Olvidar borrar, borrar despacio es el título de esta exposición de gran escala que el Museo Patio Herreriano dedica a Miquel Mont, destacada figura en el contexto de la pintura realizada en España en las últimas décadas, un artista inscrito en la abstracción pero en cuya obra se vierten nociones palmarias del realismo de nuestro tiempo, o, mejor, una constancia inquisitiva de nuestro espacio social. Abstracto, por tanto, en su forma; realista y profundamente escéptico en su fondo. En lo formal, su obra se desliza en la reflexión en torno a la propia pintura, sus elementos y la acción misma de pintar. Conceptos como escala, densidad, materia, color, superficie, mancha, acumulación, ritmo, transparencia u opacidad se vierten en un trabajo que guarda, además, una estrecha relación con el cuerpo, con el suyo propio y con el de quienes se mueven en torno a cada trabajo.
Las salas 3, 4 y 5 de la segunda planta, en la que recientemente ha podido verse obra de pintores también abstractos como Hernández Pijuan o Carlos León, acogen ahora obras de las principales series de Mont, quien, en una primera etapa, en los primeros años noventa y con un pie ya en París tras sus estudios en su Barcelona natal, practicaba una pintura de carácter gestual, si bien su soporte, el contrachapado, ya delataba un interés por la materia industrial que tanto se repetiría en adelante. Hablamos de la serie Dispersiones, que pueden verse en la sala 3, cuadros que rara vez se han visto juntos en tan generoso número y que son paradigmáticos de una etapa inicial en la que el artista desbroza la tradición de la pintura. Son especulaciones de juventud de quien va buscando un lugar pero con objetivos claros, pues en en esa profunda fase de indagación aborda un análisis de la gran pintura americana, explora la tradición española y también la historia de la pintura reciente de su país de adopción, Francia, donde reside desde entonces. Estas Dispersiones de tan enorme formato son resultado de toda esa investigación primera. No es baladí, sin embargo, que estas piezas se sitúen junto a la serie Realismo de mercado, estructuras tridimensionales modulares, a medio camino entre lo funcional y lo estético. El fragor del gesto en las Dispersiones se abraza al frío metal de las esculturas y a la plana e impersonal disposición de la pintura que en ellas se inscribe.
Estas ya son obras de mediados de los dos mil, años especialmente fecundos que ven germinar un buen número de grupos de trabajo. Tampoco es casual que en torno a ellas se puedan ver trabajos de la serie Tesla, que alude a los coches de la firma estadounidense, símbolo de perfección y trofeo de la técnica, el epígono de un progreso que no se consigue a cualquier precio, pues todo triunfo tardocapitalista solo trae consigo desajustes, desequilibrios y desigualdades en las sociedades de nuestro tiempo. Mont presenta aquí, además de un perfil claramente crítico, una reflexión en torno al dispositivo, un término muy común en el argot del arte contemporáneo que alude a los medios de los que nos servimos para poner el discurso sobre la mesa, nuestra forma de contar, en una palabra. Tiene generalmente un perfil escenográfico, pues las situaciones bajo las que se dan tienden a estar nítidamente organizadas bajo un criterio concreto. No descubrimos nada diciendo que la forma de contar es tan importante como lo que se cuenta, así, el dispositivo es ya casi una suerte de subgénero artístico, del que Mont participa o, al menos, observa con interés. En sus Tesla, acude a internet para incorporar imágenes de accidentes a un elenco de materiales que se nos revelan en variadas disposiciones, atravesadas por formas diferentes de aplicar y hacer visible la pintura. El accidente aparece velado, y la imagen pasa a reconfigurarse, a tornarse en otro código visual.
La sala 4 arranca con una de las pinturas murales de las que Mont ha hecho seña de identidad, interesado siempre en la textualidad, la dimensión escenográfica de la escritura, la tipografía y la voz de las subjetividades. Lo que leemos tiene interés desde la forma del propio texto -a medio camino entre lo caligráfico y lo tipográfico, esto es, entre una voz que se labra y otra que se produce en cadena- y desde lo que el texto cuenta: un trasunto que tiene tanta potencia política como calado poético. La pieza tiene una relación clara con los “collages ideológicos” que encontramos en todas las salas. El texto se filtra en la imagen, dotándola de un sentido que articula toda la exposición. Nos desliza el mural hacia un espacio en el que vemos dos series de trabajo gran relevancia, las Cooperaciones y los Lapsus, y, en última instancia, ya a la fondo de la sala, sus célebres Autorretratos. Las Cooperaciones expresan también con precisión que la soledad individual del artista, y su arraigo histórico, es mediatizada ineludiblemente por las circunstancias sociales que determinan su quehacer.
La condiciones bajo las que son producidas las piezas, nos acercan más a un deslizante barroquismo que a una certeza clásica, pues, en cada una de las obras, Mont parece disolverse en una autoría múltiple, como si todo un acervo social pudiera intervenir en su realización, de ahí el título de la serie. Él mismo traslada aspectos relacionados con la pintura, como la transparencia y la opacidad, al espacio político, trenzando un paralelismo entre la pintura y el lenguaje financiero. Bien podrían asimismo adscribirse estos términos a la pesarosa actualidad política. Los Lapsus que jalonan el lugar son, en esencia, eso: una interrupción, una fractura, un dislocación, leve en la forma y en el espacio, fulminante en el tiempo, propia del lenguaje. De la pintura, una mancha etérea, dispuesta directamente sobre muro, se desprende una forma análoga de materia industrial, cartón, metacrilato o pladur, y el resultado es como una frase que perdió una sílaba por el camino. Al final de la sala, los Autorretratos se disponen en una secuencia de tubos de metacrilato. Mont ha pintado una mancha en su interior. El tamaño de cada tubo está íntimamente ligado a su cuerpo, a todo su cuerpo o a partes de él, sean torsos, tibias, radios, palmos, dispuestos en rítmica coreografía. Todo lo que verán en la exposición, y la forma en la que todo está instalado, tiene relación, decíamos, con su cuerpo.
En la Sala 5 observamos un número importante de obras de la serie Flicker, que están dispuestos sobre una intervención pictórica en el muro. La voz inglesa “flicker”, quiere decir “parpadeante”, y se utiliza mucho en relación a la luz. Así, “a flickering light” es una luz parpadeante, expresión que bien podría adscribirse al trabajo de Miquel Mont en este espacio, un continente tornado en contenido donde los elementos constitutivos de la pintura se dan cita en un espacio dinámico, casi trepidante, con tensión rítmica entre llenos y vacíos, entre lo industrial y lo orgánico, entre imagen y forma. Mont sitúa en su origen el interés que en él siempre despertaron los “Flicker films”, las películas experimentales con sus incursiones en la abstracción y el frenético encadenamiento de las imágenes. En la siguiente sala, ocupada por la serie Poros se habla explícitamente de esa condición epidérmica de la pintura, la relación entre el tiempo y la acción de pintar, el ejercicio reflexivo de la producción de una superficie impecable, como si estuviera desligada del quehacer humano pero que resulta de un ejercicio perseverante y atento por parte del artista.












