Estados Unidos, a diferencia de las potencias europeas y los viejos imperios que la vieron nacer, es un proyecto inacabado que enfrentó el poder autoritario de los soviéticos y hoy el de los chinos. En su esencia constitutiva, la audacia y el pragmatismo se hicieron una amalgama de quien desafía a los titanes, a los dioses y a los absolutos para ir más allá, hasta el límite de sus posibilidades. Este pragmatismo claro y directo fue lo que le dio a Estados Unidos un carácter realista e idealista, una pulsión relativa fundamental que le permitió entender la libertad y lo absoluto, la no creencia y la fe.

Distinto a otros grandes poderes y otros imperios, Estados Unidos tuvo un inicio que estableció su identidad hacia adelante; no provenía de imperios milenarios ni de dinastías anquilosadas en el pasado, provenía de hombres que en su búsqueda de libertad y fe encontraron una identidad envuelta en los valores de la Ilustración y el progreso.

Un inicio, un reinicio alejado de las confrontaciones europeas. Estados Unidos tuvo problemas para mantener neutralidad frente a la Revolución Francesa, los asesinatos y el terror de Robespierre, no obstante, debió ser pragmático en su relación con los cambios en los viejos imperios, entendiendo que el mundo estaba virando no desde una forma pacífica, sino violenta, y que ahora el dilema de seguridad en los viejos imperios se hacía más fuerte, posicionando a Estados Unidos como un blanco de quienes temían perder su lugar en el mundo.

Sin embargo, los viejos imperios y potencias se encontraban lejos de la naciente potencia; los costos en una guerra directa habrían sido muy elevados para las arcas de las potencias que prefirieron negociar —en algunos casos— con Estados Unidos. Por ejemplo, Francia en 1803, para financiar las guerras de Napoleón, vendió a Estados Unidos territorios desde el río Mississippi hasta las Montañas Rocosas y el Golfo de México, incluyendo Nueva Orleans, lo que se conoce como la Compra de Luisiana.

No obstante, la historia no tiene un sentido establecido y lo que pareció en Europa como continuos éxitos militares por parte de Napoleón en las Guerras Napoleónicas estaba por cambiar, como en efecto sucedió, con su primera abdicación y derrota en abril de 1814, Inglaterra contraatacó en la Guerra ya existente desde 1812 y llevó su fuerza militar hasta Estados Unidos, llegando al corazón mismo en Washington, razón por la que Estados Unidos no logro anexar lo que es hoy Canadá debido a la firma del Tratado de Gante de diciembre de 1814.

Debido a ello, fue más factible avanzar y conquistar territorios hacia el sur, en México y otros territorios nativos que fueron completamente controlados en la expansión de su crecimiento como potencia capitalista que ya para 1848 explotaba oro, moviendo importantes masas de personas que construían pueblos, creaban rutas comerciales hacia el Oeste californiano y en algunos casos, modelaban el sueño americano de crear y ser exitoso, como sucedió con Levi Strauss y sus blue jeans para mineros en la Fiebre del Oro de California en 1849. Como Strauss, otros más alcanzaron el éxito, John Deere con su arado de acero pulido e Isaac Singer con su máquina de coser.

El crecimiento territorial y la complejización de las relaciones económicas dentro de la nación produjeron conflictos que se canalizaron en la Guerra Civil estadounidense (1861-1865), con la victoria de la Unión frente a la Confederación y la muerte de Lincoln a manos del sureño John Wilkes Booth. Aquel momento de la victoria norteña sobre los sureños posibilitó la aplicación de un ideal más liberal, basado en derechos civiles amplios para los trabajadores, inmigrantes y esclavos traídos de África. Con esto, la posibilidad de cumplir con la premisa de que todos los hombres estaban creados iguales era más posible que nunca y representó un salto importante en comparación con otras naciones que vivían dentro de castas y dinastías cerradas a los cambios del resto del mundo.

Y en medio de la posibilidad de cambios civiles y sociales, Estados Unidos se convirtió en una nación abierta a la innovación que permitió el nacimiento de los titanes de la industria norteamericana: Cornelius Vanderbilt (1794–1877) en el transporte por ferrocarril, John D. Rockefeller (1839–1937) en la industria del petróleo, Andrew Carnegie (1835–1919) en la industria siderúrgica, J.P. Morgan (1837–1913) en el sector financiero, o Henry Ford (1863–1947) en la industria automotriz y las bases del fordismo y la producción constante. Para inicios del siglo XX, Estados Unidos había expandido su control sobre Alaska, Cuba, Puerto Rico y Filipinas, demostrando que el viejo Imperio español estaba desfasado de los tiempos que corrían.

