Patricia Ochoa es una artista colimense cuyo desarrollo en la pintura remite tanto en lo material como en lo temático a la producción pictórica de inicios del siglo XX en México. En ese periodo se buscó construir una estética que, a través del género del paisaje y la revaloración del entorno natural, permitiera destacar las “cualidades distintivas de la identidad mexicana”. Si bien Ochoa no pretende abordar directamente esta noción de identidad nacional, su obra deja ver una marcada afinidad con los paisajes apacibles de la región colimense. Aunque su pintura puede parecer anclada a un ámbito íntimo y familiar, también configura un entorno social profundamente vinculado con la historia de Colima.
Esta exposición, titulada Rituales de tierra y sal, reúne pinturas que forman parte de la producción de la artista a lo largo de la última década, con el propósito de acercar al público a prácticas pictóricas desarrolladas fuera de la Ciudad de México y dar a conocer las intenciones e intereses de Patricia Ochoa. Asimismo, invita a adentrarse en la región del Occidente del país y a apreciar no solo las cualidades materiales de su trabajo, sino también la dimensión temática que articula su propuesta.
En sus pinturas, Patricia Ochoa representa actividades humanas y costumbres características de distintos municipios de Colima, abarcando desde su desarrollo social y cultural hasta los procesos económicos de diversas comunidades. Un ejemplo de ello es la obra titulada Todo bajo la Parota (2024), en la que se observan familias en pleno festejo de un cumpleaños, con toda la parafernalia que implica: la preparación de alimentos, el momento de romper la piñata y las actividades de esparcimiento, como nadar en un riachuelo, jugar fútbol, compartir una comida colectiva o un baile colectivo. Todo ocurre bajo un imponente árbol de parota que ocupa una buena parte de la composición, albergando una variedad de aves que descansan sobre las ramas del vasto árbol. La pintura nos invita a imaginar el trino de aquella parvada que se extiende del lienzo al entorno.
Algo similar sucede en la pintura El centinela (2020), donde, a partir de sus recuerdos familiares, la artista da cuenta de la actividad económica de un rancho propiedad de su familia, ubicado en la ribera del río Marabasco, en el límite geográfico entre Colima y Jalisco, cerca del océano Pacífico. Se trata de una obra que presenta un rasgo distintivo en su trabajo: una perspectiva aérea que permite apreciar la extensión del territorio. Esta vista de pájaro no solo permite ubicar el espacio donde se encontraba el rancho, un lugar en el que Ochoa vivió durante su primera infancia y hasta los siete años, sino también reconocer las labores de quienes trabajaban ahí. La pintura fue realizada a partir de los recuerdos de la artista: un entorno rodeado de canales de agua dulce y vegetación, así como la pequeña escuela fundada por su padre para las hijas e hijos de los trabajadores. Para Patricia Ochoa, esta obra constituye un homenaje a quienes formaron parte de la vida del rancho El Centinela, y al mismo tiempo, una forma de compartir su historia familiar con otras personas cuyas experiencias han sido distintas.
A partir de la representación de estructuras geológicas como los volcanes, así como de la flora y la fauna, artistas de inicios del siglo XX construyeron parte del imaginario de México como un territorio primordialmente rural, aunque en constante transformación con el surgimiento de grandes ciudades. Algo similar ocurre en la obra de Patricia Ochoa titulada Volcán con árboles (2021), en la que se aprecia el Volcán de Colima, una formación geológica que fue representada en su momento por José María Velasco y el Dr. Atl, rodeada de árboles floreados de distintas especies. Asimismo, en Volcán desde el puente de Colima (2019) se presenta otra perspectiva de este mismo volcán. En este caso, ya no se trata de un paisaje distante donde predomina la biodiversidad, sino de una vista más “humana”, es decir, una perspectiva elaborada desde el punto de vista de una persona situada sobre un puente decorado con barro y talavera que cruza un riachuelo.
