En esta primera exposición en la Galería, Manuel Diego Sánchez plantea un proceso abierto de aproximación al paisaje a partir de fragmentos, registros y desplazamientos de la imagen. Fisura y aliento presenta una serie de obras que surgen del encuentro del artista con el territorio de Islandia, entendido como un espacio donde lo que se hunde y lo que emerge de la tierra coexisten en tensión constante. Este paisaje, marcado por fuerzas geológicas activas y temporalidades superpuestas, se convierte en un campo de investigación desde el que pensar la imagen y el paisaje no como representación estable, sino como proceso, huella y posibilidad.

La muestra se propone como una narración que especula con el lugar mediante la introducción de elementos de ficción, con la aspiración de construir paisajes en el imaginario y activar una lectura sostenida a partir de la observación y de una relación analítica con el territorio. Este proceso se articula a través de intervenciones efímeras en el paisaje realizadas con elementos mínimos, y la documentación de estas acciones con medios analógicos es transformada posteriormente en el estudio mediante procesos digitales y herramientas de inteligencia artificial. El imaginario que emerge oscila entre lo familiar y lo extraño: lugares que creemos reconocer se revelan desplazados y transformados.

En la serie Fisuras, el artista sumerge papeles absorbentes en distintas fracturas naturales por las que emergen aguas subterráneas —geotérmicas o procedentes del deshielo glaciar—, que después encapsula en bolsas herméticas. Esta práctica de observación atenta del territorio, cercana a una lectura indicial del paisaje, atiende a señales mínimas, pistas o vestigios, desde una mirada próxima a lo forense, generando imágenes cambiantes e inestables sobre superficies delimitadas a partir del contacto directo con el flujo y los sedimentos ocultos.

Intento de engelar una imagen en un rectángulo es la filmación en Super 8 del reflejo de un paisaje glaciar sobre una superficie especular, insistiendo en la imposibilidad de fijar aquello que, por naturaleza, se resiste a quedar inmóvil. La imagen reflejada, siempre inestable y dependiente de la luz, el movimiento y la posición del cuerpo, no puede “hacerse de hielo” ni solidificarse sin perder su condición. El título remite al origen etimológico de engelar, del latín gelāre: congelar, endurecer, detener el flujo. Frente a ese deseo de inmovilización, la obra asume el fracaso como método y deja que la imagen permanezca en tránsito, suspendida entre aparición y desaparición, entre reflejo y memoria.

Partiendo de fotografías de archivo del paisaje islandés, la serie Posibilidad de aliento activa un espacio de especulación visual. Las imágenes, intervenidas mediante procesos de inteligencia artificial que incorporan elementos de ficción y cuyas dimensiones remiten a medidas tomadas por el artista en el propio lugar, se alejan de su condición referencial y proponen formas inestables, atravesadas por variaciones, distorsiones y desajustes. El archivo se presenta aquí como un territorio inconmensurable, donde la imagen deja de afirmar para ensayar: un espacio en el que los lenguajes se desplazan, los relatos se desvían y el paisaje se ofrece como hipótesis antes que como evidencia.

Herðubreið ocupa un lugar central en este proyecto por su condición simbólica dentro del paisaje islandés y por la persistencia con la que ha sido representado a lo largo del tiempo. Aislado y reconocible, este volcán ha circulado como una imagen compartida, acumulada en archivos personales, culturales y visuales, hasta integrarse en la vida cotidiana y el imaginario colectivo de la isla. Esta presencia reiterada desplaza al paisaje hacia los márgenes de la representación: Herðubreið deja de ser únicamente un lugar para convertirse en una imagen maleable, susceptible de ser transformada, reinterpretada y desplazada. El trabajo se sitúa en ese espacio intermedio donde la imagen ya no responde a una lógica descriptiva, sino a un proceso intuitivo de aproximación, en el que nombrar, señalar y volver a mirar se convierten en actos generativos.

Las obras en torno a Herðubreið ensayan distintas formas de activar esa imagen acumulada. A través de variaciones, repeticiones y desplazamientos, el volcán aparece una y otra vez sin llegar a fijarse. Este retorno constante no busca clarificar la forma, sino mantenerla activa y abierta a nuevas lecturas. En ese movimiento se manifiesta el aliento del paisaje y el del propio artista: una energía latente que atraviesa las imágenes y las mantiene en suspensión, permitiendo que cada una funcione como una posibilidad más dentro de un proceso en curso.