Ya dentro del siglo XX, Woodrow Wilson y las ideas sobre la autodeterminación de los pueblos representaban un cambio frente a todas las decadentes y moribundas potencias imperiales que aún no habían comprendido la complejidad del mundo industrial, laboral y social. Del mundo de cenizas que resultó de la Primera Guerra Mundial, y en la que participó Estados Unidos sin la búsqueda de nuevos territorios o ganancias económicas importantes, es que el mundo se reconstruyó para estabilizarse sobre los restos de las monarquías e imperios que habían sido completamente eliminados del contexto histórico real.

Entonces, el reducido poder blando de los viejos imperios se había terminado y nuevas naciones florecieron de forma autónoma y ya no supeditada a los deseos geopolíticos de quienes habían heredado el poder por siglos. Este final de las monarquías fue otra aceleración de los valores de Occidente, donde los ideales de la Revolución Francesa y la Revolución Industrial estaban empujando a nuevos líderes a buscar la modernidad y la libertad para sus pueblos.

No obstante, la visión extremadamente idealista de Woodrow Wilson sobre un mundo fundado en justicia y libertad para los pueblos, aunque errónea, era necesaria para iniciar un siglo distinto a los siglos pasados. El mundo no podía construirse sobre la base de idealismos, pero así se hizo y pronto la realidad volvería a mostrar los límites del idealismo extremo. Porque en los tiempos de Wilson, otros futuros líderes como Ho Chi Minh para Vietnam, Saad Zaghloul para Egipto, Mustafa Kemal Atatürk para Turquía y Mao Zedong para China buscaban ser testigos de aplicación del idealismo para todos, incluso las naciones periféricas atrasadas. Esto era un sueño muy inocente, imposible por la existencia de los intereses económicos y los factores de poder en las naciones.

Entonces, como hoy, es imposible establecer saltos sin sufrir consecuencias de retaliación o respuestas similares en magnitud opuesta que terminan por crear polos destructivos de la estabilidad interna de las sociedades. Porque todas aquellas sociedades que se liberaron de los imperios no terminaron siendo oasis utópicos de libertad y prosperidad, ya que otras élites ocuparon y reemplazaron el lugar de los antiguos colonizadores. En muchos casos —como Angola, Haití, Liberia, Somalia, Sierra Leona— la descolonización ha llevado al caos más profundo, donde bandas luchan por el poder sectario y el control de pequeños espacios territoriales. Esto es así, debido a que siempre que exista poder y la posibilidad de acumularlo sin la presencia de instituciones sólidas, existe la posibilidad de revertir los valores ilustrados a puntos de regresión reaccionaria.

En el mundo, el retorno a la guerra total veintiún años después planteó otras amenazas, ya no canalizadas por las monarquías, sino por medio de proyectos absolutistas que enfrentaban ideologías y versiones completamente distintas del mundo. El fin de esta guerra implicó para Estados Unidos un paso importante por los condicionamientos que logró para sus aliados y sobre sus enemigos; el Plan Marshall, la Bomba Atómica, la carrera espacial, la creación de los organismos internacionales y su nueva influencia sobre el mundo civilizado lo afirmaron como la primera potencia global, superior en todo sentido a sus adversarios socialistas. Estados Unidos tuvo influencia sobre el mundo y la época dorada más ilustrativa de una potencia en tiempos modernos en la cual se desarrollaron las bases de su poder blando.

De hecho, es completamente ilustrativo pensar y recordar cómo el Comodoro Matthew Calbraith Perry había realizado la primera apertura forzada de comercio entre Estados Unidos y Japón entre 1853 y 1854, y cómo, casi un siglo después, el General Douglas MacArthur asumió como Comandante Supremo de las Potencias Aliadas en Japón, supervisando la ocupación y las reformas internas —militares, educativas y democráticas— sobre la potencia derrotada.

Aquellos tiempos fueron la verdadera era dorada de Estados Unidos porque su moneda, su sistema político, su maquinaria militar y su influencia global eran absolutos. Esos tiempos de bonanza, paz, estabilidad y progreso fueron los tiempos en que venció y se afirmó el modelo capitalista. Aunque Estados Unidos era imperialista en sus acciones sobre las periferias rebeldes, arrogante en exceso de hybris frente a otros poderes y, a pesar de que cometió muchos errores político-militares sobre enemigos y aliados, Estados Unidos seguía representando al coloso más importante de Occidente. La alternativa era la dictadura del vulgo, el autoritarismo y la demolición de la ciencia en nombre de la tradición y la fe.

Por ello, la última gran guerra del siglo XX fue la Guerra Fría. Una guerra de alta intensidad, que significó momentos tan tensos como la Guerra de Indochina (1946-1954), la Guerra de Corea (1950-1953), la Crisis de los Misiles en Cuba (1962), la Guerra de Vietnam (1955-1975), conflictos en Latinoamérica entre movimientos subversivos de izquierda contra los proyectos civilizatorios occidentales (décadas del 60 al 80) y la Guerra en Afganistán (1979-1989), entre otros. Aunque lo esperable era que se desatara una confrontación directa entre titanes, la política de la contención propuesta por el realista George Kennan en la Carta Larga de 1946 fue más efectiva para la victoria de Occidente que el simple desgaste en guerras que podrían haber llevado a la humanidad al Armagedón nuclear.

