Mariane Ibrahim se complace en presentar una exposición de Carmen Neely, titulada un vestigio más allá de la vida del cuerpo, en la Ciudad de México. Ésta, su primera presentación individual en América Latina y su tercera con la galería, se desarrolla en un momento crucial en la práctica de la artista, que actualmente divide su tiempo entre Chicago y la Ciudad de México.

Íntimamente vinculada con la escritura, la pintura de Neely surge como una forma de inscripción: una que se despliega sobre lienzos preparados con una imprimación transparente o, como por primera vez en esta exposición, con un fondo beige claro que remite al lienzo en crudo que la artista ha favorecido durante largo tiempo. Este sutil desplazamiento cromático opera como un umbral conceptual: ni en blanco ni completamente neutro, el soporte se convierte en un espacio donde el cambio se negocia de manera tensa y deliberada.

Como testigo consciente de las realidades políticas que moldean el mundo, Neely concibe el presente como un momento en el que la historia no solo se narra, sino que se está reescribiendo activamente mediante la supresión, el ocultamiento estratégico y la distorsión intencional. Si bien el poder político siempre ha buscado moldear la memoria colectiva, la escala y claridad con las que esto ocurre hoy en día han afectado profundamente la forma de mirar de la artista.

Estas inquietudes se materializan a través de un gesto plástico introducido en las obras en esta exposición: el uso de cinta adhesiva como herramienta compositiva. Aplicada entre capas de pintura y retirada de manera sucesiva, la cinta revela espacios negativos que remiten a las líneas ennegrecidas de textos censurados o documentos clasificados. Sin embargo, estos espacios no se borran hasta el silencio; permanecen visiblemente marcados, sobrescritos. Lo que subsiste es la evidencia de una intervención. El lienzo se convierte en un campo donde la lucha por la estabilidad y la coherencia narrativa se despliega dentro de un lenguaje abstracto que mantiene una relación directa y crítica con el mundo.

El compromiso personal de Carmen Neely con la construcción de la historia dialoga con las prácticas de artistas y pensadoras como Christina Sharpe, quien ha teorizado y empleado el concepto de “redacción negra” como una forma de protección y rechazo tanto en el ámbito visual como el textual. En su investigación, Sharpe ha oscurecido partes de fotografías de archivo de mujeres esclavizadas—dejando a menudo visible solo una estrecha franja de sus ojos—con el fin de resistir la revictimización que acompaña la circulación de imágenes producidas originalmente para ejercer violencia sobre los cuerpos negros. A través de la omisión y transformación estratégicas, Sharpe recupera la agencia, desviando la atención de lo que está explícitamente representado hacia aquello que excede el encuadre, habilitando así otros modos de lectura y de visión.

Una reapropiación de la redacción como gesto activo y generativo se manifiesta también en la poesía contemporánea. Escritores como Quenton Baker y Nicole Sealey tratan los documentos históricos como campos de intervención, extrayendo narrativas sumergidas de los registros oficiales. En we pilot the blood, Baker oscurece y reorganiza el lenguaje extraído de los documentos del Senado de EE. UU. que describen la rebelión de 1841 a bordo del barco Creole, una revuelta que llevó a la fuga de la mayoría de las personas esclavizadas a bordo. Sealey, en The ferguson report: an erasure, se apropia y redacta informes policiales relacionados con el asesinato de Michael Brown en 2014, transformando el lenguaje burocrático en un espacio de duelo, resistencia y reconciliación histórica. En ambos casos, la redacción no se convierte en un acto de eliminación, sino en uno de revelación, permitiendo que las historias suprimidas salgan a la superficie a través de la ausencia.

Las obras reunidas en un vestigio más allá de la vida del cuerpo de Carmen Neely surgen de lo que la artista define como una pregunta sin respuesta: cómo sostener la memoria sin traicionar la verdad. Trazos vibrantes y líneas caligráficas negocian continuamente con el espacio negativo a través de gestos intuitivos. Las marcas del borrado no producen meros vacíos, sino que señalan información bloqueada, interrupciones sutiles que reclaman visibilidad. Mediante operaciones de adición y sustracción, Neely subraya la necesidad del espacio negativo, entendido no como ausencia, sino como un marcador de lo que falta.

En diálogo con los lienzos, la exposición incluye una serie de dibujos sobre papel en los que estas tensiones se despliegan en una escala más íntima. Aquí, la intensidad y la confusión se condensan en un registro más contenido, permitiendo al espectador aproximarse a la inestabilidad del lenguaje y de la memoria desde una mayor cercanía.

Al inicio de la exposición, la artista activa acción que se desarrollará a lo largo de su duración, marcando el tiempo mediante un proceso de escritura y acumulación. En la galería superior, dos cajones de archivo funcionan como receptáculos abiertos para un cuerpo de papeles en expansión: notas y dibujos que Neely se sentará a producir cada semana. Aunque visibles, estos papeles permanecerán inaccesibles, asegurados en su lugar y gradualmente sepultados a medida que el ejercicio avanza. Siempre contenidos, estos materiales se convierten en evidencia intangible de gestos velados.

Si, como señala Susan Stewart, “el habla no deja huella en el espacio,” mientras que la escritura “deja su rastro, un vestigio más allá de la vida del cuerpo”, la práctica de Neely inscribe la pintura dentro de esta forma persistente y contaminada de inscripción. Cada capa, interrupción y espacio negativo funciona como una huella indisciplinada: una escritura encarnada que permanece aun cuando las narrativas históricas se transforman.

El habla no deja huella en el espacio; como el gesto, existe en su contexto inmediato y solo puede reaparecer en la voz de otro, en el cuerpo de otro, incluso si ese otro es el mismo hablante transformado por la historia. Pero la escritura contamina; la escritura deja su rastro, un vestigio más allá de la vida del cuerpo. Así, mientras el habla gana autenticidad, la escritura promete inmortalidad, o al menos la inmortalidad del mundo material en contraste con la mortalidad del cuerpo. Nuestro terror a la tumba sin nombre es el terror a la insignificancia de un mundo sin escritura. La metáfora de la tumba sin nombre es una que une lo mudo y lo ambivalente; sin la marca no hay límite, no hay punto desde el cual comenzar la repetición. La escritura nos proporciona un dispositivo para inscribir el espacio, para inscribir la naturaleza: los nombres de los amantes tallados en la corteza, los lemas en el puente y la mano extrañamente uniforme e idiosincrásica que ha tatuado los pasajes subterráneos. La escritura sirve para capturar el mundo, definiendo y comentando las configuraciones que elegimos textualizar. Si la escritura es una imitación del habla, también es un “guion”, como una marcación del habla en el espacio que puede retomarse a lo largo del tiempo en diversos contextos. El espacio entre las letras, el espacio entre las palabras no contiene vacilaciones del cuerpo; solo contiene las vacilaciones del conocimiento, las vacilaciones que surgen de su lugar fuera de la historia: trascendente y, sin embargo, carente del poder sustentador del contexto.

(Susan Stewart, On longing. Duke University Press, 1993. p. 31)