sensibilización para legitimar y centrar la atención en la difícil situación de quienes se ven sumidos en la pobreza, lo que en última instancia busca controlar los recursos que necesitan para una auténtica “trayectoria de desarrollo sostenible impulsada por el pueblo” Pero la movilización social también debe fomentar la creación de redes con otros para construir coaliciones que puedan mantener la atención en las demandas y reivindicaciones de los detentores de derechos. Y, por último, la movilización social tiene que ver con la solidaridad con otros grupos embarcados en esfuerzos iguales o similares en otros lugares (aliados estratégicos). Solo esta solidaridad concertada tiene el potencial de alcanzar el umbral de empoderamiento necesario para imponer el nuevo paradigma de desarrollo, neutralizando así a los actuales detentadores del poder que defienden el statu quo.
Para generar y mantener la atención y el apoyo necesarios, la salud, la nutrición, la educación, el medio ambiente y los muchos otros problemas candentes de la sociedad deben convertirse, en última instancia, en cuestiones sociales y políticas globales (yendo más allá de la ética, pero sin duda partiendo de ella). Aprovechando su base de poder de facto, la gente debe, en primer lugar, exigir medidas creando la mencionada “vergüenza global” en sus líderes por tolerar la persistencia de enfermedades, el hambre y la malnutrición, el analfabetismo y tantos otros males sociales evitables entre los pobres, así como la degradación ambiental generalizada que presenciamos a diario. Si esto no da lugar a las medidas correctivas necesarias, habrá que considerar otros mecanismos de presión social.
Liderazgo
Como se ha dicho, los nuevos enfoques que exige el nuevo paradigma del desarrollo sostenible requieren nuevos tipos de sociedad civil y nuevos tipos de actores/activistas del desarrollo. Nos enfrentamos, por lo tanto, al reto de convencer y persuadir a otros para construir bases de apoyo cada vez más amplias. Y para que eso suceda, se necesita una nueva generación de líderes que planifiquen nuevas estrategias y guíen a la gente para poner en marcha nuevas y más audaces intervenciones.
En resumen, ya sea en personas distintas o en las mismas, hay un papel para:
Defensores morales que influyan en las percepciones y los valores, orientando sobre lo que es lícito y justo;
Agentes movilizadores o activistas sociales que influyan en la acción, orientando sobre lo que es posible y factible, sobre cómo se puede hacer, quién lo hará y cuándo; y para
Defensores políticos que eleven la conciencia política ofreciendo orientación sobre cuáles son los derechos empíricos y de facto de las personas.
Habrá que encontrar y formar a estos nuevos líderes —probablemente por miles— antes de que veamos establecer un desarrollo sostenible en algún momento de las próximas décadas.
La transición hacia el nuevo paradigma del desarrollo sostenible tendrá que comenzar por trazar una nueva realidad para los miembros de los movimientos sociales, porque la realidad que se les ha impuesto no es la suya propia; ha sido construida social y políticamente al margen de su propia realidad y, hasta ahora, ha sido controlada y manipulada en su mayor parte en detrimento y en perjuicio de los pobres del mundo.