La pintura titulada Las salinas de Cuyutlán (2025) es otra de las composiciones en la que la artista retoma parte de la historia económica y colectiva de una región ubicada en la costa noroeste del estado de Colima, en el municipio de Armería, donde la actividad salinera es ampliamente reconocida. En México, y particularmente en Colima, la producción de sal ha sido un pilar fundamental del desarrollo económico desde la época colonial, dando a las salineras de la región un papel relevante en la actividad comercial desde entonces. En el caso específico de Cuyutlán, se produce sal marina de manera tradicional. En su pintura, Ochoa muestra, nuevamente desde una perspectiva aérea, una minuciosa escena que presenta los procesos procesos para la extracción de la sal a partir de la creación de pequeños estanques en el suelo de la laguna durante la temporada de secas. En dichos estanques se deposita agua de mar, que se deja evaporar hasta que, por efecto de la desecación solar, queda únicamente la sal.
El interés de Patricia Ochoa por este tema no solo responde a su contexto histórico y social, sino también a una dimensión social: su abuelo fue salinero, por lo que su propia historia se entrelaza con esta tradicional actividad laboral de la región. Además, en la pintura se observa el terreno destinado a las salinas, con los estanques llenos de sal en proceso de recolección por parte de los trabajadores. Al fondo, se distingue el paisaje característico de la zona de Cuyutlán, con cerros y montañas, así como un río que nace en la parte inferior izquierda del cuadro y se extiende hacia el centro superior de la composición. Finalmente, se aprecia una carretera que corre paralela al río y bordea los estanques salineros. La escena pictórica permite examinar la manera en que las actividades humanas transforman el paisaje, particularmente al modificar el terreno, por ejemplo, para la construcción de estanques o la apertura de caminos que facilitan el acceso a las zonas de trabajo.
Los paisajes y escenas típicas presentes en las pinturas de Patricia Ochoa llevan a reinterpretar la profunda conexión que se tiene con la naturaleza: los cuerpos de agua, los árboles y las diversas especies animales que habitan en ellos ocupan un lugar central en su obra. El cuadro El chupadero (2025) hace evidente su apuesta por las formas orgánicas donde se representa el manglar de Tecomán, un sitio de gran relevancia ecológica, hábitat de numerosas especies de peces y aves. En esta pieza no solo destaca la riqueza del ecosistema y su biodiversidad, sino que también se construye un registro visual de la historia natural del lugar. De este modo, la pintura configura un imaginario en torno al paisaje de la región colimense. Este interés además se vincula con el compromiso de la artista como ecologista desde hace varios años, así como con su preocupación por la protección del medio ambiente y de estos espacios naturales. En sus propias palabras, se trata de “ponerse en defensa de la naturaleza”, de los árboles autóctonos y del territorio, de dejar una huella sobre cómo fueron estos lugares. Este vínculo afectivo con el entorno natural es un rasgo definitorio de su trabajo y tiene raíces en su infancia. Sus padres influyeron de manera significativa en el desarrollo de su sensibilidad: su padre, al invitarla a contemplar los cielos estrellados en el rancho, y su madre, a través de un jardín abundante en plantas y flores que despertó en ella un gusto particular por la vegetación.
La obra de Patricia Ochoa recoge una producción pictórica paisajística de la segunda década del siglo XX en México, en las que se promovía un "llamado del campo" y cuyos ecos de cierta nostalgia primitivista y prístina se escuchan hasta nuestros días. En este sentido, su obra puede situarse dentro de una extensa tradición en México preocupada por abordar la vida fuera de la ciudad y sus actividades. La soltura de su pincel nos recuerdan a la impresiones bucólicas de Ramón Cano Manilla o a los moteados paisajes de Fernando Castillo, pero sin duda alguna, la propuesta plástica de Patricia Ochoa se distingue por el planteamiento del retorno al terruño y a la vida alejada del ritmo urbano, vinculadas con actividades recreativas y laborales distintas, así como con una temporalidad más pausada. De hecho, la contemplación de sus pinturas exige del espectador una mirada atenta: cada obra invita a descubrir detalles que articulan pequeñas historias dentro de una narrativa mayor.
En la obra de Patricia Ochoa hay una intención constante de preservar visualmente un territorio, un espacio o un momento: un paisaje, una reunión familiar, una jornada de trabajo, un baile en el kiosco de un pueblo o incluso la vida cotidiana. En este sentido, su pintura no solo documenta, sino que también propone una forma de mirar y valorar el entorno de lo propio.
(Texto por Vera Castillo)
