En el mundo, las secuelas de este choque entre visiones opuestas y antitéticas dejaron consecuencias que siguen repercutiendo en el presente, porque los derrotados de ayer han retornado en el presente, y es en este presente en el que Occidente es más vulnerable que antes por la crisis y excesos de la democracia y libertad que antes inspiraron un mundo posible. Además, entre las consecuencias que tuvieron repercusiones hasta el presente está que Estados Unidos no pudo cooptar a Mohammad Mossadegh, quien era nacionalista y no un radical de ideas comunistas. Por lo cual, la caída de Mossadegh en la Operación Ajax cambió el destino de Irán, porque se instaló un régimen monárquico contraproducente y causante de la radicalización que más tarde resultaron en el ascenso al poder del Ayatolá Ruhollah Jomeini hasta su muerte (1979–1989) y las consecuencias que provinieron de un régimen que busca el arma nuclear para aniquilar a su enemigo directo, Israel.

Porque de lo que se trata es de desarrollar el poder blando para limitar las consecuencias de cualquier acción militar. En el presente cercano, la Guerra de Afganistán (2001-2021) fue un estruendoso fracaso debido a que Estados Unidos, como hegemón absoluto en lugar de haber llevado la modernización al país, lo dejó abandonado sin haber establecido un legado, que pudo haber sido el de universidades, escuelas, fábricas, laboratorios, aeropuertos, autopistas, centros de investigación, entre muchas otras inversiones que como parte del repertorio del poder blando positivo pudieron haber sentado una huella perdurable, permitiendo el desarrollo de una clase intelectual que con la herencia del Occidente habría realizado cambios importantes para sacar a Afganistán de su estado de atraso, estado al que retornó después de la retirada norteamericana, igual a lo que sucedió con Irak, país derrotado en 2003 y sobre el que no se sentaron las bases para hacerlo democrático, sino, al contrario, un país que cobijó una década después de su derrota al Estado Islámico (2013-2014).

Así, en consideración de la historia de Occidente y Estados Unidos, uno debe comprender que las principales filosofías que hoy se contraponen —la occidental enfocada en el cambio y la Oriental enfocada en lo estable— no son una antinomia reciente o rastreable hasta solo unos siglos atrás, esta oposición antinómica data desde antes del Anno Domini, desde el 500 a.C., específicamente desde la existencia de Heráclito (535-480 a.C.) y Confucio (551-479 a.C.), quienes por sus formas de filosofar representan una divergencia completa. Una divergencia que se traduce en los dos modelos actuales, uno que busca el cambio y la innovación, mientras que el otro busca la estabilidad y la continuidad.

Los dos han mostrado un carácter de resiliencia y un brillo espectacular en diferentes momentos y de formas distintas. China a pesar de sus caídas en el siglo XIX y el XX busca retornar a la grandeza del siglo XVIII, mientras que Estados Unidos nacido en un momento exacto apunta a Marte, a las estrellas; uno ve su lugar en la tierra, el otro lo ve más allá de nuestros confines. En esta mentalidad del cambio y de la permanencia reside el carácter de dos sociedades que están en el umbral de la transformación, una en preservación de sí misma y la otra abierta a lo desconocido.

Así, en defensa de Occidente debemos recordar y valorar que la audacia, el pragmatismo, la Ilustración heredada, la innovación, el conocimiento antidogmático, el realismo ante el peligro y el idealismo sobre un futuro mejor construyeron las bases occidentales. Aunque hoy todo ello está amenazado por futuros distópicos y por civilizaciones autoritarias, no se debe tratar de imponer un solo modelo, sino defender el único que pudo permitir al hombre el desarrollo y la conquista de nuevas fronteras que podrían ir incluso más allá de nuestro pequeño hogar llamado Tierra.

Finalmente, el mundo existente debe iluminarse de la luz que una vez permitió a Occidente progresar frente al resto, porque el resto no podrá avanzar sin Occidente, ya que la alternativa no es un mundo utópico de libertades, sino de barbarie y regresión autoritaria. El mundo de Occidente que aún representa Estados Unidos debe mantener la crítica sobre los dogmas religiosos, una apertura al conocimiento, una flexibilidad ante los cambios y una actitud realista frente a los conflictos. Porque tanto la vieja Rusia soviética y conservadora, y la China maoísta y confuciana, en el pasado y en el presente, como enemigos de Occidente no representan una revolución ideológica, sino la preservación de un orden impositivo, adverso a los cambios que todo progreso demanda y que nacen de la libertad, de la imaginación y la creatividad.

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